Purim

No pensé que llevara seis días sin escribir el diario. Seguramente, no tener la obligación de escribir cada día, como en los periódicos, disminuye el peligro de tener que inventar cosas que no son totalmente ciertas. Para quienes me leéis, espero que la irregularidad de mis escritos también los haga más creíbles porque no tengo que contar algo nuevo cada día.

Pero qué pena no poder hablaros más de mi trabajo. Es cierto que hay zonas mucho más recónditas en mi vida: de unas hablo, de otras por supuesto que no. Sin embargo, el espacio de la oficina, con toda su gente, es escenario de muchas historias, miles de microrrelatos, breves miradas que son espasmos. Hasta la gran historia del capitalismo se escribe allí, con todo el esplendor de un trasfondo político que siempre hay, por más invisible que se quiera, en una empresa global.

Creo que es importante explicaros esto para entender historias que, a primera vista, nada tienen que ver con mi trabajo. El caso es que entre lo específico y fascinante de mi labor, el número avultado de personas que allí trabajamos de los más distintos orígenes y con las estéticas y protocolos más variopintos, y el número de horas que paso allí, es imposible no discernir el hecho de que ese trabajo moldea mi vida. No es algo que yo pueda evitar pero tampoco es una maldición. He vuelto a Barcelona por segunda vez como migrante en busca de dinero y aventuras, y sabía que encontraría aquello que buscaba. Lo que no podía saber era cuánto.

Por eso es lógico que, si en el mismo día un superior te tira los trastos, un compañero al que quieres mucho se va, y te hacen una evaluación que te hace sentir que estás en el sitio indicado en el momento oportuno, es lógico, digo, que al final del día tengas ganas o de atiborrarte de comida basura porque las grasas cuestan a digerir y eso te deja atontado, o de beber alcohol porque te baja las defensas (y la concentración, que es lo último que quieres tener), o de follar como un loco porque eso te dará la sensación de que el absurdo de vivir desemboca en algo, aunque sea tan efímero como un orgasmo.

Ya decía papá que el que no tiene dinero no tiene vicios, cosa que no me cuadraba ni por los drogadictos que se las ingenian para conseguir más de lo ajeno, ni por la burguesía que enriquece como forma de ejercer su moral. Pero todo eso queda lejos cuando tienes una contactless y eres ahorrador. La dignidad de haber trabajado para repostar el dipósito bancario te da alas para incurrir en gastos extraordinarios que, aún así, no afectarán tu plan de ahorro. Sabes de antemano que, en la gestión patrimonial como en los principios morales, hay que ser previsor. En mi caso, tengo que disponer de una partida para prevenir la depresión y solventar episodios de soledad extrema, cuando me encuentro ante la posibilidad, tan o más creíble que este diario, de no tener fuerzas para encontrarle un sentido a todo. Y ya sabemos que lo que no tiene sentido hoy, mañana no valdrá la pena. Por eso el dinero no trae felicidad si lo usamos de forma adictiva. No importa si ahorramos o gastamos; si lo hacemos compulsivamente se nos va la vida en ello. Pero si no, el dinero es una cosa linda.

Los tiempos fueron exactos. Poco antes de dejar el afterwork, un compañero de trabajo, buenísima persona, me dijo que en ningún otro momento en su vida se había sentido tan libre de hacer. Él estaba emocionado. Un poco fumado, también. Nos abrazamos. Él me acarició brevemente. Le gusta cómo escribo. A mí me gusta que esté casado. Subí la calle sin llamar ningún táxi porque sabía que pasan muchos a aquella hora. No me había tomado alcohol en el afterwork, ni siquiera una cerveza. Solo Strepfen, deliciosas grageas de flurbiprofeno para chupar. “Hola, déjeme en Gran Via con Muntaner”, le dije al taxista. Bajamos Muntaner: “déjeme antes de cruzar”. “Aquí te va bien?” “Sí.” No me gusta que me tuteen cuando yo no lo hago y soy cliente, pero eso son preciosismos. A la que entras en un antro, esa etiqueta te la puedes meter por el culo, aún más si dejas la ropa en una taquilla y vas de toalla y chanclas.

Un Sábado no es lo mismo que un lunes. El lunes fui y no encontré casi nadie. Yo quiero ser un judío rigurosamente impuro, por eso me interesan las versiones más mundanas y hasta las más barriobajeras de las costumbres religiosas. Por ejemplo, la semana que viene será Purim, y yo estaré trabajando y no podré celebrar con la Gente. La forma fácil de sentirme asimilado sería apuntarme a una fiesta de carnaval. Pero como en Purim se celebra la salvación de los judíos persas bajo el yugo de Hamán con una doble lectura del libro de Ester y un pedo que no solamente está permitido sino que se promueve con grandes cantidades de vino, quise alegrarme yo también con algún exceso suntuoso. A todo esto, Purim es la fiesta de la diáspora por excelencia, no una fiesta típicamente israelí, con lo que meter extranjeros de por medio me pareció particularmente idóneo. Sé que hay muchos judíos que, al leer estas líneas, podrían tener un infarto. A ellos les digo: no sigan leyendo porque no me haré responsable de vuestro internamiento.

Yo tenía claro que el alcohol tenía que estar presente en mi peculiar avance de Purim. Además, al estar en pleno Sábado (eran como las tres de la mañana), sabía que no tenía que hacer planes para la mañana y la tarde siguientes. Pasó un chico por un pasillo que nos iba tocando el rabo a uno y a otro, primero tocaba el volumen por fuera, luego metía la mano por la separación de la toalla y, si no le gustaba o le dejaban tocar, pasaba al siguiente. Como me pareció un buen entrante, nos fuimos a una cabina. Era muy mono, muy moreno, manejable. Os ahorro la descripción de nuestra actividad sexual porque la literatura erótica no se me da bien. Me dijo que era de Ecuador y que era comercial. Sabía venderse, de eso no había duda. Pero claramente no era el pez gordo. Tampoco tenía mi edad. Le eché unos veintimuchos años. Son pocos. Es la edad en la que casi todas las maricas miran a las demás solo hasta obtener la atención ajena, momento ese en el que se giran, como divas. Es una edad profundamente desinteresante. Algunos aún están en la universidad, como éste, otros ya trabajan y te lo sueltan como si ser esclavo nivel principiante tuviera su qué. Que no, que para entrante muy bien.

Luego me fui a por caza mayor y, B”H, tuve suerte. Tuve mucha suerte. Os pongo todavía más en contexto a los que no habéis estado nunca en una sauna gay (chicas, siento informaros que no se os deja entrar; hasta ahí llega el patriarcado). Las hay de varios tipos, pero lo habitual es tener zonas comunes como los bares, los jacuzzis y salas de vídeo, y en algunas el gimnasio, el solario y la pista de baile, luego las zonas de paso y las cabinas privadas o semiprivadas. Y en una noche de Sábado, o un domingo por la tarde, no es difícil que estén llenas en una ciudad marica como Barcelona. Hay cierta segmentación de mercado, como conviene a toda sociedad estratificada: osos y kinky en la Condal, pijos y afterworkers en la de la calle Tuset, turistas en la Corinto, prostitutos y clientes en la Thermas, maduros en la Bruc que no sé si existe aún, y quillos en la de Mistral, pero esta sí que debe llevar ya años cerrada, desde que hubo un homocidio. Pues claro, la sauna es como la vida misma, solo que con luz azul y roja y temperatura de oásis. Así que de vez en cuando se tiene que morir alguien allí también, o por celos o ajustes de cuentas, o por sobredosis.

Vi un culo como un tubérculo hermoso del que se expandía una espalda imponente. Cuando llevas la toalla tan baja que se te ve el canalillo inferior, lo más probable no es que se le esté cayendo la parra a Adán sino que quieres que te follen. Le seguí. Él se giró hacia atrás, me miró sin ninguna expresión, pero como hay tantas drogas que te vuelven memo no he querido descartar semejante presa solo por causa de una primera impresión. Le seguí todavía. Su andar podría ser el de una bestia aturdida, lo que me despertó la fantasía de aprovecharme de su estado, ciertamente alterado y por tanto más dócil. Entró en una cabina. Di un paso hacia el interior y entonces sí, asentió con la cabeza. También era de América del Sur, pero en este caso del país que los portugueses colonizamos. No hay una sin dos, pensé, con ese grado de banalización típico de la peña en celo.

Yo, claramente, estoy en celo. Mi testosterona, si no ha vuelto ya a sus niveles de antes, por ahí andará. “Este tío está cañón”, pensé. Sabía besar. Sabía comérmela. Todo lo que yo le hacía le gustaba. Estuve a la altura de sus caprichos, que no eran los más fáciles de satisfacer. Colocado como iba, quiso cambiar de cabina varias veces y me pidió que paráramos varias veces para ir al bar o a buscar droga. Pero hasta en la sauna, o sobre todo en la sauna, conviene mantener cierta lucidez, y no dejar huir al pez gordo es una decisión tan acertada como marcharte de cuando ya está visto que no es tu día. Y este hombre, claramente, tenía cualidades: es de los pocos brasileños con los que me he cruzado que hablan castellano sin acento tropical; se parecía a una persona con la que siempre he querido follar por venganza contra otra (estoy seguro que los locales de ambiente nos envilecen siempre); meaba en las papeleras con una pose de calendario de bomberos que no tenía desperdicio; y quería estar conmigo. A veces la dependencia del otro no es sexy, pero en este caso, en que nos poníamos ciegos en igual medida, cada mirada suplicante mientras me preguntaba si aún le estaría esperando cuando volviera del camello era un regalo a mi ego más desatado.

Él era guarro de una manera que me desafiaba y enganchaba a la vez. Parecía obsesionado por lamer y chupar mi sexo, por fregarse la nariz y las mejillas contra mi vello púbico, por el olor de mi cuerpo, especialmente los olores más fuertes. La coca me sentó fenomenal. El mundo sería mejor si los empleados de Nespresso nos dieran a oler las variedades de cápsulas con la misma pericia y esmero con la que este buen hombre me metía las puntas debajo de la nariz, los chinos en la boca y el cristal en su esfíncter. Ahora que lo pienso, también me metí otra cosa que no sé ni qué era, pero quizás el mayor de todos los excesos sea ése mismo: no saber ni lo que estás haciendo, solo que te está gustando.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s