Y que siga Purim

Estamos en Purim. Es luna llena. Y mañana no trabajo. Me pregunto por qué no he salido a follar. La respuesta es tan evidente como lo fue mi desinterés por el sexo en el apogeo de Hannah. Fijaros que hablo del apogeo de Hannah, y sí, lo estoy subrayando porque no se trata de que ahora haya entrado en declinio sino que me la comí en cierta manera, o me la estoy comiendo. Al fin y al cabo, muchas veces lo más fácil para asimilar algo es meterlo para dentro, y la boca, en esto, es muy socorrida. Si pudiera, me follaría a Hannah, pero yo mismo soy ella, y soy yo misma la que me dejo asimilar por el siguiente otro, más complejo que el que fui antes, pero indudablemente lleno de Hannah.

Me ha llamado el tiburón. Me ha llamado por teléfono, literalmente. En la ficción real que es la vida gay, no creo en historias que duran más de hora y media. Simplemente no existen. Vale, que uno se queda a dormir en casa del otro, o se echan los dos una siesta en la sauna, en uno de esos catres forrados de polipiel que han visto y olido miles de pollas. Por favor, no me os escandalicéis ahora, que esto no es nuevo, no viene de ahora, lleva años ya, y tampoco es exclusivo de los gays sino que se extiende por todo el globo terráqueo y por toda la raza humana. Que rancio suena esto de la “raza humana”, verdad? Pues así de rancio es pensar que el sexo es una depravación cuando no sirve para hacer bebés, y ojo que estamos volviendo ahí mismito, a ese lugar que hace un hedor a medioevo que flipas, y no es culpa de estos ni de aquellos, por lo tanto no vale con acusar a la extrema derecha que alimenta el racismo contra los árabes, que en su mayoría odian a los judíos, que a su vez nos percatamos de llevarnos con cada vez menos gente porque nuestra inferioridad numérica representa, en un mundo gobernado por locos (no por judíos, no por reptilianos, no! haced el favor), un peligro de vida. Un peligro de vida real.

En uno de esos catres nos echamos a dormir el tiburón y yo. Estábamos cansados, colocados, o tal vez sea mejor decir que estábamos exhaustos, él colocado y yo sumamente drogado porque si mi consumo de alcohol hace que me hayan confundido con un musulmán, os podéis imaginar qué hacen dos o tres cervezas, un chupito de ron, y la droga, por poca que sea, que se queda ahí en la mente como un topping encima de una bola de helado. Es fantástico poder decir basta cuando los demás siguen dale que dale, y fue maravilloso poder dormir aún con restos de polvo en la nariz. El chaval no es lo que se podría llamar pequeño, pero no veamos elefantes donde solo hay unicornios. Me da cosa describirlo. Por respeto no lo haré. Nunca se sabe si me leerá y, si eso llegara a suceder, quisiera que se sienta halagado, que es lo más cercano a cómo esperaría que se sintiera si supiera cómo lo integro en el diario de Hannah.

La persona más grande en tamaño que he conocido desde los albores de mi hormonación no podía no caber en este relato. Pero incluso su tamaño, que me hace llamarle aquí, muy cariñosamente, tiburón, tiene algo profundamente literario que contamina mi percepción de los hechos de una forma que recuerda un enamoramiento sin serlo. Es decir: no estoy nada enamorado de este chaval; estoy interesado en el número  de páginas que va a tener esto. Porque claro… al salir de la sauna el Sábado por la mañana, mucho me pareció lo que habíamos compartido, y quizás no haya sido para tanto. Pero al final del Sábado le mandé el mensaje de cortesía que me había pedido tres o cuatro veces (“escríbeme”, “mándame un mensaje”, “¿me escribirás?”): una súplica que no me causó el menor rechazo. Todo lo contrario. Enalteció mi ego, sobó mi anti-Hannah, o mis post-Hannah, o lo que rayos me soy ahora.

Domingo o lunes, otro mensaje. Hoy por la mañana, más. Y no, nada forzado. No parece que vayamos a vivir nada ni estamos desesperados por adelantar nada. Algo omiso en cuanto a su vida privada me hace pensar que vive en pareja, pero ese es lo de menos en un personaje. ¿Acaso determina la profundidad del personaje el hecho de que lo sea en un cuento o en una saga? Aparte de que muchas almas profundamente creativas y geniales tiraron la toalla con menos de treinta años, o se la tiraron, no creo que la brevedad del relato tenga demasiado que ver con la profundidad y la textura de un personaje. De ahí mi curiosidad por saber cuánto puede durar una historia que empieza con la visión de unas nalgas por las que desliza una toalla blanca como en los frescos pompeyanos.

Ya os dije el otro día que la literatura erótica no se me da bien, por eso no creo que esto vaya de sexo. También esta suposición es una superstición en toda regla. En cualquier caso, déjenme terminar con una confesión. Hace unos años, una amiga me hizo una sesión de fotos en el hotel furtivo de la França Xica, allí cerca de Montjuïc. Esta mañana, de camino al solario, pensé que arreglaríamos fácilmente lo del local para follar con uno de estos hoteles furtivos o, si preferís, moteles. Como el de la França Xica. Y el nombre me ha seguido a lo largo del día. Incluso en la oficina se me ha metido en alguna carcajada delante del ordenador o mientras meaba de pie por primera vez en algún tiempo. Y el tío va y me llama antes de irse a dormir, y no sé bien por qué ni por qué historias de que él se llama X y yo Sion, me habla de Xica da Silva, la esclava que sedujo a un comendador portugués y se convirtió en la primera dama negra en Brasil. ¿Veis el relato de segundo nivel, veis a la vida revolcándose en el disfraz de la literatura? Es Purim. Quizás me he disfrazado de Xica da Silva… ¿O ha sido el tiburón quién se disfrazó de ella? ¿Seré yo el comendador portugués? Menuda historia. Un día quizás la pueda entender.

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