Una estancia donde siempre es de noche

A veces el que escribe necesita justificarse: unas veces, presa de su propia neurosis, para contestar a preguntas que ni siquiera le han hecho; otras, demandado por aquellos que efectivamente leen lo que escribe. En el caso de estos diarios, hay algo de neurótico y hay también demandas externas que aparecen, a veces, insinuadas con las mejores intenciones. No estoy siendo irónico. Para nada. Son varias las personas que me hablan de lo que escribo con la franqueza de saber que no falseo la realidad. Por eso el ritmo de publicación no obedece a una exigencia de periodicidad sino a tener algo que contar, o alguna reflexión que añadir, y tiempo y ganas de sentarme a escribir.

Con esto explico dos cosas: que hace dos días podría haber contado algo y no lo hice porque me inundó tal sensación de plenitud que mi voluntad no tuvo condiciones de disponerme a escribir; y que estos diarios, aún tratando casi siempre de un pasado muy reciente, y a veces no tan reciente, se inscriben más bien en el género profético. Para entender que no me refiero a hacer futurología ni a revelar experiencias místicas, hay que tener presente que los llamados profetas bíblicos escribieron, probablemente, sobre hechos pasados, tanto de forma consciente, proyectándolos más allá de su acaecer y dotándolos de un sentido revelador, como de forma inconsciente, aportando al mundo, desde la escritura, un recuerdo misterioso que se manifestaba como previsión. Espero que me estéis siguiendo porque esto es fundamental para entender qué son estos diarios de Hannah y qué es lo que está tomando cuerpo a nivel de género, raza, nacionalidad, todo ello bajo el signo del cuestionamiento y con vistas a su abolición. Porque del mismo modo que la Ley permitió abolir la esclavitud en muchos países, así la profecía viva que llevamos en nosotros es la que nos puede permitir liberarnos de estas creencias obsoletas. Pero solo podremos hacerlo si renunciamos a las identidades que desprenden, y el precio a pagar es muy alto: descubrirse solo en el mundo, sentir como exclusión la propia singularidad, vivir la libertad como una condena. Las identidades y las pertenencias, en cambio, arropan nuestra existencia con la sensación de que el amor es algo que se encuentra y nos hace felices, que nuestras etiquetas nos hacen distintos, y que somos dueños de nuestras vidas.

Las profecías niegan todo esto; se niegan incluso a sí mismas. Por eso los diarios de Hannah no tienen ninguna pretensión de coherencia, y menos aún de coherencia narrativa o moral; solo obedecen al fluir de un cuerpo que apuesta por estar al servicio de la sospecha. Un cuerpo así no da nada por hecho. Ni siquiera el propio cuerpo. Desde esta posición que es la mía, es muy fácil, creedme, es muy fácil quitarme la testosterona y tomarme hormonas femeninas, y cuando lo doy por hecho o por suficiente, me permito vivir todo lo que la testosterona me propone, tal como hice con la progesterona y los estrógenos. Tampoco me resulta difícil perder voluntariamente mi tono de piel, tan asociado a un privilegio racial, en sesiones de radiación ultravioleta, en la playa o con el aumento de la ingesta de melanina. O hacerme rastas. O circuncidarme. O someterme a cirugías e implantes varios. Para eso estoy. A eso he venido: a que mi cuerpo, lejos de ser la salvación de nadie, sea una puerta hacia la inquietud, nacida de la firme sospecha de no ser de aquí, ni de allá tampoco. Por eso me temo que el fin de las nacionalidades está más cerca todavía que el de los géneros, que aún seguirán sirviendo, durante unos cuantos años, el precepto histérico de la reproducción, que tanto gusta a religiones y gobiernos. No así las nacionalidades, que pese al engaño de los símbolos, ya han capitulado de facto ante el poder de la organización corporativa, que trasciende las antiguas fronteras, no solo para mal, como si los Estados nos hubieran concedido alguna vez algún tipo de soberanía, sino para un bien mayor que es la caída de los últimos muros y la consolidación de la sociedad hipervigilada, donde la única intimidad es el error, el fallo sistémico, la enfermedad, el síntoma. Y “aquello”.

“Aquello” es de lo que el tiburón y yo tenemos miedo, según él me confesó hace dos días, mientras cenábamos paella y nos tomábamos una botella de vino. Yo, que a veces soy cobarde, no se lo confesé de la misma manera sino aludiendo a la última relación que tuve, hace ya… cuatro, cinco años? O seis? No quiero pensar que hayan sido seis años. Me entristece haber pasado tanto tiempo solo, sin “aquello”. Pero quizás todo el dolor y toda la espera, sí, la espera, porque “aquello” sigue allí, como una lámpara de petróleo que alumbra, con su halo enfermizo, una estancia donde siempre es de noche, quizás haber dado “aquello” sin recibirlo en la misma medida, porque no existe medida para ello, quizás sea eso lo que nos permite mirarnos a los ojos con la misma cantidad de cansancio existencial y gozosa sospecha. El cansancio le quita la excitación juvenil al segundo encuentro, y la solemnidad innecesaria a los gestos con que llenamos la habitación de un hotel por horas; y la sospecha hace que prolonguemos el placer tanto cuanto nos parece deseable, sin sobras ni reparos, administrando, con la misma liberalidad, la prudencia y los excesos.

Hablando de “aquello”, si en el segundo encuentro gobernó la prudencia, previmos que en el tercer encuentro volverán a prevalecer los excesos, como en el primero. Quizás sin saberlo le estamos dando la razón a los que dicen que Dios es “aquello”. O quizás la profecía sea solo una sospecha intentando darle la razón a “aquello”.

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