Acerca de las plantas carnívoras

Los seres fantásticos solo viven en castillos o, como muy lejos, en los dominios contenidos por sus murallas. Por eso solo hay princesas donde persisten tozudamente las monarquías. En el mar, que es como un gran castillo acuático, es donde se suicidan los titánics y las musas que creen ser sirenas. Allí se precipitan ícaros y héroes varios, abandonados por la suerte que nunca abunda. ¿Y qué decir del cielo? Es el único reino adonde pueden huir las almas crédulas, porque no se ve. Por eso las religiones idólatras lo eligieron como basurero de la humanidad. Un agnóstico que se precie, o un judío, no se traga semejante fantasía. Ya tenemos otras que tragarnos.

El tiburón me llamó por la noche estando yo en la cama. Me llamó con una voz más aterciopelada de lo habitual. Pensé que fuera una sirena domesticada por Ulises para llamarme a algún corriente desconocido. Me equivoqué porque el tiburón desconoce la existencia de los diarios de Hannah pero tiene informaciones que sus lectores desconocen. Esta es la forma que he encontrado para distribuir la justicia ante un caso inédito de diario profético. Sabiendo que lo que escribo es cierto y, si no lo es, se acaba cumpliendo, me siento en deuda hacia el mecanismo mágico que lo hace posible, y cuya veracidad no puedo, en realidad, atestiguar. El caso es que el tiburón sabía que este Shabat se cerró una estación de idolatría, en la que el destino me propuso la prueba de vivir con dos ogros que se alimentaban de heces y me tenían apresado en una representación. Pero no hay bien que siempre dure ni mal que no se acabe, y este Shabat me escapé a un nuevo dominio. El apremio de resolver ciertas fantasías me hizo buscar un castillo. El problema, en Barcelona, no es la falta de castillos, sino el poder reconocerlos. Gracias a d-os, lo encontré a la segunda. Lo reconocí por el nombre del guardián, sintomaticamente llamado Elohim. Estas cosas solo ocurren cuando tienes una fe que no se compadece con supersticiones sino que está siempre disponible para la razón y la catástrofe. Esta distinción es importante para comprender que una catástrofe en el mundo de la moral cristiana o islámica puede ser una razón de fe para el agnóstico. Un judío laico como yo, para quién d-os es un efecto de escritura, como toda profecía, solo puede complacerse ante el prenuncio de una catástrofe como la que ocurrió al finalizar este Shabat, cuando el tiburón, tras confirmar que yo ya me encontraba libre del dominio de los ogros y bajo la eficaz protección de Elohim, precisó que su voz aterciopelada se debía a la ingestión de polvo de nenúfar. El polvo de nenúfar es la puerta hacia ciertos dominios mágicos como aquél en que nos conocimos, así que no pude evitar que mi faro se encendiera y empezara a iluminar, de forma intermitente como conviene a un mesías, todo el dominio de Elohim.

El tiburón llamó un táxi y yo salí a recibirlo en el pórtico de la calle chueta, por el que los coches ya no pueden pasar. Me hizo prometerle que lo dejaría embarazado esa misma noche, intuyendo quizás que Hannah es un subterfugio para ocultar mis dotes de semental. Sin embargo, es difícil intuir tal cosa sin conocer siquiera a Hannah. De hecho, le resulta complejo entender mi identidad femenina. En eso, está al nivel de los peores lectores de mi diario, con la ventaja aplastante de que los tiburones no saben leer y solo se guían por las estrellas y la música de las salmodías. Tampoco era el momento de explicarle mi performance, aunque más tarde sí lo hice. Ese más tarde es muy relativo porque se dio el caso de cambiar la hora esa misma noche, lo que hizo que no estuviéramos copulando durante seis sino más bien siete horas. Los efluvios del polvo de nenúfar dieron lugar a la dispersión de un néctar favorable al crecimiento de las plantas carnívoras pero que, en el caso de humanos casi mitológicos como nosotros, tiene la facultad de entretener los sentidos en la contemplación y práctica de “aquello” de que os hablé hace un par de páginas. Todo esto es susceptible de interpretación y cuestionamiento, pero es deber del que escribe decirlo tal cual. De esta forma, los intérpretes podrán discutir la propiedad de sus lecturas sobre la base de una firme alegoría.

La verdad es que no he podido fecundar el tiburón, quizás porque los dominios de Elohim nos hicieron disfrutar de tales maravillas que olvidamos la necesidad de producir éxtasis adicionales. También olvidamos que a veces el que toma del néctar se convierte, él mismo, en una planta carnívora, y fue eso, aproximadamente, lo que sucedió. Las entrañas del tiburón se convirtieron temporalmente en filamentos de materia oscura que, al ser estimulados, emanaban destellos de azufre incandescente que yo, jadeando, electrificaba. De esa corriente eléctrica inesperada resultó un incremento de la luz emitida.

Por mucho que sea primavera, cambie el hora, nos tomemos néctar y estemos en un castillo, hay un momento en que sale el sol e incluso los cuerpos de luz se dejan atravesar por el cansancio. Es habitual entre humanos admirar a los héroes, incluso a sus condenas; pero el que alcanza la condición de héroe no puede menos que compadecerse de sí mismo por no haber llegado a ser un dios, ni siquiera a robar el fuego divino. Entonces tuvimos por bien retraer nuestras alas y sucumbir al imperio del sueño. Los efectos del néctar se disiparon en fórmulas oníricas que, al caer del día siguiente, ya no pudimos recordar. Quedó solamente el vestigio de los abrazos entre dos especies distintas, que suelen complacer a los dioses. El enlazamiento de un tiburón y una montaña no es algo que vean a diario.

Al tercer día, hallándonos todavía en los dominios de Elohim, fuimos despertados por Erica, la sibila andrógina que reencarnó en una amable perra. Nos bañamos para eliminar los restos de néctar. Luego despedí al tiburón por algunos días.

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