El maestro

Caí enfermo. Llevo unas tres semanas recolectando virus de distinta procedencia, oriundos casi todos de mi trabajo. Virus responsables, higiénicos, depurados por aires acondicionados y estéticas de moderación y ahinco, por saludos conformes y contenidos, aún si a veces insinúan intereses ambiguos.

Hablando de gripes, si los síntomas son en su mayoría benignos, ¿por qué atacarlos? He visitado un par de médicos estos días. Respondían al mismo patrón de conducta ante el mal ajeno: un criterio avieso a comprender los síntomas, incluso su necesidad. Nada de antivíricos, nada de antibióticos; solo paracetamol, ibuprofeno, y luego probióticos y analgésicos por un tubo, algunos de ellos opiáceos, por un tubo, insisto, como si se tratara de no sentir. Ni dolor, ni náuseas; nada. No sentir hasta que el bienestar aparezca de nuevo, desligado de cualquier conocimiento, y solamente asociado a una idea, a una sensación de productividad, de volver al mismo sitio.

Es una pena no poderles hacer ningún caso a estos médicos; pero no puedo ser cómplice de ese extraño deseo de no sentir, que es el suyo. Ese deseo de anestesia lo trasladan a los pacientes, negándonos el derecho al síntoma. Hay que vivir el síntoma, por lo menos durante un tiempo razonable, para poder comprenderlo. Esto no debería ser obligatorio  para nadie, pero tampoco debería ser algo perseguido, denostado, enmascarado, como si hubiera algún peligro en llegar a apreciar el síntoma por aquello que es a un nivel existencial: una fuente de información.

En el hospital descartaron que fuera una pneumonía; en el centro de salud, que fuera una hernia. Así de dispares son los diagnósticos, los descartes, las sentencias. Lo importante es que el rastreo es el mismo: veamos de que se queja uno para eliminar aquello que él siente y prepararlo para volver a ser productivo sin detenerse por un instante en lo que ese parón que el cuerpo está pidiendo a gritos puede querer decir.

Dejé el centro de salud sin pasar por la farmacia y anticipé el encuentro con el tiburón, que también estaba disfrutando de sus síntomas. Nos encontramos en sus dominios, no muy lejos de los ogros, pero nos mantuvimos al margen de contaminaciones innecesarias. Nos comimos panes-de-Dios, dimos un paseo y hablamos de la melancolía. Al cabo de dos días volvimos a encontrarnos, esta vez en los dominios de Elohim. Anduvimos bajo una lluvia parda y escasa, nos tomamos un té y comimos unos buñuelos de viento porque el aire frito tiene otro sabor, y luego compramos habas y un buen chorizo, que es de lo más kosher que se puede comprar un judío sobrado. Volvimos a compartir un apocalipsis, esta vez sin polvo de nenúfar ni néctar de plantas carnívoras, tan solo compartiendo referencias culturales y saltos en el tiempo. En un momento de extremo cansancio, creímos incluso que ya habíamos descubierto el sentido de nuestro encuentro, pero enseguida me percaté de que eso contradecía la lógica de dejar vivir el síntoma.

Me sabe mal decir algo tan obvio como que “aquello” es el amor, pero no me queda más remedio si quiero deciros que “aquello” es un síntoma, no la enfermedad. El amor lo es mientras da a conocer; cuando se convierte en sentimiento, hay que echar a correr, pero cagando leches, porque entonces se da un engaño peor que el de los médicos: parece que el amor tendría que ser aquello que está por descubrir, o sea, el objeto del conocimiento, cuando en verdad el amor es solo el maestro, el transmisor. Lo que está por conocer solo puede ser, justamente, lo desconocido; nunca el amor. Por eso cuando estoy en los brazos del tiburón sé que el placer de sentirme querido es solo el resultado de una operación matemática donde se encuentra el archivo sucio de la memoria y la pulcritud engañosa de la realidad.

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