Donde el néctar se vuelve a dispersar y pueden aparecer serpientes donde menos te esperas

¡Pero qué cojones! El placer está para tenerlo, poseerlo, acariciarlo, pervertirlo y aumentarlo. De Freud solo me fío hasta cierto punto: tenía razón en cuanto al principio de placer y a su relación con la lógica del deseo, que nunca se satisface más que dejando un poso de insatisfacción; pero un tío que solo se mete cocaína para seguir escribiendo (si es que esto era así, porque me estoy fiando de rumores) no se arriesga, aparentemente, a apostar su deseo en algo que pueda fácilmente cortocircuitar el placer, es decir, algo que pueda llevar el placer a un punto de saturación, para luego, desde ahí, obligar a replantearse su repetición. El que apuesta su deseo en chocolate puede llegar a un punto de saturación como sea el hartazgo de comerlo, el sentimiento de culpa por engordar, la necesidad de consumir solo un determinado tipo de chocolate, o de emprender la búsqueda del chocolate ideal. A la escritura, que es una especie de vicio que también padezco, le falta sin embargo ese componente enfermizo, y os lo digo después de un viaje largo seguido de un día de trabajo largo y precedido de una noche de sueño insuficiente. Es decir, estoy agotado y debería, y teóricamente quisiera, estar durmiendo, y además me encuentro ya en la mismísima cama, donde estreno unas sábanas de seda absolutamente apetecibles en un colchón difícilmente mejorable. Pero no estoy durmiendo sino escribiendo, y aún así no lo creo ni lo veo suficientemente compulsivo ni arriesgado ni peligroso para considerarlo enfermizo. Dicho de otra manera, no veo que esto pueda ir “a peor”.

Me duelen las piernas, sobre todo los muslos. Todo tiene una explicación. Mágicamente desplazados al Sinaí de Sefarad, un desierto que se me hizo extrañamente familiar hace poco más de tres años, el tiburón y yo volvimos a dispersar néctar de plantas carnívoras. Debo precisar que yo mismo lo invoqué y lo pedí, atraído por la curiosidad adámica de verme convertido en una planta carnívora llena de gracia y de un conocimiento inaudito. No hacen falta dioses para conseguirlo. El tiburón conoce los atajos para llegar a la tierra donde se concentra el néctar, y sabe volver a cualquier dominio terrestre o acuático con el néctar intacto y listo para ser dispersado. Por supuesto, el néctar no se puede dispersar de cualquier manera sino que uno debe escuchar el canto órfico, que pulsa desde la profundidad de los miedos y los anhelos (llamémosle el Inconsciente), para saber cuánto y cuándo dispersarlo.

Pronto me hice híbrido, transgénico casi, además de transgénero. Lo transgénero es una condición de todo ser humano que solo algunos ponen en práctica y desarrollan; lo transgénico es una consecuencia de la acción humana, manipuladora, sobre otras especies, pero también sobre la propia especie. Cuando me tomo hormonas “femeninas” junto al inhibidor de testosterona no me vuelvo transgénico en sentido estricto porque no hay un cambio genético, pero sí se modifica el género supuestamente natural. El caso es que, al no haber género natural, todo género es único y artificial, como las inteligencias programadas, y toda persona transgénero que se reafirma en un proceso de manipulación de la propia identidad es también transgénica en la medida en que decide restituir el mito de lo natural (lo genético, lo biológico) al gobierno soberano de lo artificial.

Fue a ese gobierno que me entregué con toda mi voluntad cuando dispersé los primeros mililitros (¿o serían miligramos?) de néctar. Solo me guió el ánimo de aumentar mi placer, como es propio del principio de placer. Uno siempre quiere más. Y si se entrega a las pulsiones carnívoras en vez de ponerse a escribir hasta las tantas, entonces no solo el género puede modificarse, sino que la especie misma queda en entredicho. Algo de eso pudo prever o intuir el movimento cyborg, si es que se le pudo llamar movimiento. Pero si se estiró el cuerpo hacia la prótesis, el cableado, la máquina, no se estiró tanto hacia lo vegetal y lo animal, como si la sexualidad no les interesara a unos cuerpos resultantes de ciertas mejoras o extensiones tecnológicas. Esto fue sin duda un prenuncio del imperio de las aplicaciones móviles para ligar, pero no anticipa el allegamiento de los cuerpos humanos entre sí y a especies no humanas, y en ciertos casos no animales, e incluso no-especies.

Los efectos del néctar se presentaron durísimos, con mi pene en erección casi ininterrumpida y receptáculos carnosos que se abrían a su intervención como si de un deseo hablante se tratara. Debido a la altura de sus cuerpos, me vi obligado a permanecer de rodillas durante casi medio día, unas once horas para ser más exacto. De rodillas y como follando, si se le puede llamar follar a dejar que el néctar posea el manantial de tu deseo y te empuje, en una vorágine interminable, a meter y sacar tu sexo de unas bocas que ya no son humanas, ni rigurosamente carnívoras, ni tampoco vegetales. Se asemejaban a unas bocas de serpiente marina, pero sin dientes, o a un unicornio con varios culos, todos igualmente disponibles y sin relación con ningún otro órgano corporal. Sí, esta imagen es más acertada: un unicornio multiculo, entregado como un parque de atracciones a la hora de abrir puertas.

Espero hablaros pronto de los efectos no inmediatos del néctar de plantas carnívoras, pero esta noche debo dormir más que en la anterior, y ya se me está haciendo tarde y ni sé ni qué digo.

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