¡Hannah, Hannah!

Siento deciros que Hannah se está muriendo. Como casi todo en mí, tampoco eso es definitivo, pero una pérdida no aflige menos por ser efímera. Solo hay que pensar en el pánico que se siente cuando se pierde la respiración, aunque sea por breves instantes. Algunas veces, siendo Hannah, perdí la esperanza durante horas, y en esas horas casi me pierdo mi propia vida.

Ahora mismo no es la vida lo que temo perder, sino a Hannah, que es parte de quién he llgeado a ser. Sin darme cuenta del todo, las circunstancias me empujaron hacia el punto absurdo donde ahora me encuentro. Infeliz junto a los ogros, me refugié en los dominios de Elohim, que es un hombre. Desesperado tras años de soledad, me encontré haciendo el amor o lo que quiera que se le llame con un tiburón, que es un hombre. Habiendo dejado las hormonas que sostenían a Hannah, a su existencia y revelación al mundo, se abrió paso el monte Sión, que no deja de ser un hombre.

El retorno de ciertos tics de una masculinidad empedernida y ronca me avisa, como la luz parpadeante del indicador del depósito, que hay que ir a repostar; solo que la gasolinera está cerrada. Hannah es como una estación de servicio fantasma, de esas que nos hablan de viajes fallidos, como casi todos, de malos negocios y escapadas que nadie entendería. ¿Me habré escapado yo de mí mismo? ¿Lo habré intentado? En absoluto. Hannah es un desvío necesario.

En estos tiempos de corrección lingüística en que los académicos son eternos becarios y a la gente inculta se le da el beneficio de tener una opinión cualquiera, conviene no dejar hablar solo a los objetos de estudio. Pocas cosas le hicieron tanto daño al saber como la creencia de que solo las mujeres pueden ser feministas, o que solo las personas trans pueden hablar de transfobia o de identidades no binarias, como si la autoridad se pudiera deshacer instituyendo otra autoridad. Por eso tuve que hablar como persona trans, para que ciertas personas con “certificado trans” se pudieran dar cuenta de que ese certificado no existe, de que esa identidad no existe porque ser trans es resistir al género, al igual que vivir es luchar contra la insignificancia de ser un mortal.

Es con este marco mental de saberme sola en el mundo que me libero de Hannah porque veo cómo ella me está liberando a mí. Y no es que me abandone, no; es que realmente me suelta, me deja ir. Me voy ahora con mi bagaje feo de pantalones de señor mayor que me obligaban a ponerme cuando tenía solo unos diez años; con los botes de proteínas y carbohidratos para irme al gimnasio a sacar músculos donde no sé ni si están; con las bambas que compré ayer, de segunda mano, pensando que estaban como nuevas y hoy, tras llevarlas unas horas, empezaron a romperse. Este soy yo: un hombre de segunda mano.

Antes de ser quien no soy aún, tuve que pasar por la escuela de hombres, donde me no me enseñaron a ser uno de ellos. Tan solo me utilizaron como maqueta para sus proyectos. De hecho, un cura ególatra al que mis padres admiraban, un fantasma con título nobiliárquico cuya frustración era no haber llegado a obispo, les dijo que yo parecía un adulto en miniatura. Podría haber dicho un hombre en miniatura, ya que la hombría iba de la mano con la edad, como si las mujeres siempre fueran las niñas a las que los hombres, adultos y económicamente solventes, deben cuidar. Fijaros hasta qué punto esto es verdad que se encumbra al imbécil que hace toda una carrera en la misma posición antes que mirar al explorador que avanza un tiempo en una dirección, luego en otra, sin llegar jamás al nivel de concreción del imbécil, pero tampoco a su estrechez ni a su tedio. ¿Cuántas veces he tenido que escuchar comentarios sobre mi inestabilidad o diletancia, como si la falta de fijarme en un punto monótono dijera algo sobre mi madurez? Así me he encontrado a muchos cretinos mirándome de soslayo, desde sus trajes y uniformes, desde sus coches y sus sillas, con el convencimiento hueco que la vida unidireccional presta a los mediocres. Una vida dedicada a los mármoles, a la panadería, al banco, a los niños, a la madre que los parió. Una vida al servicio de ideas tan poco materiales como ser buen hijo, buen trabajador, buen padre de familia, buen marido, y por supuesto hombre.

Me largué. Yo no podía estar allí. No podía comer esa mierda. Los certificados me sobraban tanto como me aburrían porque lo que hice, lo hice para mí, para lograr entender algo del sinsentido que organiza todo esto. Por eso no os diré que no me da cierto reparo liberar a Hannah, abrir mano de ella y de lo que todavía soy de ella: porque liberar algo cuando sabes que no tienes nada en un lado cualquiera para sustituirlo o valerte de ello, o al menos para no quedarte sin nada, es volver a un tiempo en el que tenías alguien que respondiera por ti y decidiera en tu lugar, e incluso te mantuviera. Ahora no tengo nada. Es como si me fuera de aquí a ser hombre sin tener idea, sabiendo apenas qué es lo que no quiero ser.

No sé dónde está mi cuerpo. A veces me busco a mí pero no estoy. En mi sitio no hay nada; solo la sensación de estar ocupando un lugar en el espacio. Esto no puede ser bueno. Me miro al espejo y me veo mayor. “Ya no tienes edad para empezar nada, y no es ahora que serás capaz de terminar algo que hayas empezado.” El hombre que abría caminos y perspectivas ahora es un fracasado amable, un signo de combates perdidos e inútiles que queda bien en una empresa donde inspirar a los jóvenes a no hacer lo mismo. Mi existencia es didáctica como una señal de peligro. Luego entiendo que la única solución es que durante muchos años rechacé por fácil: ser como los demás, adoptar las fórmulas de éxito y desistir del pensamiento. Puedo empezar a hacerlo mañana mismo cuando me levante, cosa que seguramente no haré. Me pongo un precio reducido, el de liquidación por jubilación, saco músculo de donde no hay, hago una cirugía barata para desfigurarme el rostro según las necesidades del mercado, actúo como un hombre y no les doy muchas vueltas a las cosas, porque pensar es de mujeres. Y defiendo la necesidad del ejército, de las fuerzas del orden y la gente de bien. Veo a Hannah a mi lado, estirada en una cama, agonizante. “Ese no soy yo”, pienso en voz alta, casi gritando. Me despierto en sobresalto. Pero da igual: ya no la veo. Creo que se fue.

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