No es un pésame, sino un suéltate

Es inevitable: Hannah quedará sepultada bajo mi piel. Por eso siento que debo honrarla. Debo y quiero. No es un honor cualquiera ni un pésame formal; de hecho, no es un “pésame” sino un “suéltate”: quiero que Hannah sea más libre aún, ahora que no solamente dejé la hormonación con estradiol y progesterona (hace ya más de tres meses) sino que iniciaré la hormonación con testosterona.

El tiburón, al igual que muchos de vosotros, no entiende el porqué. Seguramente no sabré explicárselo mejor que con la excusa del arte. Pero el arte, para ser sincero, no es una excusa. El debate sobre si el arte es un fin en sí mismo o si es un medio de expresión o activismo, si es político o terapéutico, es un debate que solo reúne a almas cándidas y poco pensantes a las que les gusta codearse con la superficie del arte o, mejor dicho, con sus bordes, pero nunca, jamás, ser artistas. No hay de qué sorprenderse: la palabra artista ha sido tan vilipendiada, tan tergiversada, y aquello a qué remite ha sido objeto de tal especulación y banalización, que no podemos pretender que el arte esté al mismo nivel, subterráneo por supuesto, de la droga ilegal o los fondos de capital riesgo. Ni siquiera está al nivel de la ideología o de la necesidad. El arte no es necesario ni bueno ni verdadero porque está fuera de toda prioridad, moral o sistema de control. Y sabemos que lo necesario es un producto del capitalismo, una idea que permite ordenar y disciplinar el deseo; que la moral no es judía ni cristiana sino patrimonio conservador de la humanidad con el que ciertos poderes logran impedir el progreso; y la verdad, la verdad que se comprueba, la verdad-corrección, no es otra cosa que un criterio de vigilancia y una forma de control. Pero basta con observar la política y la prensa para comprender que ya no se trata de verdad ni de posverdad (que es solo un apodo de la credulidad) sino de extender el delirio hacia lo real, de volver un poco más sostenible nuestra paranoia compartida.

Es por eso.

Es por eso que me sitúo en mi cuerpo y me reubico a la vez con los discursos clínicos, filosóficos, plásticos y poéticos, y fuera de ellos. Hay que reubicarse dentro y fuera. Sin y con. Nada en el cuerpo dado es fruto de la casualidad. El cuerpo dado es eso que viene, al menos aparentemente, de por sí, solo por selección natural, sin intervención sobre el código o ADN, sin ingeniería genética. Luego pasamos al cuerpo conquistado. La ciencia ejerce su particular colonialismo sobre el cuerpo, invadiéndolo y describiéndolo con el pretexto de conocerlo y cuidarlo, pero también explorándolo y explotándolo hasta la abolición definitiva de lo natural. Es por eso que, ante todo el discurso bio y ecológico, las políticas feministas y multiculturales, yo me quedo voluntariamente e involuntariamente al margen. No se me reconoce como persona trans, pero habito una tierra de nadie y me quedo ahí. No se me reconoce como mujer, pero resisto al machismo heterosexista y a la misoginia gay lo mejor que puedo, paso por la experiencia de la menstruación psíquica, confundo los géneros en mi armario ropero y disfruto de mi cuerpo en una zona de fantasía que es, todavía, mi reserva natural. Tampoco se me reconoce como hombre, o por lo menos no como hombre modélico, cosa que en realidad no existe (ni el hombre ni mucho menos el modelo), pero es en cuanto hombre que resisto al feminismo excluyente y a la homosexualidad recomendada. Resisto a la prescripción de paternidad, de normalidad y de discreción. No quiero pasar desapercibido; no por la historia. Reniego de la mediocridad que nos exigimos unos a otros, desde la escuela, para que los mejores no destaquemos y los mediocres sigan triunfando.

Creo en la aristocracia del deseo. Me la enseñó Hannah. Hannah me trajo hacia territorio corporal desconocido. Ella me enseñó a abrir mi pequeño cuerpo masculino como un gran vientre para ser penetrado por la flor de la alteridad. Es por eso que los diarios de Hannah seguirán siéndolo: a falta de dios u otro “ser superior”, soy profeta de sus palabras e insinuaciones y doy cuerpo a sus alucinaciones y peligros. Tiemblo con tan solo sentirla. Tengo una mujer dentro de mí, libre, no apresada, que se irá cuando quiera y volverá cuando me eche de menos.

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