Armagedón

“Quieres iniciar ya el tratamiento con testosterona? Si es así te doy cita.”

El compromiso de tratamiento confidencial de los datos de clientes no se compadece de los textos confesionales de Hannah. Los procedimientos internos que regulan mis obligaciones y comportamientos en la oficina tampoco se conjugan con las indiscreciones de estos diarios. Por eso entre el tratamiento laboral y el tratamiento hormonal lo único en común es una palabra que tiene tan poco sentido y tan poca propiedad en un caso como en otro.

Pero hay otra cosa en común: el tiempo perdido.

Aunque no me está permitido deciros el porqué ya que, como casi siempre en lo que envuelve la materia de teorías conspirativas, no hay un porqué sino muchos porqués enredados en espirales de causa e interés, puedo y voy a deciros que el jueves pasado abandonamos Dachau y volvimos a Barcelona, y tal vez un día pueda deciros más al respecto. El viernes, que para los cristianos fue el día de la muerte de su mesías, se presentó oscuro y frío, como conviene a los días fúnebres. La oficina era un féretro. O quizás el féretro fuera yo. Hace tiempo que perdieron a un empleado motivado, de esos que salen en las fotos de familia, y se ganaron a otro más eficiente, solo que aparentemente en el mismo cuerpo. Pero no, ya no es el mismo cuerpo: el nuevo empleado camina como un esclavo, llega y se va con la mirada perdida, saluda por inercia, cumple por obligación, sonríe por deferencia. Está concentrado, sí, pero no presente. Cuando termina el turno no estrecha lazos; recoge sus cosas y avanza con pasos inaudibles y rápidos hacia el ascensor, la puerta de salida, la calle, y camina llorando, a veces. La mayoría de los días no sabe cómo se llora y solo percibe sus ojos como dos pantallas reflectantes despojadas de brillo y compasión. Un hombre así no es capaz de quitarse la vida porque ya no vive siquiera.

Aún así, el trabajo hace al hombre libre: ya lo decían los nazis, y así reza el conocido portal de un campo de concentración. Por eso Hannah, sepultada con Cristo en el mismo día (porque le pierden estos simbolismos, tan heréticos como literariamente veraces), decidió dejarle un espacio vacío al hombre nuevo. No hace falta decir que Hannah tiene su propia manera de hacer, y para ella un espacio vacío es ni más ni menos que un gran vacío interior.

“Ya lo tengo. Nos vemos a las once y veinte.”

Cerca de los dominios de Elohim siempre hay minyán. El minyán, por ponerlo fácil, es el quorum judío, son esos diez hombres que la tradición requiere para que se pueda proceder a ciertos cultos. Pasados los tiempos de cólera, ya no es exactamente así. Vivimos tiempos de diazepam, en los que el quorum es relativo y espacial, y recibe la grafía actualizada de Minyam, terminado en m de mutilación, de meato uretral, de mefedrona. No hay vino pero sí Jägermeister, y cuando no queda Jäger sirven ratafía.

“Es una variante local”, explican, como si fuéramos laicos en este nuevo oficio. Yo quizás sí; el tiburón no. O al revés. En lo que uno es minotauro y se pierde, el otro es iniciado. Pero hay laberintos para todos los gustos y andaduras. A caballo entre copa y copa, la primera ida al baño para purificar la inocencia y caer en pecado. Dónde andará el alma de Cristo a estas horas? Es medianoche de viernes a Sábado, los judíos estamos en pleno Shabat y los cristianos se preparan para el único día del calendario litúrgico en el que no hay misa porque están esperando, en tránsito, solo que el mesías no se hará mujer sino resucitado, y en esa condición, un poco menos matérica y un poco más mística y sutil, les aparecerá a sus seguidores, que por aquél entonces no tenían nada que ver con Instagram.

Me espero un poco más, no quiero empezar ya el viaje, convencido de que será largo. No puedo quitarme aún de la cabeza las imágenes traumáticas del Führer ni las tareas repetitivas del trabajo pero que haya Minyam es una señal clara de que el mesías aún está por venir. Nada más cerrar la puerta, y antes de subir los ochenta y siete peldaños de la escalera hacia los aposentos de Elohim, invoco al Océano Pacífico para que el tiburón me acerque a la Atlántida del vicio. En esa tierra submarina abunda el néctar de plantas carnívoras que me reconcilia con el movimiento inexorable de subsistir. Nunca antes el vínculo entre el judaísmo y la alienación se me había revelado tan claro, pero al llegar a la cima de los ochenta y siete peldaños, y una vez traspasada la última puerta, la primera raya me puso a tono de forma casi inmediata: la facilidad es el beneficio de los neófitos; una vez iniciado, todo se complica.

“Vigila el interior de la tierra: rectificando lograrás la piedra de la obra”, le traduje sin que él supiera de la existencia de un original. Pero la vida es así de dura: a los no iniciados tampoco hay que darles ni pan, y menos en pascuas.

La metamorfosis, ya sabemos, es un proceso largo y tendido, sobre todo para las criaturas marítimas. Sin embargo, al cabo de poco rato el tiburón se convirtió en una burra con un cuerno de vidrio saliendo de la frente como un dedo indicando, obsesivo, la dirección incorrecta a seguir. A nuestros pies, el suelo huidizo que hace olvidar a la tierra, negro de azufre, lleno de cristales donde cortarse los miedos y parecer más divino.

A lo largo de la noche no se escucharon aleluyas ni salmos, tan solo ays y vagidos de hombres que no tenían que nacer. El esperma es la solución básica de los principales algoritmos, la presentación líquida de lo humano. Hannah me dice al oído que la sangre también lo es, y quién soy yo para quitarle la razón.

Pero.

Llega el momento en que hago lo prohibido, y juego con una especie sagrada. Para mí no tiene ningún valor, pero esa forma idolátrica es para muchos la vera icona de la felicidad exprés, una especie de hostia nocturna, de pan de dios al vapor en iglesias de sexo rápido, garitos a tope de feligreses frenéticos, y también fanáticos, sí, fanáticos, locos por follar como quien se eleva en cánticos en altar. Son solo orgasmos, mi gente, y vosotros una pandilla de maricones. Salomón y sus ejércitos no se detienen, pasan perros ladrando, mujeres a punto de parir, un mesías que no me sale del coño, y todos igual de aflitos, naufragando el deseo entre rosas de plástico y alitas de pollo, como si el mundo entero cupiera en el archivo absurdo de lo posmoderno. Copulamos sin aprecio por la realidad, todo es huida firme hasta mañana, nuestras almas en vilo por la luz que atraviesa ya el velo fino de la cámara nocturna. Todos los seres marítimos se duermen a las mismas horas, excepto el tiburón, que ronda el islote.

Quedamos a la hora de noa del día siguiente, ¿o será del mismo?, ese Sábado de mal agüero (cosas que me pasan por no guardar debidamente el Shabat) en el que Atlántida se mueve, las placas tectónicas un día serán frágiles como pergaminos y toda la escritura de la tierra se irá a la mierda como en Armagedón.

“Estoy en llamas”, me dice, y yo: “Si quieres vendré a apagarte”, y él: “Sí, porfa”, y le llevo los fideos vietnamitas más caros que encuentro para que recuerde su origen noble, pero el fuego no le deja, se come los fideos como si fuera una lata recalentada de frijoles Heinz con tomate, me dice que están buenos, eso sí, y la segunda noche se hace larga porque tengo que volver rápidamente a los dominios de Elohim, los únicos donde estoy a salvo ahora mismo.

En la ciudad hay un gran motín, pero sé que la misma llama que me abrasó y quemó el néctar transformándolo en pura ceniza tóxica es también la que me marca como intocable a los ojos de todas las almas convulsas. Y es así cómo me duermo en paz, una paz que no durará ni dos días.

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