Yo soy el anticuerpo

La paz no ha vuelto pero sí la rutina y algunos de sus reveses: visión doble y fatiga de regreso a la oficina que duraron casi un día entero. Todo quedó disfrazado por un acto tan aparentemente repentino como discretamente meditado: me rapé todo el pelo de la cabeza. Ya no tengo rastas. Ya no podré acariciármelas. De todos modos, yo era la única que lo hacía, y quizás los tiempos de Sion, estos primeros tiempos sin Hannah, me exijan el ejercicio continuo de desapegarme, como si debiera todavía perder más cosas o personas.

Me rapé recién iniciada la semana hacia Pésaj. Por otro lado, no dejo de comer jametz, los cinco cereales que el rigor prohíbe comer en los días que anteceden la pascua judía. Si el rigor prohíbe, la moderación los desaconseja. Pero para mí no son tiempos de rigor ni de moderación; son días de riesgo y exceso, como conviene a un judío impuro. Mi Pésaj es un Salto al vacío. No hay columnas de seguridad ni muros de contención para cruzar el Mar Rojo de la servitud. No estoy reclamando el derecho natural a mi condición de judío para volverme un cumplidor de preceptos, una máquina de separar vajilla de lácticos de vajilla de parve. A cada uno D-os le pide su singular holocausto.

Si una de mis primeras ofrendas son mis rastas, que conservaré hasta el momento oportuno, otro de los sacrificios que ofreceré será hacerme circuncidar en el momento de máxima libido. Para eso colmaré el duelo de la Hannah visible con la fase de hormonación masculina. El tiempo me pide construir a golpe de hormonas, de pelos y gafas, perfumes y maquillaje, el templo de mi cuerpo que es aquello que, en última instancia, tengo para ofrendar.

“Lo que más me sorprende ni es el deseo sexual; es la cantidad de esperma. Me están saliendo unos chorros alucinantes.”

Ocho de la mañana, ayuno de seis o siete horas, me toman muestras de sangre en el centro clínico donde me espera el médico. Es ella quién acompaña todo el proceso de cambio hormonal, mi sinuoso tránsito de género. También le hablo de mi interés por una medicación psiquiátrica afín a mis necesidades. Estoy harto de los diagnósticos sordos de un becario tras otro. Algunos no son tan becarios; son psiquiatras con más de treinta años de experiencia, como el que le prescribió inyecciones de litio y electroshocks a mi querido G., quién Salto al vacío desde una décima planta.

“Le sugiero que se acerque a profesionales afines al movimiento de la antipsiquiatría. Hay pocos médicos que escuchan a los pacientes, pero los hay.”

Todo porque los sacrificios no deben hacerse sin rituales y sustancias de apoyo, contrariamente a lo que sentencian ciertas voces moralizantes. Mi estado sano no depende de antipsicóticos ni de terapias breves sino de una labor constante de autoconocimiento, materialización y lealtad, que pasa puntualmente por la ingesta de anfetaminas.

“No quiero comprarlas en el mercado ilegal, pudiendo adquirlas en una farmacia, ¿sabe? Prefiero los procesos controlados. Pastillas limpias, con los principios activos debidamente dosificados.”

Al final de cuentas, le debemos el psicoanálisis a Freud y a la cocaína; la mefedrona al israelí que la sintetizó; así que antes de abrir vuestra boquita para decir una palabra sobre la relación entre Sion y el éxtasis, pensad, pensemos en la vinculación entre el pueblo judío y las materias de alienación. Contactar con el otro, aunque sea siempre el otro de uno mismo, no puede sorprender en un pueblo que parece condenado a relacionarse con un D-os siempre desconocido, lejano e impersonal, y a vivir en tierra que no es suya o bajo condiciones deficitarias e híbridas, con identidades nacionales que no se le reconocen, o que solo le son atribuídas a cambio de pagar un precio injusto.

“La cantidad de esperma es un indicador cuantitativo. No puede ser fruto de mi imaginación. A menos, claro, en el sentido en que la masculinidad también es fruto de la imaginación. Como la feminidad. Y yo soy el anticuerpo de ese delirio colectivo que fue el género.”

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