Me llama niño

No puedo confesarlo todo. Un día, quizás, utilizarán mis escritos para acusarme de esto y de aquello, y resultará difícil impartir clases de literatura ante un juzgado. No sé si la cosa llegará a ese punto; nunca se sabe. Lo que sí tengo claro es que no es tras la acusación, el acoso, la difamación, que uno se puede defender con el escudo de la ficción. Parece que ciertos estilos de escritura, más que otros, llevan a sus lectores a creerse que son verídicos, y no exactamente porque sean veraces o verosímiles, sino porque su estilo, o para ser más exactos su género, se presta a una mayor credibilidad. Es así que el estilo confesional o epistolar parecen suscitar la creencia de los lectores más incluso que el estilo periodístico. Todo es una cuestión de veracidad.

Los diarios de Hannah no obedecen a esa lógica. Son veraces, aquí y allí, pero si resultan creíbles para lectores que no me conocen, eso es imprevisible. La adhesión y la creencia dependen en gran parte del sentimiento de identificación que puedan despertar. Si un lector se siente identificado con una forma de decir las cosas o con uno de los episodios que aquí se explican, estará más disponible para creerse otros episodios, o para comprender otras cosas que se dicen aunque el sentido de las palabras no sea del todo claro. Es por eso que no espero tener más lectores que aquellos a los que mis problemas conciernen de forma muy directa. Si hablo de género, es posible que las personas que viven relativamente fuera del género se interesen más. Si hablo de hormonación y de drogas, es posible que mis escritos atrapen a aquellos que se dan por aludidos. Y es por eso que muchos de los que escribimos tenemos la tendencia, más o menos voluntaria, a hablar de temas universales como el amor, la soledad y la muerte: queremos ser leídos y por eso intentamos seducir a más lectores hablándoles de algo que sabemos que les resulta familiar, ya sea el hecho de que se morirán, o el sentimiento de estar solos en el mundo, o el de no estarlo, al menos temporalmente.

La diferencia entre la escritura ególatra y el narcisismo de unas confesiones como estas es el despojo. No me refiero a una desnudez impostada sino a un dejar caer la manta y, con ella, todas las pertenencias de nuestro nomadismo existencial. Mirad, esto es lo que tengo, y esto es lo que no. Mirad, esto fue lo que me pasó y esto es lo que me ocurre ahora. Y no sé cómo decíroslo mejor. Me despojo, me quedo sin pruebas que demuestren algo que no soy, pero tampoco regalo pruebas de ninguna realidad, mucho menos íntima. Eso significa que confesar es liberarse de la impostura, es hacerse llano, tener la humildad de presentarse sin atavíos.

“Quiero una raya.”

Lo peor de las confesiones es su valor de verdad, y la pesadumbre de las preguntas de verificación: ¿es cierto lo que dijiste? ¿Estás tomando drogas? Sí, sí, me lo preguntan. ¿A dónde irás esta noche? ¿Con quién estás saliendo? Esto y más. Cuánto cobro. Dónde trabajo, en qué calle. Y qué hago exactamente.

“Me dijiste que no querías malos hábitos.”

Jamás en mi vida he tenido que mentir tanto como desde que escribo este diario porque, para salvaguardar la verdad profunda que hay en lo escrito, no me queda más remedio que preservar la verdad superficial de lo que digo, diseminando la verdad en versiones contradictorias de la realidad.

“He comido sin tener hambre. Estoy sentado en mi cama, llorando. Me siento miserable y absurdo. Nunca había sido tan feliz. ”

El tiburón no está conmigo. Me abrazó hace unos cuantos días hasta que una costilla hizo un ruído característico. En el mejor de los casos es una contusión. Me tomo ibuprofenos pero eso no basta. Empezaré a meterme testosterona y posiblemente tendré ganas de hacer ejercicio y aún más ganas de follar, y ¿cómo podré entrenar con una costilla jodida? Quiero drogarme y el tiburón no sabe qué decirme. Me pregunta si no puedo dormir. Le explico que la tristeza me produce insomnio. En otras ocasiones me produjo ganas de quitarme la vida, así que la progresión es buena.

“Eres una gran persona. Puedes estarte tranquilo porque tienes muchas cualidades. Yo las veo. Lo que importa es aquello que queremos, sentimos, y somos. ¿Puedo llamarte? Llora si lo necesitas pero no te maltrates más.”

No entiendo este “más”. Rechazo la llamada. Llorar por teléfono crea situaciones comunicativas muy incómodas. No tengo vino en casa y ya está todo cerrado. Cierto, hay un vino de mesa que tiene que estar malísimo. Lo está.

“Olvídalo. Quiero una raya. No me sirves. Buscaré un camello por mi cuenta. Otro, porque aquél de quién te hablé tampoco me sirve ya. Voy a beber hasta perder la noción. Me podría ir a la discoteca que tengo aquí cerca, o a la sauna, y hablar con los turcos. Pero la calidad tiene que ser inferior. En la droga como en la compra del súper, no me gusta tirar el dinero a la basura, y lo más caro no suele ser lo mejor. No quiero coca. Odio la coca. Solo quiero anfetaminas. Aquellas que me van tan bien. Necesito foco, necesito paz. No puedo pensar en menos de dos cosas a la vez. Me siento vacío.”

Me ofrece venir a verme. Me manda besos. Me llama niño. Y todas esas cosas que te disuaden de acelerar la marcha hacia lo inevitable. Me quedo solo. Le pido que no venga. Tiro el vino a la basura. Lo importante es tomar una buena decisión por cada dos malas, y hacer que los demás solo vean la buena.

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