Qué pena

De todos los libros que se quedaron en casa de mis padres, en Portugal, me vuelven a veces títulos, pasajes, o incluso imágenes de las portadas o de sus tipografías particulares que son parte de mis recuerdos pero también, y sobre todo, parte de la historia de un tiempo y de un país.

Hoy me ha venido a la mente el título, para mí tan enigmático como melancólico, de un libro igualmente inclasificable de Yvette Centeno: “Las palabras, qué pena”. Y sí, Yvette. Las palabras, qué pena. Tan necesarias como disfuncionales, me recuerdan a realidades tan dispares como el arte, el género y la nacionalidad. El género y la nacionalidad son realidades simbólicas; han servido durante siglos para clasificar a humanos y mercancías, e incluso para tratar a humanos como una mercancía más. A veces este discurso llega directamente en forma de economía salvaje y disciplinaria, de ese poder arbitrario y sin rostro que caracteriza en capitalismo sin fronteras. Entonces se oye a los antisistema, a los anticapitalistas y a toda clase de salvadores y pagafantas gritar contra la opresión del capital y del patriarcado mientras reproducen los esquemas afectivos, gregarios y opresores que critican en su tiempo libre, o peor, se benefician de los bienes ajenos, empezando quizás por los de sus progenitores, de los que heredan privilegios como cualquier monarca, o del Estado de bienestar, cuya sangría financiera alimentan con sus abusos.

Conozco bien a esos parásitos de la economía social porque conviví con ellos durante algo más de un año entre el tramo final del doctorado y el duro inicio de mi regreso a la vida laboral fuera de la cueva académica. Ese periodo me resultó imprescindible para comprender que la lucha no se hace con palabras al viento aunque hace falta escribir la realidad, y escribirla bien, con la verdad en las manos y el corazón y la cabeza bien unidos. La lucha tampoco se hace desde fuera, es decir, desde una exterioridad imaginaria que hace ver al capitalista como un hombre blanco encorbatado, encerrado en su despacho desde el que administra una gran fortuna replicada a base de explotación. De esta forma es fácil perder de vista la responsabilidad que tengo como consumidor, o cuando elijo hacer de los bienes y objetivos tangibles el centro de mi existencia. Cambiar eso, pero cambiarlo de verdad, no es tan fácil como pasar el tiempo pretendiendo cambiar lo que no podemos porque no tenemos estructura ni medios para hacerlo. Las palabras: qué pena!

Hoy será mi octavo y último día consecutivo de trabajo en lo que va de semana. Empecé el viernes pasado, y hoy, viernes, termina la semana laboral. Descansaré dos días y volveré a mi trabajo. Yo quiero mucho a mi trabajo y no tengo ningún reparo en decirlo, cosa que no siempre es fácil en un entorno que ha aprendido a despreciar la actividad pagada, que se ha acostumbrado a quejarse del trabajo, para endiosar al consumo sin norte y al ocio vacío tanto como venera a sus falsos profetas y salvadores de turno.

Esta mañana llueve en Barcelona y hoy ya me he sentido triste y enojado, pero no por la lluvia sino por la pésima costumbre, en la que hacía tiempo no recaía, de mirar las redes sociales nada más despertarme. Craso error. Me he encontrado a una pequeña multitud fanática defendiendo, en nombre de la libertad de expresión (cómo no) a un producto efímero de la mala consciencia de una burguesía empobrecida, víctima de su propio ridículo, una clase social huérfana de principios que habla de lucha para enmascarar su desidia. Ese producto, un chaval con casi tantos seguidores en Twitter como los que tiene la ultraderecha en Instagram y al que el gobierno progre de Portugal podría conceder asilo político (o eso dice el muchacho) destaca por haber insultado a millones de musulmanes “comiéndose el Corán” y por haber escrito en el suelo una palabra de acusación contra la iglesia católica, supuestamente con hostias consagradas.

Estas acciones, amparadas por una libertad de expresión degradada a la condición de provocación fácil y difamación irresponsable, no solo aumentan la conflictidad social en ámbitos tan sensibles como la convivencia, sino que menoscaban el potencial del arte y la sociedad laica. ¿Por qué? Porque si el arte no sirve de refugio a ningún tipo de moral, tampoco le puede dar cobijo a la inmoralidad, que es uno de los recursos menos críticos y más socorridos para engordar un séquito de aduladores. Y hay que ver cómo les gustan, a los inermes, los efectos especiales. En cuanto a la sociedad laica, que nada tiene que ver con el odio al hecho religioso, y menos que nada a la humillación de otras realidades espirituales, solo hay que lamentar la intolerancia que trasciende de la voz altisonante de aquellos que se sienten seguros desde la arrogancia por unos principios que no tienen ni respetan. ¿Libertad? Ay, las palabras. Qué pena.

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