El Diablo

El destino es la muerte. No sabemos nada sobre lo que le ocurre a la consciencia cuando el cuerpo ya no vive. Las religiones sirven, en su gran mayoría, para paliar la angustia ante el vacío que supone no saber hacia dónde vamos. Así se entiende fácilmente que la cosmética, la cirujía plástica o la ingeniería genética son también religiones: efectivamente, unas y otras se afanan en disfrazar el miedo a la vejez y a la muerte.

¿Qué nos pasará después, y qué sucedió con aquellos que se nos murieron?

En un curioso ensayo llamado “El nacimiento del purgatorio”, el historiador Jacques Le Goff donde explica los cómos y porqués de ese malabarismo teológico, un auténtico invento del cristianismo al igual que el limbo, el cielo y el infierno, siendo que estos últimos también los encontramos en el islam. El hinduísmo nos brinda la tesis de la reencarnación, y el budismo, la del renacimiento. Todas ellas son formas de lidiar con la angustia, prorrogando la esperanza de forma simbólica e imaginaria, pero no real. Por eso al judaísmo, cómo no, no le quita el sueño lo que no se ve. A menos que un ángel te venga a despertar, por supuesto.

Eso fue más o menos lo que me pasó antes de ayer. El tiburón estaba durmiendo en mi cama. Me desperté dos minutos antes de la alarma, vi que el tiburón estaba durmiendo y, entre él y yo, yacía una revelación: el tiburón, el que me llamó “niño” en una noche oscura, el que casi me rompe una costilla con su abrazo, el de la Atlántida del vicio, sí, el tiburón ha visto interrumpida su incursión en los dominios de Elohim, al menos en las condiciones actuales.

“No estoy enamorado”: así se me reveló la cosa.

Al día siguiente por la mañana, o sea ayer, hice algunos contactos aunque fuera Shabat. Despedí al tiburón. Y le envié un mail al Diablo.

Debo advertir que una persona que no cree en el cielo tampoco cree que exista un lugar tan pornográfico y maniqueísta como el infierno. Pero D-os existe a pesar de mi agnosticismo. A menudo, es para aquellos que no lo hemos visto que D-os insiste en hacer de las suyas. Y apuesto a que una de sus preferidas es hacerse pasar por un ángel caído. En el tarot de Marsella, el arcano complementario del Diablo es el Papa, quién representa a un poder temporal travestido de espiritual. El Diablo, en cambio, es el espíritu (dáimon) que, bajo una apariencia material, llámesele sexo o dinero u otra cosa, recuerda la otra cara de la moneda: el misterio.

El Diablo vive en una casa amurallada, un castillo que guarda algunas semejanzas con los dominios de Elohim: ambos están ubicados en espléndidas calles peatonales de Barcelona. Debe ser que los coches, si no son eléctricos, los carga el susodicho. Me confirmó que estaba estudiando pero le convenía hacer una pausa, con lo que mi visita sería del todo oportuna. Otra de las semejanzas entre la casa del Diablo y los Dominios es la ausencia de ascensor. “Claro,” pensé: “a un lugar sagrado no se puede acceder sino mediante escaleras.”

Conocí al Diablo hace cinco años en una verbena privada, junto a unas buganvilias. Él lucía un pantalón negro de pitillo, muy ajustado como era tendencia, camisa blanca impoluta pero ancha, muy blasé, y un tupé ondulado magnificente. Hicimos el amor durante un mes, porque aquello no era follar. Esta vez, tras unos cuatro años de ausencia recíproca, vestía de negro con reflejos brillantes, y le noté, como supongo habrá notado en mí también, el peso sutil de unas nuevas arrugas. Nada de eso impidió que siguiera igual de espléndido y aún más prudente y afable. Es uno de esos demonios que no llaman la atención, por lo que, afortunadamente para mí, solo se dejan detectar por radares obsoletos como el mío.

Entramos en la Sala del Gran Arquitecto, donde me ofreció amablemente una raya de speed, una impresión de mi Kadish por Babilonia para que se lo recitara, y un ejemplar de Visado para el futuro, de Luis Miravitlles, donde nos delectamos con unos párrafos sobre las máquinas de traducir. “Si hubiera máquinas de traducir afectos,” añadí, “nos ahorraríamos muchos conflictos”. “Debes dejar cuanto antes ese trabajo con inteligencia artificial”, atajó. El Diablo no suele dar consejos, es más bien respetuoso y modesto en su doxa, lo que me dejó en alerta. No es el primer arcano que me avisa. “Pero no hablemos de trabajo, que hoy no es el día.” Me ofreció un par de rayas más, para mantener los espíritus bien arriba, y una hierba estupenda que no tenía nada que ver con la marihuana low cost que consumen los endebles. Si algo hay que saber acerca del Diablo es que cumple con las mitzvot mejor que muchos judíos (yo, sin ir más lejos) y, en lo que concierne a la hospitalidad, es todo un maestro.

Pero sus artes van mucho más lejos, y no por tenerlas yo olvidadas sino porque la distancia de los años falsificó mis recuerdos, me sorprendí como si fuera nuestra primera vez. El Diablo es un amante exquisito y, antes que eso, un seductor pródigo en sortilegios. Tuvimos la suerte de que la seducción fuera recíproca, las armas afines; de que ya no tenemos edad para perder el tiempo, ni tampoco para idolatrarlo. Después de hablar de las virtudes del látex sobre paredes expuestas a la humedad capilar, de la historia del castillo y la imposibilidad de huir del mundo, hicimos un “cadavre exquis”, dos tés negros, un lavapiés, y nos entregamos hasta el amanecer a los placeres de la combinatoria carnal, mientras ardían, en combustión lenta, los infiernos lejanos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s