644

“Quisiera llevarte a ver puestas de sol
ya no te hacía falta paraguas
Dadju me decía ‘no te fíes’ pero yo
solo veía sus nalgas cuando desfilaba
por ella hubiera soltado todos mis billetes
porque lo nuestro era hasta la muerte”

Vuelvo a casa escuchando las mismas canciones que he oído hasta la náusea en la oficina, es mi técnica de desensibilización, como el que con veneno se hace su antídoto, o con el alérgeno se vuelve resistente, algunas en idiomas que requieren traducción, casi todas vulgares, barriobajeras, soeces, con letras que reproducen justo aquello de que mi cuerpo se ha vuelto la negación: que si los hombres son hombres, y las mujeres, mujeres, que dios los creó hombre y mujer (los, a ellos, escribe el tío, como si no estuviera metido en el fango, como si lo sagrado fuera verdad y la ley, inviolable), dios los creó y les dijo creced y multiplicaros. Pero donde la economía avanza, la moral retrocede, y la religión sacrifica: se corta el árbol del conocimiento, se planta en su lugar una máquina de gastar y follar para adanes y evas de usar y tirar; sobre las cenizas del Edén se levanta un parque de diversiones; como su nombre indica, sirve para divertir a las gentes, es decir, para lograr que miren siempre hacia otro lado, jamás hacia su destino, que es la muerte, o hacia el interior de ellos mismos, y heme aquí hablando en tercera persona, dios los creó, a ellos, hombres y mujeres, para la muerte, como si yo, por ser sagrado, me sospechara inmortal, o como si, por parecerme a dios, pudiera escabullirme del género. Hannah es solo el principio.

“Todos los parámetros están normales. En cuanto a la FSH, la hormona encargada de estimular la producción de testosterona, está totalmente activa (11,62), lo que explica el nivel alto-masculino de testosterona (644).”

Abro el archivo adjunto al mail que me ha enviado mi médico. Veo los baremos de la normalidad clínica, que responde a su vez a unos patrones establecidos, consolidados, empedernidos, o más propiamente resecos, obsoletos, circunspectos, y ciertamente contrastados con esa mayoría abstracta que verifica, sin saberlo, las nociones de normalidad que luego se infligen de forma indiscriminada sin mirar a quienes ni cómo ni, sobre todo, para qué. De momento, he iniciado mi viaje hacia fuera del género, aún se ríen de mí, aún no entienden bien de qué va todo esto, y soy yo seguramente el que no puedo explicárselo porque siguen faltando palabras y signos e imágenes, es toda una estructura simbólica que hay que reconstruir con pedazos de este imaginario gris, limitado, binario, en el que todo se resume a procrear o alabar a dios, hacer bebés o manosearlos, producir mano de obra barata o volverla más dócil y sumisa.

Por eso sería muy equivocado pensar que la insurrección que supone saltarse el género (entendido como teoría y práctica de creación de desigualdades) es algo femenino o siquiera feminista… es que, como sigamos pensando en estos términos, o excluyéndome por utilizar mayoritariamente el género gramatical masculino, seguiremos teniendo la cabeza llena de lo antiguo, del viejo resentimiento, de la adopción de valores sospechosamente fálicos por parte de personas que podrían estar confundiendo liberación con masculinización. Para utilizar la palabrita de moda: ¿hacerse hombre es empoderarse? Probablemente. Pero justamente no se trata de una moda, no se trata de empoderarnos; tampoco se trata de seguir indefinidamente encerradas en las universidades, deconstruyendo discursos y atacando al maligno Capital, o compitiendo con la iglesia católica en mal gusto y alteraciones del tráfico con unas procesiones anuales por la dignidad de mujer y sus derechos y al “no es no”. Puede que Teresa de Lauretis, Simone de Beauvoir, Judith Butler o Paul Preciado hayan labrado mucho campo de pensamiento y prueba, pero ojalá mucho de ese campo no se haya vuelto un atolladero de basura tóxica donde seguir encontrando siempre la mejor excusa para no hacer cada uno su propio camino, y sobre todo conocerse y decidir fuera de la cárcel académica.

Por eso salto de alegría al comprobar que, sin haber empezado aún el aumento asistido de testosterona, me encuentro en el cuartil superior del rango considerado normal para personas consideradas hombres: porque mi cuerpo, al quitarle el amparo del inhibidor de testosterona para experimentar más a fondo lo que es vivir, en mi cuerpo por supuesto, con estrógenos y progesterona, mimetizando una parte de la viviencia menstrual, mi cuerpo, esta extensión de materia desde la que os escribo y me repienso, generó más testosterona de la que antes tenía, hasta el punto de proporcionarme una libido que nunca antes había experimentado, a excepción quizás de los años pardos de adolescencia acneica y pajillera, y una cantidad de esperma que da gusto, todo hay que decirlo, porque más allá de sentirme esto o aquello, de ser trans o cisgénero (se ve que para ser trans también te piden carnet en según que tribus), mas allá de la identidad da gusto sentir como el cuerpo chorrea algo tan cálido y meloso como la memoria perdida de los días in utero. El consuelo maternal y la información paterna se juntan en un mismo mejunje inmediato y placentero que estoy a punto de repetir mientras alterno porno y correo.

“Me gustaría saber, con estos resultados, qué deseas ahora. ¿Qué te parece empezar con el gel de testosterona a una cuarta parte de la dosis máxima que se aplican los hombres trans, ver cómo te sientes, y en función de cómo te sientas aumentar a la mitad? ¿Prefieres inyectables? Ya me dirás.”

El poder de las hormonas es insondable. Quiero ser honesto en la descripción de mis estados, sino ¿de qué les servirían a otros estos diarios que escribo? Me resisto a esconderme bajo la ficción. Solo echo mano de recursos literarios como quién mima a su amante, porque vosotros que me leéis os lo merecéis también: que mi diario sea verdadero, pero no infumable. Que sea mi experiencia, que sea un testimonio; pero en ningún caso una prescripción o modelo, sino un punto real desde el que ir probando cosas. Un día te das cuenta de que ser mujer u hombre no es tan importante como alguien nos hizo creer; no es importante en un mundo donde la continuidad de la especie tampoco tiene importancia o, si la tiene, se asegura por reproducción in vitro. Ese día puede haber llegado, o puede que aún esté por llegar. O puede que sea fruto de mi imaginación. Si es así, mi imaginación ha creado un cuerpo mucho más feliz que el que yo tenía hace un par de años. Y lo estoy celebrando.

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