Una empresa con fines lucrativos

No me he ido, solo se me ha roto la rutina. Desde que el Diablo ha vuelto a mi vida, ella se parece cada vez más a lo que es: algo que no se puede programar, que no es fácil explicar, y que poco tiene que ver con lo que se dice sobre ella. Cuando yo volvía de la oficina, recorriendo la calle Tánger casi hasta el cruce con la avenida Diagonal para luego meterme por la peatonal, solo pensaba en escribir el diario, y cuando llegaba a casa, poco más tenía que hacer que descalzarme, saludar a Elohim, quitarme la ropa, lavarme la cara con Phyt’s Gel Pureté Visage, hidratarla con Aromaclear, masajearme los pies con Fuss Frisch y por fin lavarme las manos con la pastilla de Chipre Imperial, cuyas notas cítricas y especiadas con un toque de lavanda, junto a la exquisita mezcla de geranio y mirtillo del gel de rostro, se imponen al eucalipto mentolado que cada noche me refresca y desodoriza los pies. Es una tontería pensar que el cuidado de sí mismo es cosa de mujeres, y no soy yo quién podré demostrar lo contrario; tampoco he sido capaz de demostrar, para mí misma, que la división de la humanidad entre hombres y mujeres es una tontería sin más, porque de contrario ya me hubiera puesto las pilas para inventar otro género gramatical, o para desarrollar el uso del neutro, o para dejar de legitimarme en el día a día mediante el uso del masculino. Pero solo aquél que no lucha desprecia el valor de las armas. Es cierto que llegué a creer que el género no existe, y por eso lo he dicho tantas veces y seguramente lo repita, pero de lo que estoy seguro es que yo no tengo género, así que me esfuerzo por explicar lo que me ocurre no para aconsejar a nadie sino para que nadie se sienta sola por el hecho de no ser hombre ni mujer, es decir, por estar libre de pecado original.

Si se lo preguntan, el Diablo no dirá que está en pecado. El Diablo existe antes del pecado y por eso nunca lo ve. Me refiero al pecado mismo de separar a la humanidad en dos falsas mitades para que se busquen hasta copular y así cumplir una función de continuidad que dios no sería capaz de asegurar. Dios no se murió porque lo dijera Nietzsche o cualquier otro filósofo; se murió porque ya había creado a la humanidad y le dio autonomía suficiente para que ella rechazara su condición de critaura. Hoy somos  adultos e independientes de dios, o eso creemos, porque en realidad construímos un sinfín de ídolos, empezando por nosotras mismas. ¿O acaso no responderá el llamado a transitar el género a un recuerdo arquetípico de que en su día fuimos variados pero genitalmente indistintos? En efecto, la mayoría de las plantas de flor, alrededor de un 90%, contienen órganos sexuales femeninos y masculinos, es decir, son hermafroditas. ¿Nos podemos imaginar una realidad donde los humanos que solo tienen un tipo de genital son el 10%? ¿Os imagináis que los animales humanos tuviéramos mucho más que ver con esa parte del reino vegetal en cuanto a la forma cómo vivimos el género? Quizás no tengamos que imaginar tanto, pues aquello que nos diferencia de los demás animales es la inteligencia para escribir leyes, la creencia en el amor, y la tendencia a organizarnos para la autodestrucción. Pese a que la vida no es programable, al menos por nosotros mismos, es evidente que dios supo programarnos no solo para morir sino para acabar con nuestra propia especie y, si puede ser, con todas las demás.

A diferencia de este dios suicida, que se reproduce en los espíritus resignados, el Diablo es un espíritu que sueña y, como tal, es excesivo en casi todas sus virtudes, hasta en la moderación, así que él y yo decidimos soñar una empresa con fines lucrativos y sobre todo secretos, que ni siquiera nosotros controlamos en su totalidad. El dinero y el devenir no pertenecen a nadie; por eso sus únicos maestros son aquellos que les dan forma: forma al dinero, forma al devenir.

Últimamente, he estado poco tiempo en los dominios de Elohim, más en casa del Diablo, y sobre todo en la oficina. Por eso mi transición, que no es hacia un género concreto porque para mí no existe tal cosa, es algo que intento rentabilizar sobre todo en la oficina, en forma de contrapeso emocional a las exigencias que pueden oprimirme; en los dominios de Elohim, donde trasladé mi santuario nómada; y en la compañía del Diablo, al que la vida enseñó, igual que a mí, no temer al dinero, no avergonzarme por hablar de él, ni por hacerlo, ni siquiera por acumularlo, si tenemos muy presente el pecado capital que es tratar el dinero como un fin en sí mismo, es decir, como un dios. No creo que eso nos pueda pasar a nosotros ni a nuestra empresa. Al fin y al cabo, es por eso que no tenemos sexo. Sin embargo, siempre hacemos el amor, hasta cuando no nos tocamos.

Uno de estos días, estaba yo escribiendo otra cosa que no el diario cuando sentí un aroma de rosas que, como casi todas las flores, nacen de plantas hermafroditas. Levanté la mirada y tuve, por un instante, la alucinación de que el Diablo era un atractivo becerro de oro. Vi que eran casi las cuatro de la mañana y volví a mirarlo. Comprobé que era un sueño. Atractivo, sí; pero el oro era solo un efecto de mi estado de amor.

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