Los paraísos artificiales

El Diablo está exhausto. Desde la Sala del Gran Arquitecto, trabaja sin reposo para armonizar la necesidad de disciplina con el impulso de resistir. Él también tiene su agenda. Desde la cercanía, cuando lo observo, tengo la sensación privilegiada de asistir a la cuidadosa planificación de un derrumbe: un derrumbe histórico, casi mítico, como la caída del muro del Berlín. Y es que la disciplina y la resistencia son tan orgullosas y tozudas como necesariamente inseparables. Fue por eso que se reunificaron las Alemanias, aunque el precio a pagar, junto a la perestroika y al nuevo socialismo chino, fuera el adiós definitivo al comunismo. En paz descanse.

Con la caída de los principales regímenes comunistas, los intelectuales y los artistas perdimos de vista la posibilidad de una autonomía financiera basada en el oficio de pensar y crear obras de arte, y la cultura fue fagocitada por el capitalismo. No se trató de una operación cualquiera, ni tampoco de una caída súbita. Ya durante el Renacimiento, el mecenazgo daba los primeros pasos hacia la apropiación de la creatividad, mientras amenazaba con reducirla a una expresión del poder, y a convertirla en un arma con la que competir con los poderes religiosos. Estética versus mística. Al fin y al cabo, una misma precariedad: si el artista no trabajaba para una basílica, lo hacía para una familia de nobles o comerciantes adinerados. Hasta hoy.

Sé, por eso, que no debo despreciar ni la ardua tarea del Diablo ni siquiera su reposo. Todos sus tiempos deben ser respetados porque sus planes son sagrados y sobre ellos descansan las más secretas esperanzas de D-os, quién se retiró hace tiempo de los negocios del mundo. Para mí es un honor seguir tan de cerca la actividad frenética del Diablo, ya que con D-os no he tenido la oportunidad: siempre se ha ocultado, como un gatito eternamente esquivo y presumido.

Ayer el Diablo cayó en un sueño profundo. Le envolvía una nube de serenidad y cansancio. Me acerqué a él muy despacio para no despertarlo pero su sueño era ya tan profundo que pude reclinarme a su lado y acariciar su suave y sudoroso cabello, y sus hombros y espalda, donde están inscritos el árbol de las sephirot y dos constelaciones que le sobraron a D-os de la Creación. Al no tener tiempo para concluir la Via láctea, D-os se limitó a tatuarlas sobre la piel del Diablo, que desprendía un fuerte olor inebriante. Su perfume, que tuve el gran honor de inhalar con avaricia, era como de mandrágora retocada de jazmín en flor y bergamota. En sus axilas se acentuaba con un punto de azufre e incienso, y hacia las ingles se mezclaba con peral, esperma y almizcle. El efecto fue devastador, por no decir irresistible. Volví corriendo a los dominios de Elohim para dispersar polvo de nenúfar hasta despedir una parte de mi yo consciente y disfrutar de mi propio sudor como si fuera el suyo. Me abandoné durante casi seis horas a un dulce letargo, que primero se vio interrumpido por sollozos de placer, como si el cuerpo fuera todo él un solo orgasmo, y luego se difundió a mi alrededor como si pudiera abrazar mi propia aura. Ya de noche, me acerqué a la playa y vi la luna menguante reflejada en el Mediterráneo, formando un cuadro hiperrealista.

“La naturaleza, con o sin dios, sigue queriendo ser arte.”

Sumido en una ola de placer incombustible, regresé a mis aposentos, donde caí dormido como en un sueño amniótico, narcótico.

 

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