Repita conmigo estas palabras

Tuve un accidente. Ya lo sé, el día después del paraíso puede que sea un infierno. Sin bajón, sin efectos secundarios. Quizás, simplemente, el reencuentro con las personas normales. Llevaba hora y media trabajando. De golpe, un tic. Los dedos de la mano que escribe se atropellan. Siento un fuerte hormigueo. La mano no responde.

Me levanto de la silla. Miro alrededor. Hay demasiado movimiento en la oficina. Sonrisas falsas, miradas altivas, inercias tóxicas. Y quejas, muchas quejas, por todo y por nada. Estoy en pánico. Me dirijo a un jefe.

“No puedo clicar.”

Tengo la mano helada. La mano no me responde. Se la enseño. Él no la coge. Buena señal: al menos me cree. Estoy decidido a irme al médico. No sé qué ocurre pero estoy cagado. No me despido de nadie. Me voy al médico caminando a pesar del mareo. No está lejos. El enfermero no tarda en atenderme. Me pasa al médico. Me hace varias preguntas.

“Qué día es hoy? Dónde estamos? Dígame el nombre de cuatro frutas. Cinco colores. Repita estas palabras. Carretera. Isotupo. Blefaróptico.”

No, creo que no era blefaróptico. Llama por teléfono. Pide una ambulancia. No me dice nada.

“Sí, una ambulancia. No, silla. Puede caminar. Código ictus.”

Ictus. Eso que les diagnostican a los señores de ochenta años que entran en el hospital sin sostenerse de pie y con la piel amarilla. ¿Estamos hablando de la misma cosa? Llega la ambulancia. Médico repite diagnóstico. Aquí soy del género masculino, sin lugar a dudas, mi edad se mide en años y todos los síntomas tienen un sentido. La medicina es esto: una ilusión segura de que todo tiene sentido y explicación, hasta lo inexplicable. Me llevan al hospital del Mar, ese que Pedro Almodóvar inmortalizó en Todo Sobre Mi Madre. Están hablando de las elecciones, que fueron ayer. ¿O antes de ayer? (por cierto, ¿Qué día es hoy?) Las mismas preguntas. Nadie me ha pedido permiso para llevarme al hospital, ni lo necesitan. La medicina también es esto: no escuchar, sino empujar el paciente hacia la impotencia y el sometimiento a una ciencia que no lo es y a un aparato de poder que apesta a paternalismo. Llega la neuróloga. Las mismas preguntas por tercera vez. No lo tiene claro. Me gusta. Es la primera vez que la duda ocupa un lugar en todo este ciclón. Pero ella no quiere tener dudas. Me dejan en la silla, me empujan por los pasillos. Cierro los ojos para no marearme. Me echan a una camilla, me desnudan. La medicina también es esto: violación. Ahora soy la que no quiere saber qué le pasa, la que no quiere estar aquí. Que me hablen en mi idioma y me pregunten por mi nombre, no que se fíen del documento de identificación. Me cubren como si fuera un cadáver, me ponen vías, me quitan sangre. Me llevan a otra sala, más oscura, en cuyo techo alguien tuvo la inspiración de colocar imágenes de árboles secos. Muertos. Me hacen una tomografía con contraste.

“No tengo ninguna alergia. No, no soy alérgico a ningún medicamento. Sí, ya me hicieron una tomografía contrastada. Sí, resonancia también. Sí, conozco la sensación.”

Se van, me dejan a solas con mis miedos. Una via se engancha no sé donde. Grito de dolor. Nadie me oye. Pierdo la mano. No tengo mano, no siento nada, solo un cosquilleo. Mierda de cuerpo. Mierda de trabajo. Vaya mierda de todo. Me sacan y me hablan como a un niño de seis años. Lloro. Nadie me ve. Yo no les importo una mierda. Lo importante es darle sentido y nombre a mis síntomas, y para eso no hay que hacerme preguntas que se saldrían del guión. La verdad no está en ese guión, pero ¿qué más da? La medicina se podría definir por su pasión por los efectos, no por su interés por las causas. Por eso se parece tanto a las demás ciencias que avanzan hacia el mismo sinsentido: una existencia indolor. O mejor dicho: la vida como anestesia continua de la muerte.

Shock térmico. Tiemblo, no paro de temblar, mis dientes se muerden como castañuelas poseídas. Me miran, me giran, me dan instrucciones que a duras penas puedo reconocer. Mi mano está perdida, pienso. Estoy delirando pero eso no le parece importar a nadie. Están haciendo su trabajo, ni más ni menos.

“Treinta y cinco no es fiebre”, dice alguien, termómetro en mano.

Treinta y cinco es fiebre negativa, es un cuerpo que despide su calor. Tiemblo, no me dan más que una sábana para cubrirme, y se van. Me quedo solo mirando, a través del gran ventanal, la torre Mapfre, el hotel de les Arts, las discotecas de la Vila Olímpica, líneas de luces coloridas, y el mar, el Mediterráneo que un día antes se me apareciera como un cuadro hiperrealista pero que, en la hora aciaga del dolor más extremo e yermo, era tan solo el espejismo de mi propia soledad.

“Quiero llamar a mi pareja”, exigí, inventándome una relación que no lo es. Pero es más fácil, y socialmente más factible, llamar por teléfono a la pareja que invocar al Diablo. Así que opté por lo socialmente factible. Y el Diablo vino en bicicleta. No acepté sus talismanes ni su ejemplar del tarot, ni un colutorio de menta fresca, pero sí el cepillo de dientes de Colgate, el dentífrico de clavo, las baklavas de coco y almendra, y la tesis doctoral de Yago Conde, Arquitectura de la indeterminación.

Cené solo. Era tarde, el Diablo no puede vivir demasiado tiempo fuera de su castillo, y la hora apremiaba. Patata hervida con judías verdes y pescado con salsa de guisantes. No podía dormir. Me quedé mirando las manchas de agua en la parte exterior del cristal de la ventana y entreví la figura de un hombre con cabeza de pájaro, figura que desde luego llamó mi atención puesto que el Diablo, hace pocos días, me habló precisamente de esas figuras como parte de un plan que llevamos un par de semanas diseñando.

Llegó otro paciente. Escucho su nombre, llamémosle Ahmed, pero no veo su rostro. Las enfermeras hablan demasiado. Sigo sin poder dormir. Ahmed recibe la visita de sus hijos, que sacan fotografías con flash. Ahora me siento febril. Pienso en campanillas eólicas, de esas que son como cazasueños pero hechas con tubos metálicos o de madera que se entrechocan cuando hay corrientes de aire o les impacta alguna puerta o ventana. Con el sonido alucinado de las campanillas eólicas me duermo, y me despierto con la salida del sol justo delante mío, sobre el mar plácido de Barcelona. Ahmed está roncando. Las enfermeras siguen hablando. Alguien abre la puerta. Compruebo con una mezcla de asco que nuestra habitación de llama “Ictus”, como si fuéramos dos leprosos. O dos judíos en un mismo ghetto. Entra una comitiva de estudiantes de medicina presididos por una médica. “Son finalistas de curso”, puntualiza, como si me importara un rábano. Me observan como a un mono de feria. Estarán haciendo pruebas de fin de curso.

“Qué día es hoy? Dónde estamos? Dígame el nombre de cuatro frutas. Cinco colores. Repita estas palabras. Carretera. Isotupo. Blefaróptico.”

No, no es blefaróptico. Pero mi mano ya se mueve. Responde. Me traen la comida. Arroz con trocitos de carne impura y estofado de ternera. Me dan el alta.

Al salir, me entero que el Diablo, que como sabéis es una carta del tarot encarnada en un cuerpo solar, acaba de ser atropellado por la carta del Carro. Es un atropello simbólico, cosa que no mejora en nada la situación porque todo es simbólico. Me dice que no quiere levantarse.

Ahora entiendo la visión de la figura con cabeza de pájaro, que aparece en el manuscrito de la hagadá [relato de pésaj] de las Cabezas de Pájaro. es una rememoración de la pascua, la liberación del pueblo, pero esa imagen reaparece en la Venecia de los ghettos, cuando los judíos, acusados de transmitir enfermedades, son marcados con máscaras con forma de cabeza de pájaro. El pájaro deja entonces de ser símbolo de liberación, y una estrategia para evitar representar la figura humana, para convertirse en marca de pestilencia, o sea, una forma de señalar a los judíos. Por supuesto, el atropello del Diablo y mi diagnóstico de ictus no son para nada un mal agüero porque sabemos que no existen el bien ni el mal absolutos; los accidentes tan solo nos avisan que no somos inmunes. Pero, viendo cómo nos acercamos al derrumbe, ¿de qué nos sirve la inmunidad? Hasta D-os necesita sus anticuerpos.

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