La visión-pelicano

No hay mal que por bien no convenga. El atropello del Diablo fue, cómo no, un accidente en falso: el día siguiente me fui a la oficina porque no se me ocurrió, ni nadie me dijo, que tenía que pedir yo la baja laboral. Trabajé con la mano izquierda siendo diestro porque la derecha seguía, y sigue, sin responder convenientemente.

El Diablo ve revertido su atropello, como en un efecto especial barato. Lo celebro con enorme prudencia. Me sorprende mi falta de empatía hacia él. Quizás intuyo el desastre que vendrá. Yo pensaba irme a mi casa y descansar pero el destino, por llamarle de alguna manera, me puso en ruta automática hacia la casa del Diablo. Llamo a la puerta. Nadie contesta. Tengo hambre. Bajo a una tienda de comida árabe que siempre está abierta hasta tarde y me compro una hamburguesa kefta y un brioche relleno de carne al curry. Vuelvo a llamar a la puerta. No está. Llamo a su teléfono. No contesta. Empiezo a comer. Tampoco puedo agarrar bien el brioche, así que con la mano derecha sujeto la bolsa de papel contra mi pecho y, con la izquierda, lo rompo a trocitos que me voy metiendo en la boca mientras pasan hordas de turistas borrachos y gritones. El Diablo me llama de vuelta. Regresa con una amiga. Entramos. Hablan con ligereza de cuestiones profundas. Los escucho con atención y ganas de dormir. Cada vez que la amiga del Diablo se mete una raya, pisa la cama con el calzado de calle para acceder al altar. Esto es poco menos que haram, pienso. Curiosamente, cuando estoy entre árabes, pienso por simpatía y me vuelvo yo mismo una parte de sus pensamientos y preceptos. Me invade una pena inmensa por no poder hacer vida judía en Barcelona. No una vida judía normal porque ser judío, evidentemente, no es normal. Ni aquí ni, quizás, en ningún sitio. Me piden opinión. No ha sido un día fácil. Estoy cansado y me siento humillado por haber trabajado con la mano izquierda, como cuando los profesores, durante la dictadura, forzaban los alumnos zurdos a escribir también con la derecha. Empecé a hablar después del Diablo, que me cortó la palabra con una determinación inaudita. Pese a ello, me dijo que solo puntualizaba. Pero esa puntualización, cortando repetidamente mi discurso como una tijera de entresacar, se convirtió en una censura de hecho.

En ese momento se me reveló que, en casa del Diablo, solo se puede decir aquello que el Diablo ya ha pensado antes. Y entendí por qué el D-os de Abraham es tan esquivo: porque un dios de libertad es uno que te deja.

Yo también quise puntualizar, contaminado por esta revelación, y le advertí al Diablo que, si me siguiera interrumpiendo, yo me iría. Este espejo le hizo entrar en cólera, y un Diablo en cólera es una de las manifestaciones más típicas de lo maligno, tan típicas que hasta un inexperto en teología puede reconocerlas. El Diablo se retiró a una mesa lateral, donde hizo ruidos varios para anular mis palabras, hasta que su amiga decidió irse. Tras haberla acompañado, el Diablo regresó con modales que más parecían los de un humano sacado de sus casillas. El contrario de la Luz no es la oscuridad, sino la ceguera: porque la Luz no es solo aquello que permite ver, sino la visión misma. Es por eso que, en la parte superior de la pirámide, se encuentra una última pirámide: elevada hacia el Cielo, destacada de las demás piedras por un espacio, como si la Tierra no le perteneciera, esa última pirámide es en verdad la primera, y la medida de todas las aspiraciones. Ella luce el ojo que todo lo ve, símbolo de la Visión del Gran Arquitecto, también llamada Teoría. Cuando un aprendiz de pedrero se apropia de un conocimiento muy parcial y no iniciado, tiende a exponerse a la desaprovación de otros aunque sus intenciones fueran buenas. Tal vez ninguno se lo riña, pero ya ha demostrado su inaptitud y falta de visión-pelicano, que es la visión de un cierto amor.

Comprendí que estos misterios no habitan la casa del Diablo, y que él, como un nuevo rico que acumula reproducciones de cuadros conocidos, exhibe señales de un conocimiento superior que no posee. Al sentirse desenmascarado y desnudo, cual Adán en el paraíso tras comer del fruto del árbol-que-no, el Diablo utilizó un subterfugio para acompañarme cuando le dije que dejaría su casa en aquél mismo instante. Un novicio no puede ser humillado, y menos por un laico, así que yo no tenía nada más que hacer en aquél lugar de profanación. Persistió aún en sus injurias, manteniendo siempre su característica voz de terciopelo que dulcifican hasta las peores acusaciones.

Por supuesto me animó el hecho de que me acusara de traición: aquél que traiciona al traidor por antonomasia, ¿no será por eso mismo una piedra de lealtad? Caminé hasta los dominios de Elohim, donde llegué exhausto y con la derecha temblando. Al día siguiente, el mismo D-os envió sobre mi frente un rayo de sol de un perfecto color ámbar, diamantino, en un ángulo que la Tierra sola no puede proveer. Abandoné mi lecho, ligero como una gacela, lavé mi rostro y mis manos, y estiré los brazos para recibir el día nuevo.

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