Treinta orgasmos en veinticuatro horas

Al grano: voy de follar hasta las cejas. ¿Que si la culpa la tiene el Testogel, como el Androcur era “culpable” de mis llantos de tres horas cuando fui más Hannah que nunca? Puede ser; pero no como causa directa, al modo de un Viagra que soliviaría al pene alicaído, sino en forma de agente provocador. La testosterona tiene que estar volando enloquecida por mi cuerpo tan frágil en apariencia. ¿Cuándo empecé con el gel? ¿Hace dos semanas? El caso es que de momento no me ha salido más vello en el pecho ni en la espalda, ni en otros parajes. Creo notar algo en mi voz, pero me grabé con un micrófono profesional y me parece que puede ser un hecho de entonación y no un cambio en las cuerdas vocales. Me sorprendo hablando más bruto. También salgo de casa más confiado, más este-soy-yo, sacando pecho cuando menos me doy cuenta. Todo esto proyecta, seguramente, una imagen de mí menos afín a quién he sido hasta ahora, pero mucho más conforme a ciertas ideas acerca de la masculinidad (a la masculinidad cis me refiero, por supuesto, ya que las masculinidades trans, lástima, aún están lejos de ser un referente extendido). Y entre los tópicos más típicos en relación a la machiduría, salta como un muelle tonto la libido. Ya sabemos, o quizás no, que hay hombres que tienen más libido que las mujeres, hecho que se generaliza frecuentemente para despenalizar, al menos entre la opinión pública, la infidelidad en el matrimonio, la poligamia y hasta la violación si las comete un varón. Ya sabemos, o quizás no, que esto es realmente anticuado; no solamente anticuado en el sentido blasé con que despedimos una moda que ya pasó, sino obsoleto en el sentido en que, como he repetido tantas y tantas veces, la raza es una categoría obsoleta y lo es también el género. La genética no les sirve a los racistas para iluminar diferencias físicas y psíquicas entre personas de distinta etnia, siendo que etnia no es una palabra mucho más afortunada que raza. La cuestión es pensar en términos de derechos y de posición social; por eso, entre una igualdad mal entendida y el desuso forzado de la clase social como categoría analítica (esta sí, absolutamente vigente), seguimos y seguiremos lejos, por un tiempo, de vivir libres de género. Pero es en el marco actual, el de los chistes misóginos y las desigualdades salariales y tantas otras delincuencias, que se inscribe mi segunda y quizás última fase de la performance que motiva estos diarios. Y la verdad es que la hormonación masculina en un cuerpo machil (la expresión es de Preciado), fuera del ámbito de los tratamientos para la infertilidad o de “corrección” de la feminización en hombres (como si ser mujer, o incluso no-tan-macho, fuera incorrecto y hasta patológico), esta hormonación que estoy haciendo yo por mis cojones, digo, es algo nunca visto, con lo que me tomaré ciertas libertades textuales en este mundo que ama la censura.

Al grano, he dicho! El día después de la cólera del Diablo me fui a visitar a un amigo con derecho a roce con el que llegamos a salir durante un mes como si fuéramos pareja. En realidad, yo estaba todavía en medio de una relación abierta y mi pareja de entonces conoció incluso a este amigo al que, por ser un hombre de recursos, le llamaremos Morgan Stanley.

De buenas a primeras, Morgan es un galán que se sabe muy inteligente y se define como pasivo-agresivo. Tiene un cuerpo muy apetecible que hace girar cabezas sobre todo cuando va a tu lado por la calle, aunque él no presuma de ello, sino más bien lo contrario. Es extremadamente humilde. Es extremadamente avieso a los brotes misóginos que abundan entre las maricas. Morgan y yo no pudimos ser pareja en aquél entonces (os hablo de hace unos ocho años ya, me parece) porque yo todavía no había aprendido a recibir regalos espontáneos, a dejarme invitar a ropa y cenas que, si por mi sueldo fuera, no me las pagaría. Pero Morgan es un comunista que triunfó en el mundo del capital salvaje. Le gusta disfrutar de lo bueno y además disfruta sinceramente de compartirlo. La química entre los dos es infalible, pero en nuestros últimos encuentros, siempre furtivos, en un día de semana y hora muy concretos debido a su indomable agenda, no follamos. La razón es una: Morgan tiene pareja y es un hombre más serio de lo que él mismo se cree, y acordamos, Morgan y yo, no mojar pan mientras la pareja siga allí, no porque su relación no admita abiertamente relaciones extraconyugales, que las admite, sino porque entre Morgan y yo hay aquél algo-más-que-sexo que implicaría una ruptura de facto de las normas de su relación.

Con la testosterona por las nubes, compartir sofá con Morgan Stanley y no poder follar es un suplicio. Pero el destino provee.

El Sábado decidí irme a casa del Diablo tras un intercambio de mensajes que aclaraban la voluntad de reacercamiento, quizás porque el Diablo sin mí no es la misma cosa, y yo sin él, pues tampoco. Hay una promesa latente de unión estratégica que va mucho más allá de desacuerdos puntuales e incluso de enfados gordos como el del último día en su casa. Así que, tras un par de días de reflexión, le mandé la pipa de la paz, la cual él aceptó fumar, no sin algún malentendido menor que no os importará lo más mínimo. ¿Me creéis si os digo que a cinco pasos de llegar a casa del Diablo me encontré al mismísmo Morgan Stanley? Os lo juro. Como en una novela mexicana. Cinco pasos, quizás cuatro, que no nos alejaban acústicamente de la puerta, con lo que el Diablo, si saliera, podría enterarse de algo más de la cuenta, en un momento tan delicado. Es así como aún siendo gays y librepensadores y libremercaderes nos liamos lo injusto e innecesario en lo que a pollas se refiere. Y no, no me refiero solo a lo que nos cuelga de la entrepierna a unos cuantos sino al falo que no es posesión asegurada ni exclusiva de los cuerpos machiles. Por suerte, el Diablo no apareció. Fui yo quién despedí a Morgan con un “hasta la semana que viene” y llamé al timbre del Diablo.

Desde entonces, con breves pausas para posibles malentendidos que no llegaron a serlo, fue una orgía de dos, pero dos desatados por la sensación de amar, esa cosa tan igualmente anticuada que ya solo frecuenta la música pop y series para adolescentes de todas las edades. Hay detalles que no daré porque estoy exhausto, de hecho vengo de allí, de follar como un condenado (condenado por mí mismo, eso sí), pero quiero decir que tuve al menos treinta orgasmos en menos de veinticuatro horas. Se dice rápido, ¿verdad? Más de treinta orgasmos yo solito, con el inestimable patrocinio diabólico, por supuesto, sin contar los que tuvo él. Orgasmos de distinta localización, dos de ellas muy inusuales, pero orgasmos sin lugar a dudas. Hubo tiempo de sobras para dejarme poseer, hacerme exorcizar, y volver a caer en las obras del goce sexual más extremo. Pero no ha sido suficiente, y la prueba es que me he echado el Testogel, huelo con avidez mi propio sudor, me da pena ducharme por no quitarme feromonas, y aquí estoy, abreviando informe para volver con el Diablo y seguir destruyendo la moral y las buenas costumbres hasta bien entrada la noche.

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