Gracias, Abulafia

¿Y si, después de todo, el amor carnal fuera una vía mística? No estoy pensando en Antonin Artaud ni en san Agustín, ni mucho menos en Julius Evola o Aleister Crowley. Ni martirizados ni mistificadores. Podría hablar de mujeres como Teresa de Ávila o Angela di Foligno, cuyos éxtasis, verdaderos orgasmos del alma, aún reverberan en los confines del imaginario de muchos. Será gracias al arte y a los testigos que él suscita. Y al ímpetu que reconduce la experiencia desde el ámbito estrictamente personal a la necesidad de dejar constancia de un deseo que se revela extraordinario.

Mi cuerpo y mi espíritu no están separados como quisiera Platón y tantos de sus seguidores, pero hablar de realidades espirituales o de amor carnal son formas que, pareciendo paradójicas, ayudan a comprender ciertos fenómenos al poner un acento sutil en un aspecto más o menos tangible, más o menos apto a ser conceptualizado y expresado en palabras u otros lenguajes.

Pienso, y quiero creer, que cuando hablo de femenino y de masculino algo parecido ocurre. No estamos todavía en condiciones de abandonar esos ejes de comprensión de lo humano, pero somos muchos los que ya nos vamos dando cuenta del artificio cruel que es el género, y de las violencias que se ejercen en su nombre. Nada más lejos de lo que propuso en su día esa auténtica madre y padre de la cábala profética que fue Abraham Abulafia, uno de los luceros más perennes que aparecieron jamás en tierras sefardíes, concretamente en la Zaragoza del siglo XIII.

Quiero empezar por el final: Abulafia fue excomulgado por las autoridades judías. La exclusión es a menudo el estigma de los excepcionales. Solo hay que ver la cantidad de talento que muchas familias y escuelas no saben reconocer y menos potenciar, segregando a personas brillantes y hasta visionarias en escuelas que tratan de volverlas productivas, o “integrándolas” con drogas legales para aumentar la concentración, es decir, para limitar su potencial expansivo bajo la terrible acusación de ser “dispersos”, “raros”, “impredecibles”, “indomables” o, más comúnmente, “asociales”. Para los guardianes del moho, que siguen abundando en el judaísmo religioso y en toda teología que se precie, alguien que aparece como un torbellino, o quizás tan solo como una brisa que hace levantar el polvo de la ley, es inevitablemente un peligro.

Gracias a Abulafia, la cábala dejó de ser un trastero donde solo los más eruditos podían penetrar para llenar toda la casa y sus habitantes, inspirando e iluminando la acción desde una meditación basada en ejercicios tan pragmáticos como mirar fijamente o alternar mentalmente letras de los nombres de D-os. Estoy convencido que estos ejercicios de concentración tienen mucho menos efectos secundarios que las drogas con las que se está regulando el alma de millones de niños para evitar que sueñen un futuro muy distinto. Evidentemente, llevar la cábala al escritorio y también a la cocina, al lecho y al aseo no pudo agradar a los señores del moho, quienes se apresuraron a expulsar a esa estrella nómada, libre de familia y de lazos comunitarios, cual levadura en pascua.

Pero el rasgo aperturista, si se quiere, del estilo de Abulafia, se entiende quizás mejor por el hecho extraordinario de que este gran cabalista español no hacía distinción de género, edad u orientación sexual. Ni siquiera distinguía entre judíos y gentiles: todo el mundo podía transformar su vida adquiriendo una consciencia ampliada, buscando la unión mística en las acciones más cotidianas. ¿Hace falta deciros mucho más para que entendáis por qué veo en Abraham Abulafia un precursor de la vida sin género, con todo lo que ella puede representar? Su comprensión cabalística le permite reconocer en el Árbol de las Sefirot una imagen, que no una realidad, donde lo masculino y lo femenino son dos caras de un mismo D-os, y si lo humano es a semejanza de D-os, entonces no hay verdaderamente hombre ni mujer, sino una androginia liberadora desde la que podemos empezar a educar a la generación venidera en el valor de inventarse uno mismo no desde la doctrina, no desde la ley de los estamentos, sino en el encuentro siempre inesperado del conocimiento.

Esto es lo que descubrí haciendo el amor con el Diablo.
Sobredosis de testosterona, ya has valido la pena.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s