La paz nunca le contesta

Las convicciones yertas me desmotivan. Son como uniformes.

Eso explica mi tendencia a aislarme: ya de pequeño, en las raras comidas familiares, veía cómo los vínculos se estrechaban a golpe de convergencias políticas, afinidades futbolísticas, o la “saudade” del terruño. A todas ellas presidían, como fantasmas tan familiares como nosotros, los símbolos y oráculos de la fe católica. Con sus fiestas y días santos de guardia que el Estado no dudaba en trasladar al calendario civil, la Iglesia, con i latina y mayúscula, apenas disfrazaba su hegemonía en aquél fin de Europa donde aparecimos la virgen de Fátima y, menos aparatoso, yo.

Si el dogma es la perversión de la fe, la ciencia es la perversión de la verdad. Ante todo, porque desaloja la experiencia. ¿Por qué deberíamos tener más en cuenta lo que dicen los “estudios científicos” que aquello que nosotros mismos hemos vivido y probado? La convicción yerta de la ciencia es la de que el sujeto es una excentricidad que se curó con el modernismo.

Lo mismo vale para la universidad: institución casi siempre apologética y uniformizadora, la subjetividad no es allí bienvenida. Desengañémonos pues de todo lo que a consciencia social se refiere: la “lucha” está para la universidad como la “responsabilidad social” para un banco. ¿Invitar a sus escribas a decirnos qué es el género o darles las gracias por haber apadrinado… ¿qué revolución sexual? Más bien habría que pedirles, quizás, una indemnización por apropiarse de subjetividades que no les pertenecen…

…a la vez que se endulcora o arrincona a las verdaderas disidentes: Shulamith Firestone, Marsha P. Johnson, Jack Kerouac, Wilhelm Reich, Marina Abramovic, Michel Foucault, Kurt Cobain. ¿Qué tienen ellas en común? No el hecho de que sean mujeres u hombres, no el que hayan sido científicos o artistas, ni tampoco el éxito o la tragedia. Si no me equivoco, no tenían convicciones yertas, por lo menos respecto a cosas esenciales, lo que les permitió renunciar a las señales de tráfico del conocimiento: la obligación, la prohibición, y el peligro.

Este último, en particular, habrá que reaprenderlo: el peligro no debe ser mucho más que un indicador de límite, jamás un impedimento. Sin peligro no hay verdadero error pero tampoco errancia, ni camino: uno se convierte en mero seguidor. ¿No será por eso que se ha puesto de moda el número de seguidores como indicador de influencia? Sí, y es por eso que la seguridad es lo opuesto de la felicidad: uno se siente seguro cuando va por un camino que cree libre de peligro porque otros lo han trazado y se lo han propuesto; pero ser feliz es estar haciendo el camino propio, singular; porque renunciar a hacerlo es perderse uno mismo.

No pretendo desanimar a nadie, pero hay que decirlo: adosar nuestra identidad a muros de contención, acondicionarla a moldes prefabricados no es delito; es, tan solo, una pena. Cada uno es responsable de las experiencias que da a conocer, y si no las vivimos, y si no permitimos que la realidad se vea ampliada por nuestros anhelos y “desvíos”, no habremos encontrado más sentido en todo esto que el que nos indican las flechas que otros colocaron arbitrariamente. No se puede ser feliz así.

A quienes consideran que mi experiencia es extrema les digo: no hace falta hormonarse ni cambiarse el nombre; y a quienes creen que esta misma experiencia no es suficiente para ser considerada un tránsito de género, les recuerdo: el género no es propiedad de nadie; ni una cirugía u otro proceso de reasignación, ni la discriminación o el rechazo son, de por sí, argumentos de autoridad.

Algo se me está repitiendo estos días en que la mano derecha me falla, los amantes me decepcionan, y la fuerza, por momentos, se tambalea: es el hecho de que, incluso en aquello que tuve que rechazar, hay algo que sigo reconociendo; y no solo como pasado, sino como experiencia. No es lo mismo decirlo que deducirlo de una relación que me dejó por los suelos. No es lo mismo apostatar de una religión y sus dogmas que renunciar a la fe y a los vínculos irracionales que ella crea, y hacerlo sin resentimiento.

En efecto, no hay mayor perversión de la fe que el dogma: no creo porque deba ni porque me salve; yo, si creo, es porque sí.

El Diablo lleva dos días enviándome escritos llenos de un odio que no puede sino alejarme más todavía, y de una ira que crece sola y temeraria como un incendio. La paz nunca le contesta a la ira porque la ira nunca es una pregunta. Y heme aquí, mi mano derecha sobre la izquierda, observando un duelo de fantasmas, mortal: el Diablo desplegando su oscuridad hasta desaparecer completamente y, con él, la luz falsa de lo que creí. Lo observo sin juicio, ni perdón, ni prisa por llegar a ningún sitio.

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