El astronauta

Soy todo hormonas. Los efectos de la testosterona aún no son visibles pero los cambios de sensibilidad son estratosféricos. Llevo una erupción en mi interior. Silencié el Diablo cortándole todos los canales. Me sentí como un astronauta armado de espada y estrellas, cortándole cabezas a una hidra. Y después de la tormenta, luna llena. Luna-marea, fuego-semen: se me remueven los elementos.

Estoy embarazado de algo. Me mareo. Esta vez es un embarazo testosterónico; faraónico, diría. No de delirio de grandeza, sino un no-caber-en-mí de placer. Me masturbo al despertarme, antes del primer café. La molienda del inconsciente mezcla pulsiones con sueños, hace mella en mis corrientes internas. Me desperezo con gusto, me subo por las paredes pero son solo mis manos recorriendo mis ingles. Siento la alteración fisiológica, la estimulación de un pequeño centro en el bajo vientre. No es solamente la vejiga llena empujando la próstata por un lado y, por otro, la vesícula seminal; es esa punta de mi cuerpo, un bello genital que ostento con cierto orgullo estético, antes que fálico. Sé que, después de todo, ser hombre es una circunstancia simbólica: un apaño lingüístico heredado, sin criterio, del reino animal. Por suerte, el acaecer del tiempo le va haciendo hueco a otra consciencia menos limitada, donde lo vegetal, y lo mineral sobre todo, alcanzan a inspirar nuestros movimientos vitales.

Bajo a la calle, a la joyería. Llevo el Sandoz para que le cambien la pila y la correa de cuero. No quiero llevar restos de antiguos sudores. Me lo dejan como nuevo. Se ve perfecto en mi pulso, su caja negra con índices acobreados, rematada con un bisel del mismo color cobre, abrazada por la correa de cuero. Ahora puedo ver la hora sin tener que mirar el móvil.

Vuelvo a empezar el hebreo. Dibujo el alefato varias veces con mi pincel-pluma Kuretake Fudegokochi. Quiero poder hablar el hebreo moderno y entender lo que escucho. Busco una biblia hebrea, encuentro un tanaj en segunda mano. Está como nuevo. Me lo compro. También encuentro una navaja de afeitar de Mann & Federlein aún con la marca que llevaban antes de la Guerra, las dos iniciales apareadas al centro de una estrella de David, por lo que deduzco que tendrá casi cien años. Me la compro. Con ella me animo a recuperar la firmeza de mi diestra. Un tanaj y una navaja: no me temblará el pulso.

Me rearmo progresivamente para una lucha distinta a todas las anteriores, pero donde concurren muchas de ellas. No tengo claro cuáles serán las batallas, ni las que tendré que dirimir sin opción ni las que me serán asignadas. Pero esto lo tengo claro: algunas batallas me serán asignadas como prueba, y algunas pruebas me resultarán ajenas: habrá que combatirlas como si fueran mías. Es así como los demás llegan a juzgarnos por lo que ven como incoherencias; y no lo ven mal, pero ven poco. Lo que a superficie es incoherente, es necesario en lo más profundo. Saberlo me ha ahorrado cuestionar decisiones jerárquicas cuyo sentido comprendería tarde o temprano. Eso me valió el reconocimiento de quienes habían confiado en mí, e incluso a veces de quienes no podían confiar. También es por eso que, algunas veces, hay que confiar a ciegas, aparentemente. Es la única forma de decirle a alguien que no aspira a tener poder sobre nosotros que hemos comprendido el complejo diseño de la igualdad.

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