La lógica prometida

Podría hablar del corto viaje a Aragón, de cómo me huele el sudor, de mi obsesión por escuchar Sibelius. Y Mozart, por supuesto. Pero si hablara de esto, sería como si siguiera hablando de polvos de nenúfar y dominios de Elohim, es decir, en alegorías protectoras de la identidad de personas demasiado reales y demasiado pasajeras para llegar a ser personajes de primera orden.

Sin embargo, me vuelvo a encontrar con experiencias de las que no puedo hablar. Tanto tiempo hablé de aquello de que no se puede hablar en mi tesis doctoral, de aquella mística del límite que se rinde ante el imposible de Dios, y que ríe y se muere en Dios y en Dios se calla y llora, que ahora me deparo con este dilema absurdo: ¿puedo hablar de aquello de que se puede hablar?

Quizás deba hablaros de mi habitación en los dominios de Elohim. Creo que, sin contar con mi casa, aquella a que puedo llamar mía porque la compré, esta es la primera habitación donde, antes de dormir, veo, delante mío, exactamente aquello que deseo: paredes blancas, sin fotos ni carteles; muy pocos libros, a los que además conozco, excepto Los sefardíes de Paloma Díaz-Mas y L’islam jurídic de Borràs i Mernissi, que espero leer pronto; una estatuilla de Isis con un pequeño Osiris en sus brazos; dibujos de Oliveira; dos perfumes; y la menorá. En la pared a la izquierda colgué unos auscultadores antiguos que ya no se pueden connectar a nada, como D-os; le hemos cambiado los puertos demasiado rápido. A la derecha, junto a la pequeña ventana, la puerta doble, también blanca; y el armario semiabierto que deja ver la ropa. Por fin, en la cama, yo desnudo.

Podría hablaros de la habitación que nunca tuve mientras viví en casa de mis padres, pero sobre esos años sin espacio propio, sin privacidad y sin un colchón digno de ese nombre han pasado otros tantos en los que aprendí a construir una intimidad de texto para que nadie pueda avassallar la que huele; y a buscarme la vida para trabajar cuando hace falta y vivir cuando el tiempo sobra.

Así que os hablaré de otra habitación: aquella en que esta se transmuta cuando duermo. No siempre, es cierto; pero hay noches en que los sueños caben en esta misma habitación aunque el escenario parezca más ancho y, sobre todo, más profundo. Son sueños en los que se repiten las mismas figuras, todas ellas masculinas, ninguna de ellas amante. O, mejor dicho, todas ellas amantes, pero ninguna en sentido sexual. Sobre todo dos: un hombre que me regala objetos intensamente azules y otro que mira con promesa. Mirar con promesa no es prometer con la mirada, como quién seduce, y tampoco es la mirada de una joven promesa, alguien de quién se espera mucho; no: mirar con promesa es permitir a quienes lo veamos que, entre nosotros y él, hay una Lógica Prometida como pudo haber una Tierra Prometida para el pueblo hebreo.

Por la noche hay algo entre las paredes de la estancia donde duermo que me recuerda que en Portugal nunca tuve una habitación para mi solo, y el privilegio de tener un lugar donde dormir a solas, protegido por el sueño, es lo que permite que estas paredes se abran a ser otras. Hasta encontrarme al hombre que me regala azul y al que mira con promesa.

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