Déjate elegir por la cápsula

Empieza el verano y la noche me confunde. Estuvimos debatiendo si la de sanjuán era la más corta del año, o si la del solsticio. Si el eje del mal es la banca o las redes sociales. Si el público en general prefiere robots de compañía con forma humana o más bien de robot de los ochenta. Lo mismo para los juguetes sexuales, si los prefieren con formas genitales u otras más abstractas. Al fin y al cabo, todo es figurativo.

Fue una de esas noches en que todo me excitaba, desde la piel ligeramente sudada de unas mujeres sensualísimas y brillantes al gesto de untar biscottes en un tarro de humus que se asemejaba a un útero de porcelana, la música que no se rendía en absoluto, y las miradas, las miradas húmedas, cada vez más sueltas y más húmedas. Saqué el dispensario y le pregunté al anfitrión si le parecía correcto. Es un gran anfitrión. Todo es correcto.

Los polvos de nenúfar son una maravilla siempre y cuando no abusemos de ellos. Se dispersan por artes mágicas en los mundos interiores al cuerpo, íntimos como nebulosas incandescentes penetrando los bosquedos del alma, donde aceleran el tránsito de la felicidad al desconocido. Y, pese a todo, ese desconocido es extrañamente familiar y placentero. Como un bizcocho recién hecho. Solo dos sufrimos voluntariamente la aspersión. Polvos de nenúfar en rama de hisopo, liquefactos como llantos de euforia contenida. Solo dos. Yo intento seguir bailando. Él se sienta en el chill out. Me señala con un golpe de mirada la silla enfrente. Cruzo el salón. Me siento delante de él.

“Es tan emocional”, susurra.

Los polvos. Los polvos de nenúfar. Efectivamente, despiertan neurotransmisores. Sí, desacatan la moderación. Colman el vaso cordial una y otra vez como gotas gordas de un licor extremo en una copa helada. Y arde todo.

Vuelvo a casa mucho más tarde y empiezan los juegos de Hannah. Otra vez. Pero son juegos desconocidos. Hannah no sabe qué hacer.

“Déjate elegir por la cápsula.”

Esta voz, que creo interior, me acojona. Hannah está acojonada. Pero es muy temprano, como siempre que se hace tan tarde. Vamos, Hannah. Juega!

Tienes tres cápsulas narrativas. Elige o déjate elegir.

“Malditos polvos de nenúfar”, pienso. No quiero elegir. Solo quiero masturbarme. Y poder correrme de una vez.

Cápsula 1. Eres muy cerdo. Nos vamos al baño. Voy a cagar. Me miras mientras cago. Quieres limpiarme el culo. Quieres lamer mi culo sucio de mierda. Me levanto del váter. Te utilizo como si fueras un váter humano. La codicia lleva a la degradación. Es una catequesis que deberías conocer de memoria. ¿O no te lo han enseñado en el seminario?

“No, no, no!!” Me despierto. No, qué digo? Si estoy despierto. Estaba despierto. Y de golpe…

Cápsula 2. Tienes ocho años. Estás en la playa. Estamos en la playa. No estamos solos. Les hago señal a los hombres que poco a poco nos van rodeando. Te van rodeando. Te tocas el chochito. Venga, que te lo digo yo. Verás cómo se acercan. Tienen entre setenta y noventa años. Podrían ser tus abuelos, pero solo quieren tu chocho de niña. Venga, tócate para ellos. Este la tiene muy gorda y quiere desvirgarte. ¿O acaso ya eres una mujercita?

“NO!!” Siento un sofoco enorme en la garganta. Tengo la sensación inequívoca que los polvos se multiplican como ácaros gigantes abriendo fístulas desde la garganta hacia los lados de la nuez de adán, recordándome que no soy esa niña a punto de ser multiviolada en una playa sin otra protección que el hombre que la abandona a su suerte.

Cápsula 3.

Silencio.

“Vete ya!” Pero no hay nadie, solo el recuerdo del momento en que nos hemos despedido y esa frase simple y llana:

“Es tan emocional.”

Cápsula 3. Tu nombre es: Raquel. Mides uno sesenta y siete. Tienes un culito respingón. Yo tengo veintitrés y voy de chándal. Te espero en casa. Tráeme dos cervezas. Ponte unos tirantes y unos leggings. Maquíllate como una puta. Conmigo vas a aprender lo que es ser mujer. Y por supuesto te voy a mostrar lo que es un hombre.

Me despierto entre cuchillos, empapado en sudor frío. Me ducho con agua caliente. No me importan los más de treinta grados que hace ahí fuera. Llevo la mano a mi entrepierna. No encuentro mi pene.

Por un instante creo que soy mi madre justo antes de cumplir los cuarenta. Es decir, cuando me está esperando. Pero me falta el vientre. Soy un embarazo en falso. Camino hacia la cama, tambaleándome. Siento que voy a parir. Siento que voy

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