La posibilidad de hacerse preguntas

Todos los hombres del mundo me dicen adiós. Con esta última alucinación, la noche de ayer me despidió rumbo al sueño. Hombres de todas las naciones y edades, algunos conocidos pero casi irreconocibles y minúsculos entre la multitud. Ellos sostienen el día: un magnífico sol terrestre sobre sus cabezas. Parecen una horda de serafines enmudecidos pero firmes tras un gran incendio. Entre ellos no hay rencor ni sospechas, ni polución ni deuda. Es, ciertamente, una visión de Fraternidad.

Aún sigo en estado de placer, un sueño de verano que no puede durar siempre. Sé que ya no soy Hannah y Sion no ha llegado a su cénit, de hecho está muy lejos de ello. No distingo entre fantasmas y hombres vivos, entre sueños y pesadillas. Pero al despertarme totalmente empapado sobre unas sábanas mojadas y frías sé que todo ha sido bueno. Espero a mi amiga L. que vendrá a casa a tomar el brunch. Yo estoy en ayunas y no tengo demasiada hambre. No es sin dificultad que me corro tras media hora intentándolo. No quiero mirar porno; tan solo fijar distintos rostros de alguien que reconocí ayer.

Quiero decir: alguién que volví a conocer. Se trata de un amigo de un gran amigo. Habíamos coincidido otras veces pero yo no había sido tan explícito en cuanto a la atracción que ejerce sobre mí. No estoy enamorado en absoluto; me siento espejado, reproducido en la admiración. Entiendo, a partir de una cierta hora, que quiere conocerme y para ello me hace preguntas personales de la forma más natural. No es intrusivo. Sus preguntas son abiertas y pertinentes. Nadie está forzando nada. Él sabe que me atrae y yo sé que él lo sabe porque nos lo decimos. Sabemos además que yo estoy acostumbrado a sentir atracción por otros hombres (otros, repito: porque ahora me siento más hombre que nunca, aunque siga sin saber qué es eso); no es su caso, ya que solo lo hace con mujeres. Le atrae quizás la posibilidad de hacerse preguntas, de actualizar su identidad, de sacarle provecho al morbo que destila de forma casi ininterrumpida junto de mujeres y de hombres, como un goteo de exquisita insinuación. Y aunque esté acostumbrado a sentir atracción por mujeres, no le causa aparentemente la menor incomodidad saberse deseado por hombres.

A todo esto, yo entro simbólicamente por la puerta principal, a través de nuestro amigo común, al que ambos admiramos sin reparo ni medida. Me doy cuenta que últimamente prescindo cada vez más de compañías que no me resultan espiritualmente nutritivas, y a las que, recíprocamente, puedo nutrir. Como si se tratara de revisar la dieta del espíritu, excluyo los alimentos pobres y solo quiero comer bien y bastante, y con gusto. Quizás haya un núcleo de identidad que necesita de forma imperiosa dividir y clasificar a los demás para proyectar, sobre el universo de quienes están por conocer, una selección nada natural; y ese núcleo, del que me esfuerzo por desalojar el racismo, el sexismo y otras formas de discriminación socialmente arraigadas, quizás se esté reabasteciendo, en mí, de prejuicios intelectuales. O quizás la selección que ahora hago sea simplemente la respuesta a una pulsión vital que me hace querer solo a aquellos que me tratan como yo merezco ser tratado.

No quiero engañarme más en cuanto a esto: son muchos los que quieren “compartir” conmigo, pero muy pocos los que me valen la pena. Sin embargo, el hombre que reconocí ayer es una joya sutil que deseo poseer entre mi austera colección de piedras preciosas; no como un capricho, ciertamente, pues el capricho es por definición avieso a la libertad, pero sí como un hermano de esos que difícilmente podrían estar unidos por la sangre.

De hecho, el vaso del que bebimos lo colocaba siempre más cerca de mí que de él, como suelen hacer los magnánimos.

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