Quisiera invocar un mundo donde el amor no sea un milagro

Cierto pero increíble. ¿Cómo puede un mismo cuerpo llorar sin consuelo durante tres horas, instalado en la soledad más desgarradora y, tan solo seis meses más tarde, estar entregado a las pasiones carnales, quitarle al sexo todo freno posible, y aún masturbarse varias veces al día para consumir lo que quede del deseo? ¿O será mejor hablar de demanda? Porque un deseo así no deja de ser deseo, aunque esté modificado y trastocado por tanta testosterona. Pero el deseo, mi deseo, no es ser Hannah ni el ultrahombre que ha llegado después de ella. Mi deseo es ser para el mundo el recuerdo de una antigua compasión.

Me explico: quisiera ser el llamado vivo a relacionarse otra vez como si estar juntos fuera sagrado; quisiera invocar un mundo donde el amor no sea un milagro sino la Ley. Para ello, el arte no debe ser una disciplina. De hecho, no debe nada; solo desbordarse de la verdad conocida. Por eso amo el peligro. Cuando me ingresaron tras la performance de mi nacimiento, con un hierro bien clavado en mi vientre, sufrí; pero no por mi vida, sino porque, si me muriera ese día, no habría tenido tiempo suficiente para dejarle al mundo la herencia que llevo latente.

Ahora, por ejemplo, sería un pésimo momento para irme del mundo. Llevo un mes de baja en el que me he dado cuenta de lo miserable que es mi trabajo; me queda poco para tener mi propio nombre, pero hasta verlo reflejado en mis documentos oficiales aún podrán pasar meses; y llevo quince años en Barcelona, como si fuera uno más. Todo esto habrá que corregirlo: tendré que dejar de trabajar y mostrar al mundo qué he venido a hacer, y cobrar por hacerlo; lo haré con el nombre que he elegido, en una ciudad donde no tenía previsto irme a vivir.

Todo esto lo decido en medio de una ola de calor que seguramente no me altera el juicio porque estoy preparado para extremos térmicos; y en medio de una fiebre sexual que tampoco altera mi juicio pero me muestra lo ridícula que puede llegar a ser la confusión entre deseo y deseo sexual. El que no me conozca pensará que soy una máquina de mirar porno, o un animal insaciable, una bestia siempre en celo. En realidad, los juegos de Hannah, con su secuela de macho desabrido en el mismo cuerpo pueril, son solo una opción más dentro del guión mesiánico de mi vida. Era necesario comprobar que las mujeres no existen y los hombres, por supuesto, tampoco.

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