El destino de una mariposa

Era un domingo por la mañana. Mi padre podría estar afilando su navaja de afeitar en el cuero, o rebuscando el lápiz cortasangre entre los calcetines, o quizás verificando que los años apenas habían pasado para aquella brocha de pelo de tejón que le había costado diez días de trabajo. O más. Mi madre, en la cocina, recogía las migajas de pan de la toalla, echaba al suelo las hormigas que se iban atiborrando de azúcar blanco, ese que antes no le hacía daño a nadie. Mis hermanos probablemente se estaban pegando, como hacían a menudo. O así recuerdo sus muestras de hombría. Ellos también vivieron, a su manera, y en aquél tiempo, su auge de testosterona. Y mi hermana, si no recuerdo mal, estaba conmigo en el magnífico baño azul celeste, con la bañera de piedra y el váter con la tapa de madera, muy gruesa, y el lavamanos de loza que no sé si aún es el mismo. Mi hermana, a la que todavía adoro, se estaba perfumando con una colonia de eucalipto que se había comprado, misteriosamente, una de esas noches veraniegas, cuando salía de paseo con sus dos amigas.

Entonces vi una mariposa aleteando del lado de fuera de la ventana horizontal practicable, orientada a este, por la que entraban, cada mañana soleada, unos rayos cálidos que alegraron mi infancia. El sol y el croar de las ranas le arrojaron tanta luz a mis días como los sombrearon una visita al campo de tiro, donde quedó pegada la memoria de otros daños, y la muerte del arenal, un auténtico desastre para las ranas, los peces, los insectos y todo ese hábitat maravilloso que el interés inmobiliario no dudó en destruir. Así pues, mi infancia dejó un rastro de alegría y destrucción, de sueño y desencanto a partes casi iguales; casi, porque el desencanto dominó mis elecciones a tal punto que no llegué jamás a completar mi niñez.

Y ese domingo, aparentemente igual a muchos más, contuvo, por alguna razón que debí olvidar, la esencia de mis días menores. ¿Tendría ya seis años? Espero que no, porque se dice a veces que la consciencia del bien y del mal solo se forma hacia los siete. La cuestión es que la mariposa entró en el baño y su presencia me alborotó. Era demasiado libre para mis expectativas, que solo preveían mundos más o menos obedientes, previsibles y disciplinados. Entonces empecé a maquinar una estrategia para poner fin a la libertad de aquella mariposa. Yo no era consciente de ello, o mejor: quiero no haberlo sido, porque la solución que construí en mi cabeza, súbitamente llena de una crueldad inocente, si puede existir tal cosa, fue como mínimo escabrosa: atrapar la mariposa, colocarla contra la pared lisa, pegarle las alas con dos trozos de celo y, con la pinza con la que mi hermana perfilaba las cejas, arrancarle el cuerpo.

No recuerdo habérselo contado a mi hermana; no en ese momento, lo que le quita probabilidad a que mi consciencia no estuviera formada. Yo sabía, en algún lugar de mí mismo, que aquél destino que acababa de desearle a la mariposa era algo terrible. Desde entonces, me acostumbré a desearles los peores castigos a todos aquellos que me molestaban en ese lugar recóndito de mi intimidad. Por supuesto, la herencia católica también jugó su carta: el peso creciente de la culpa me amenazó con metamorfosearme yo mismo en aquella mariposa, y no tardé ni diez años en ofrecer mi cuerpo a la concupiscencia ajena, para que a los quince lo arrancaran de mi alma, como si yo tuviera alguna.

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