La importancia de ser Hannah

Alguna vez me han preguntado hasta cuándo seguiré escribiendo estos diarios de Hannah, siendo que Hannah es un producto de Francesc Oui, mi ente performático, mi director artístico, mi creador; y siendo que Hannah, el cuerpo resultante de un proceso de feminización, ya solo existe en mí como memoria, en experiencia y en los pezones, que conservan la forma de ese segundo despuntar adolescente. Es cierto que esta tercera adolescencia, que estoy viviendo a velocidad de crucero, ha logrado sepultar casi por completo a la versión femenina de mí; pero, como sería de esperar en un mundo que poco más tiene de ficcional que la apariencia literaria de estos escritos, tampoco soy el macho sin fisuras que la testosterona parecía asegurar.

La razón es muy simple: no solo de testosterona vive el macho. Un complejo sistema de transmisiones y contagios, de herencias y aprendizajes, vela por la pervivencia de la estructura binaria, tan antigua como obsoleta. Desde Adán y Eva, poca cosa ha cambiado. Desgraciadamente. Sobre el binarismo descansa la necesidad imaginaria de procrear, y la de preservar una especie que se ha vuelto insostenible para el planeta. El cuestionamiento de la iglesia católica en el último medio siglo ha permitido que aumentara exponencialmente el número de divorcios, y bajara el de matrimonios, lo que a par de la precariedad hizo bajar las tasas de natalidad en los países industrializados: síntoma de que no queremos renunciar a vivir cómoda y dignamente, quizás.

Pero la historia, que es histeria, replanteó el mismo argumento desde otro punto de vista, y así tenemos, por obra y gracia de la libre circulación de bienes (y de males), la expansión demográfica de la última gran actualización del software patriarcal: el islam solo plantea de forma muy puntual y minoritaria un problema de radicalización; el problema real que provoca es, ante todo, demográfico. Por supuesto, un problema nunca viene solo y los musulmanes no tienen hijos porque sí. Un equipaje ideológico muy semejante al que sostuvo durante dos mil años a la corporación vaticana justifica ahora no solamente el uso de la mujer como incubadora de nuevos fieles sino su posesión en serie. Si la mujer pierde derechos de forma tan legítima, al menos según la ortodoxia islámica, es fácil entender que los homosexuales, que en su mayoría no tienen lugar en este sistema, sí sirvan para ser ejecutados a modo de ejemplo, no fuera caso de que alguien no tuviera muy clara la voluntad del dios de turno.

Claro que los recovecos de la ley nos deparan extrañas sorpresas: en la radioactiva teocracia iraní, ser homosexual es solo el síntoma de un error social que indica que el Estado debe intervenir en esos cuerpos (sin su consentimiento, por supuesto) para hacerlos heterosexuales. Me pregunto qué falta hace creer en un infierno después de la muerte cuando el cristianismo, y después el islam, ya se encargan de hacer tantos mártires. Y pienso que lo que hace falta son mujeres como Hannah, que nacen porque quieren y morirán cuando lo decidan.

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