30º

Género: humano. Orientación sexual: 30º.

Aquí es donde me encuentro.

Cuando empecé en la clínica, cometí muy pronto algunos errores que Freud había descubierto: utilizar la hipnosis como atajo hacia el inconsciente, el diván como resguardo de una mirada demasiado directa, y el dinero como traducción simplificada del valor de una terapia. El caso es que al sacar al paciente del atajo hipnótico se perdía más de la mitad por el camino; y que el psicoanálisis no cura a nadie, sin más, sino que hace, al otro, psicoanalista de sus cosas; y el diván no es un biombo.

Había que buscar otra disposición, y la que encontré fue colocar mi silla en un ángulo de 30º en relación al lugar del paciente. Así, la mirada directa ya no es una prohibición ni una fatalidad sino, justamente, una elección. Esos 30º, siempre medidos a ojo, no son un invento mío. Sin embargo, fue importante para mí llegar a ellos de forma casi intuitiva, como cuando aprendí a masturbarme sin que nadie me lo enseñara. Y esto fue importante no solo en virtud de mi neurótico afán de autonomía y libertad, sino porque ese ángulo lo relacioné, más tarde, con mi orientación sexual.

(Alto y moreno, con un corte de pelo muy favorecedor. Parece un modelo. Este tipo de chaval no me atrae. Parece una muñeca más que una persona. Cuantos prejuicios me quedan todavía por derribar. Nos vamos a un rincón sin hablar, y sin hablar se pone de rodillas ante mío y me la chupa. No tengo ganas de jugar. Él se da cuenta, se levanta, me sonríe y nos hacemos con la mano el estúpido megusta de Facebook. Puta corporación.)

Me resulta mucho más liberador concebir la orientación como la posición que voy adoptando con respecto a otros cuerpos, más o menos deseables, más o menos frontales en relación a mi deseo, que definirla en términos de deseo hacia personas del sexo opuesto o del mismo sexo, o de ambos o ninguno. Cuando hay tantos sexos como ángulos y tantos géneros como ninguno, qué sentido tiene seguir hablando como si hubiera dos? Ni hay sexos totalmente opuestos ni ninguno que sea exactamente el mismo que otro.

(Nos conocemos? Ah no? Bueno, pues vamos a conocernos ahora. Vas colocado? Ah no? Bueno, yo sí. Es que llevo aquí desde las seis, cuando ha cerrado la discoteca. La keta me pone muy muy cerdo. En serio que no vas puesto? Oye, que yo no follo. Yo solo hago el amor. Hacía mucho que no venía por aquí. Por casualidad no serás profesor de mates. Es que me encantan las matemáticas. Tengo mucho aguante. Follamos?)

He descubierto para mí que el género, una vez más, no existe en la naturaleza. Existen sí los sexos, virtud de una contingencia biológica. Pero si me idealizo, es con elementos masculinos y femeninos, un solo tipo de cromosomas, y un sistema asexual de reproducción por desliz: como el musgo.

(Si te digo la verdad, lo que más me pone ahora mismo es follar en catalán. Mugró para pezón. Molsa para musgo. Oye, realmente hace falta decir musgo mientras follas?)

Por supuesto.

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