Zona gris

He escrito miles de páginas: trabajos escolares, desde las composiciones, cuando tenía diez años, hasta los comentarios de texto, uno al día, entre los quince y los dieciocho, la disertación del máster en comparatistas, la del posgrado en teoría del arte, la tesis de doctorado en filosofía, y todos los monográficos de por medio, para seminarios y conferencias, artículos en revistas científicas y literarias; las reseñas y las críticas, las crónicas y las revisiones en comités editoriales; las correcciones de pruebas con sus respectivos comentarios a los alumnos; miles de mails a profesores, y más tarde a alumnos, pero también a compañeros y amigos, correos largos y sustanciosos; los casos clínicos, los ensayos de teoría psicoanalítica, y los trescientos artículos de Teorificios; las transcripciones de entrevistas; las traducciones de Lacan; los ensayos sobre danza y creación artística, y por supuesto la teoría de la performance, jamás publicada siquiera en las redes sociales; poemas desde los doce años, sino antes; docenas de cuentos; las novelas cortas Amor negro y Palestrina; la novela El cuervo en celo, luego reintitulada Elías; y estos diarios de Hannah.

He escrito miles de páginas y muchas solo serán leídas después de que yo me vaya. La atracción de lo post mortem es inigualable en misterio y sensación de valor para el cliente final: el lector. El angosto pasaje que el sistema capitalista ofrece al escritor para canalizar sus escritos no es culpa de un ente ajeno sino el resultado de un desinterés general ordenado por vidas demasiado llenas, de agendas infernales que dictan una afluencia sin precedentes a generadores de alienación. Antes que ser llevados a pensar, no fuera el caso de tomar decisiones valientes, queremos acudir a resortes de felicidad, como si la plenitud admitiera atajos. No culpo a nadie. No estoy culpabilizando absolutamente a nadie. Solo estoy confesando lo inconfesable: escribo para que me leáis, en la mayoría de casos, cuando yo ya esté muerto y alguien me llame “una gran pérdida”. Entonces desatascaran las alcantarillas de ciertos escritos, descubrirán algunas de mis contraseñas, y se destaparán, como revelaciones mundanas, las curiosidades morbosas de una existencia prolífica.

Ahora solo escribo para unos pocos: para aquellos que no temen cambiar de posición, hacerse preguntas complicadas, o hacer el esfuerzo de seguir un hilo que no ofrece recompensas inmediatas. Mis escritos son como mis acciones. No hace falta decir que son acciones artísticas; no para los que me conocéis, porque sabéis que el arte y la vida son una sola cosa, y es por eso que, en mi vida, la muerte está tan presente. Todo lo que hago libremente y de forma consciente tiende al arte, y es por el arte que está atravesado. Los intentos de suicidio más o menos directos, las hormonaciones y las intoxicaciones voluntarias fueron todas ellas fruto de un afán de expresarme en el límite de lo posible, o consecuencia de no recibir, a cambio de mi arte, absolutamente nada, con escasas excepciones.

Al artista de hoy se le exprime como a un recurso natural, hasta su liquidación, tal como se extingue una especie animal o vegetal, hasta llegar a un ecocidio completo. No valemos nada en el mercado. Solo vale aquello que sirva para paliar la sequía creativa del mismo sistema. El artista debe, por eso, ser cómplice de este sistema, hacerle guiños al poder, ser entretenido aunque parezca serio, y hablar de cosas serias de una forma que no moleste demasiado. El arte debe convertir en señal liberadora aquello que es opresor, actuar como una falsa consciencia colectiva para evitar cualquier atisbo de despertar real.

Estos últimos días me estoy corriendo menos de lo habitual, aunque no he cambiado mi proceso creativo, me sigo hormonando como siempre, y cedo sin resistir a la tentación de mirar gente y porno para ponerme cada vez más cachondo, como si tuviera que salir al mundo a reproducir la peor de las especies, la más depredadora y autodestructiva. Quizás he vuelto a pisar la zona gris, por ponerle nombre a ese estado mental que anticipa una cercanía peligrosa a la línea roja definitiva. Este no es un llamado a vuestra compasión, ni un pedido de ayuda para que me preguntéis cómo me encuentro o si necesito algo, ni tampoco un lamento oportunista para ver si me escribe algún mecenas. Pero tampoco es un ejercicio de estilo, ni una pregunta retórica, ni una página más de las miles que he escrito. Siento que hay una articulación que se resquebraja sin dolor, anestesiada por la seguridad de tener a mi alcance un buen alijo de polvos de dormir. De nuevo, no me refiero al sueño que hace al día más soportable, ni siquiera estoy insinuando un proyecto de intoxicación severa para dormir como si dejara de querer despertarme. Lo que quiero decir es que poseo los medios, precarios pero suficientes, para liberarme de forma puntual, pero cada vez más frecuente, de la responsabilidad excesiva que tomé sobre mis hombros, esa a la que los cristianos llaman cruz. Hace tiempo que dejé de actuar como una imitación de Cristo y reconocí que soy otro tipo de mesías. Por eso no sé si me queda mucho tiempo o poco. Pero, por si acaso, os digo que se me va haciendo largo, y cualquier accidente involuntario haría más ligera la edición imaginaria de mis obras completas. Eso no debe preocuparos. Leer siempre ha sido una forma de vivir cosas que, de otro modo, no nos perturbarían.

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