Mundo de uniformes

El bicarbonato de sodio va bien para gasificar zumos, avivar el color de la verdura hervida, y también para blanquear los dientes y quitar manchas, pero es ineficaz para matar bacilos. Por eso, cuando el test de streptococcus salió positivo, me tomé amoxicilina. Los días fueron pasando, la hora a la que tomaba el antibiótico no siempre era la misma, y el bacilo volvió. Seguramente, aún es el mismo: desde hace dos semanas, cuando me expuse generosamente a las alegrías del placer carnal, no he vuelto a intimar con nadie. Con la testosterona en ruta ascendiente, el menor atisbo de castidad me parece un mérito, aunque me masturbe compulsivamente para domesticar la pulsión interminable de consumir personas.

La distinción entre un síntoma y una queja es fundamental para tomar buenas decisiones si algo no va bien. Como casi nadie lo hace, las cosas suelen ir de mal en peor. Un síntoma no es la causa de un malestar, sino su consecuencia. Los males no aparecen por casualidad, pero tampoco hay que buscarles culpas ni moraleja. La inflamación que me ha convertido los gánglios en dos monstruosos dátiles es el resultado de no enfrentar un problema. Una de dos: o las pollas han pasado de interesarme poco a no decirme nada, o mi orientación sexual se ha sofisticado tras la disolución de mi identidad de género.

Pienso que la segunda hipótesis es la más verdadera: noto un creciente malestar ante las masculinidades falocéntricas, apoyadas en la ideología de lo natural, ese discurso invisible que todo lo encauza desde la biología, como si algún hombre estuviera libre de tener que hacerse.

El hombre, al igual que la mujer, no nace: se hace; porque el género no es una cuestión reproductiva, ni en el sentido de la replicación de la especie, ni de la imitación de modelos preestablecidos. Ser hombre y ser un macho alfa son cosas muy distintas. Ser macho alfa es un objetivo capitalista como cualquier venta por objetivos. Ser hombre, en cambio, es perder el apego a miedos y creencias, e inventarse una singularidad a partir de elementos mínimos que no tienen tanto que ver con la masculinidad sino, sobre todo, con el humanismo. Por eso la búsqueda que le permite a uno llegar a hacerse un hombre es esencialmente la misma que le permite a una llegar a hacerse mujer, y es por eso que el género, esencialmente, no existe; no existe como forma de distinguir personas para enseguida discriminarlas, y es una clasificación irracional y obsoleta que solo las religiones e ideologías, en su mayoría, sostienen.

Ahora bien, si el género sigue funcionando como estrategia para dividir a la humanidad en función de un aspecto tan residual como es la fecundación, que a día de hoy se puede llevar a cabo casi exclusivamente por vía tecnológica, también es cierto que algo del género persistirá en la consciencia colectiva, incapaz de abrir mano de la división entre características supuestamente más femeninas y otras supuestamente más masculinas. Eso mismo es lo que he experimentado en el último año gracias a la hormonación.

Parece que hay algo irreductible, que en absoluto quiere decir que sea natural, pero que sigue teniendo efectos ineludibles a la hora de construirse una identidad. Es con este reparo incómodo que persigo el extraño objetivo de aprender a ser yo, algo que, en mi caso particular, pasa también por inventar una masculinidad que, por lo menos, no me haga infeliz a mí y, si puede ser, solo resulte inspiradora en la medida en que no ser convierta en un modelo a seguir. Dios me libre de instituir lo que sea.

Ser hombre me cuesta, sobre todo porque se trata de serlo por elección cuando ya se me asignó el sexo masculino incluso antes de nacer. Aquello que se da por hecho no tiene por qué ser falso, pero es necesario atravesar la hipótesis de que lo sea para llegar a vivirlo más plenamente como verdad. No hay hombres naturales como tampoco hay mujeres naturales porque la naturaleza humana no contempla gran cosa más allá de capacitar a la especie para su reproducción. Lo demás es una cuestión de estilo. Pero desgraciadamente hay quienes matan por su estilo, para impedir que aparezcan otros estilos que puedan cuestionar la hegemonía de lo previsible. Si no queremos vivir en un mundo de uniformes, dejémonos ser. Probemos cosas. La audacia lo es todo.

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