La mierda del género

Mi vida se mide por palabras y se escande por traslados. Cambiar de texto, cambiar de casa, no cambiar de sexo, no tener sexo, tenerlo a veces. Ahora hace días que no. Ni tiburones ni diablos. Ni virus ni streptococcus. Es un descanso: un descanso aparente ya que el cuerpo testeronado sigue dale que dale con ganas de salir de sí, como si las tentaciones de unión mística se mutaran en otras, terrenales, de éxtasis en pastilla. Y es que, entre lo humano y el más allá, nunca hubo química alguna, por mucho que nos hayamos esforzado en sostener teorías imposibles de contrastar, echar mano de supersticiones seriísimas, y validar teologías variopintas, cuál de ellas más delirante y sanguinaria. ¿Para qué? Voy a intentar contestar o, al menos, mejorar la pregunta.

En el trabajo no me dan vacaciones desde noviembre, o sea, desde que empecé a trabajar. Me enfermé un mes por un accidente de trabajo que no fue reconocido como tal. Como la mayoría de trabajos, el mío es una forma de prostitución: fiscal, no genital, con dinero más o menos limpio y sin esperma de por medio pero, al fin y al cabo, prostitución, con sus aprendices y lameculos, sus expertos y avatares, su jerarquía, sus mafias chinas. Y cada puta se pone a prueba mientras puede, ya sea para dar de comer a los hijos o a ti mismo, para ahorrar mientras buscas esa oportunidad que no llega (ni va a llegar si no la provocas), para engañar la falta de cualificaciones (o castigar su exceso), para asegurar tu humillante vejez, para maquillar tu fracaso, para aplazar tu pulsión de muerte.

Mi pulsión de muerte.

Os mentiría si dijera que no huelo a mediocridad. Tengo la sensación de estar rodeado de mediocres y su mediocridad me contamina. Ellos son realmente muchos y su pequeñez es paradójicamente inmensa, retroalimentada por una actividad a ciegas, justificada por la más terrible mezquindad y falta de valores, algo que siempre caracteriza las mentes pequeñas, o encogidas. Hace días una comercial me abordó a la puerta de un hipermercado (sabe D-os que hacía yo allí) mientras yo hablaba por teléfono. Le hice señal con la mano de que estaba hablando, pero ella habló más fuerte. Le pregunté casi gritando si no veía que estaba hablando por teléfono. Se giró llamándome maricón de mierda. Curiosamente, esa ramera estaba vendiendo contratos de telefonía móvil e internet para una empresa que utilizó durante mucho tiempo la imagen de un conocido presentador de televisión gay. El mundo, este mundillo de mierda que estamos patrocinando entre todos en el gran crowdfunding que es el capitalismo salvaje, es el que les dejaremos en herencia a la generación siguiente, que quizás ya no llegará a los treinta años con agua pública en ningún grifo, y muy probablemente verá multiplicados sus tumores y metástasis, al igual que sus fobias y alergias. No me sorprendería que dentro de unos años el índice de desarrollo económico se mida en número de cánceres per capita.

El mundo también se suicida. ¿Por qué evitarlo nosotros? El 17 de marzo de 1190, en plena tercera Cruzada, fue una de las fechas más mortíferas para los judíos encerrados en un palacio, entre los cuales el rabino Yom Tov de York, en lo que quedó para la historia como “el gran sábado”: todos ellos se suicidaron, convencidos de que sería menos deshonroso devolver la vida por sus propias manos que destituírsela el fanatismo de los Cruzados. La historia se repite, como siempre, con variaciones de superficie: la Cruzada es el capitalismo salvaje, el palacio es el mundo, los judíos somos todos.

¿Qué tiene esto que ver con el género, o con la pregunta inicial?, preguntaréis. Muchísimo, os digo: no solo porque el género es una violencia fundamental para el vandalismo sistemático de nuestros cuerpos, sino porque mientras sigamos entretenidos con las obligaciones inherentes a ser buen marido y mejor ama de casa, o una mujer de éxito y un hombre comodiosmanda, estaremos perdiendo de vista lo único que realmente importa: aprender sin desamar. Con lo poco que hemos venido a hacer a este mundo, hay que ver cómo la estamos cagando: con la mierda del género, del mérito, del móvil, y de la madre que nos parió.

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