El principio de decadencia

“Cuál es tu correo?” … “Gracias”, tocándome el hombro con su mano maternal, densa, ciertamente suave. Hace meses que anhelo ir más allá de los saludos cordiales, las miradas sonrientes, casi cómplices. Últimamente me ha tocado algunas veces con la excusa, quizás, de mostrarse amigable. No creo que me desee. Siempre dudo del deseo ajeno. Y es una lástima porque me detiene, me enfría cada vez más, me hace rehuir los piropos como quién desconfía de los halagos de un comercial. Me miro al espejo horas más tarde. Hace cuatro o cinco días que no voy al gimnasio y siento que he perdido el poco peso que con esfuerzo enorme había ganado. Ante el yugo cada vez más pesado del trabajo, que solo se me hace llevadero en virtud de una versión delirante que me cuento cada noche a mí mismo, no solo no me insurjo, no me levanto, no lo dejo, sino que me entrego, me rindo, me destruyo.

“Gracias”, y se va con esa mirada que ya no sé si quiero contemplar en privado, con esa menos-que-caricia que no puedo capturar ni siquiera en la memoria más inmediata. Haber cumplido cuarenta años no ha sido más que un cambio simbólico en la caja de velocidades de mi cuerpo vintage, vehículo a punto de estallar, carne de accidente. Ya no me van el freno ni el embrague, todo hace ruído como una bestia lista para el despiece, irrumpiendo por carreteras secundarias, marginales, cosidas a la línea de mar como en no sé qué película de la Nouvelle Vague. Tal vez fuera Pierrot le Fou. ¿Qué más da? La hora se acerca y me doy cuenta de que llevo años preparando mi muerte, redactándola, haciendo inviable cualquier tentación de canonizarme.

Dejo todos los textos sin publicar, por lo menos en papel. Nadie podrá acariciarme siquiera en forma de libro. No voy a oler más que a mi cadáver. “Solo sales con drogadictos”, me notifica Elohim. “Es verdad, ni me había fijado.” Mentira. Solo salgo con politoxicómanos, gente a la que no puedo hacer gran daño porque ellos mismos ya están, con mayor o menor consciencia, en la primera línea del desastre, sentados en falsa primera fila, de espaldas a la gran pantalla, conduciendo con igual precariedad sus cuerpos-máquina, sus vidas más o menos resueltas, pero todas igualmente trágicas.

Estoy empapado. Me levanto tarde el Sábado. Hace tiempo que no voy a la sinagoga y eso me aleja de algo vital y necesario para recordar el apego a la vida. Cada vez que hago un “le jaim!”, que alzo una copa para hacer el brindis en hebreo, me río por dentro. Le jaim, ¡a la vida! ¿A qué vida? No la mía, de eso estoy seguro.

Me seco el sudor de la espalda con la toalla del gimnasio. No huele a nada, pienso, ni siquiera ahora que voy de testosterona hasta el culo. Debe ser que no me esfuerzo lo suficiente. Debe ser que no soy hombre suficiente. Debe ser que soy realmente ese niño flaco y enfermizo que me convencieron que soy. Y ante lo que se me presenta como un imposible, me brindo visiones de una muerte extremadamente lenta, ofrecidas en sacrificio a aquellos que aún me quieren para que, por fin, dejen de hacerlo y, reducidos a la impotencia, solo tengan pena de mí. Ser tan despreciable a sus ojos que me vuelva un miserable y no quede ningún atisbo de admiración por lo que otrora habría sido inteligencia y humor, gracia y cortesía, ser tan despreciable que prefieran olvidarme, haciendo caso omiso de mi arrastre inmoral e insalubre: ese es mi último plan.

Para que no caigáis en la tentación de dimitir ya de esa hipótesis, que es la de vuestra propia degradación moral, la renuncia inevitable a la amistad que me tenéis algunos, os digo que me lo pasaré bien, intoxicándome cada vez más, primero con anabolizantes que harán de mí una vaca lechera con insuficiencia hepática, un enfermo moralmente culpable de su enfermedad, algo que tanto gusta a mentes higiénicas. Luego intensificaré la ingesta de estimulantes, estupefacientes y antidepresivos. Desplazaré mi cuerpo, renunciaré a mi salud, situaré mi metabolismo en la esfera de lo puramente químico, externo y comerciable. Mi carne será un lugar de decadencia y narcotráfico. No tendré bastante con fiestas de “chem sex”; deberé sublimar mi recorrido, acudir a charlatanes por quienes dejaré engañarme, brujas baratas que me asistirán en mis bajones, cuerpos de infarto que alquilaré para crear ilusiones de poder cuando la coca me pervierta más de lo que ahora puedo concebir y ya no sea más que un falso recuerdo de mí mismo, un rastro de aceite fresco y sucio que cualquier chispa podrá encender y despedir.

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