Teoría sexual de la fotografía

No sé en qué verano fue. Detrás de la casa del pueblo de mar hay un garaje que mi padre utilizaba como taller. Todavía se puede subir al tejado por unas escaleras muy estrechas de cemento. Más que un tejado, en realidad, era la superficie, también de cemento, que le hacía de techo al garaje, con grietas aquí y allá tapadas con pegotes de alquitrán, un poco como mi infancia. Ella nunca fue del todo impermeable.

Yo estaba allí, eran quizás las ocho de la tarde, observando el encantador arenal que una feísima urbanización soterró junto a los lagos, los cañizales, las ranas, gorriones, mantis, mariposas y demás bichos que allí vivían, cuando dos de mis cuatro hermanos, todos bastante mayores que yo, cruzaron el portón de madera alardeando de un pequeño objeto reluciente. Uno de ellos entró en casa por la puerta de la cocina, esa que aún mira hacia el huerto de atrás, y el otro subió a verme o, mejor dicho, a mostrarme lo que traía en la mano.

Eran unos binoculares muy compactos que, una vez cerrados, parecían una pitillera de esas rígidas que ya no se ven tanto ahora, negra y con bisagra y cierre plateados. Al deslizar la patilla de freno, se abrían “automáticamente” (era una palabra muy de moda antes de que nos colonizaran con lo digital). La bisagra se desplegaba mediante un curioso mecanismo que revelaba dos puntos desde los que, acercando los ojos, se ampliaba milagrosamente el campo de visión.

Lo más semejante que había visto hasta entonces habían sido las gafas de selección de dioptrías, esas con lentes circulares con un eje superior y varios reguladores circulares, todos debidamente numerados y parametrizados para determinar el grado de miopía o astigmatismo. Sin embargo, la visión no era propiamente estimulante: un cuadro retroiluminado con líneas de letras negras en posición normativa o invertidas, horizontal o verticalmente, que había que descifrar y leer en voz alta.

“E hacia abajo. E hacia arriba. E hacia la izquierda. P Q N R S.”

“L R S… Q P. Bueno, no sé si es una Q o una O.”

Y la doctora, que se llamaba Maria do Rosário, respondía invariablemente: “¡Muy bien!”

“Muy bien” eran dos palabras que yo no solía escuchar en casa, lo que reforzó mi creencia, desde muy pronto, en que algo debía estar haciendo mal. O que, en cualquier caso, no hacía lo suficiente como para merecer esa reconfortante confirmación. Así que, con frecuencia, me sentía perdido. O peor: inútil. Y un niño que se siente inútil es como un viajero en el tiempo que cae en medio del siglo con un pasaporte caducado. Pronto la huida se convertirá en su único anhelo. Huir, huir… ¿pero cómo, y hacia dónde?

Entonces me refugiaba en mis sueños, que recordaba con asombrosa nitidez y detalle. Sueños extremadamente estimulantes para un niño de menos de seis años, que aún no iba a la escuela y tampoco tenía hermanos de su edad para jugar. Sueños plagados de referencias sexuales que hubieran excitado al buen Freud. Sueños que, trabajados años más tarde en mis sesiones de psicoanálisis y psicoterapias varias, podrían haber sido reducidos a fetichismos demasiado tempraneros. Pero ¿qué podía haber de tempranero para un niño abandonado a su suerte, a pesar de la presencia constante de la madre, o quizás por eso mismo?

Así que la visión de los binoculares de mi hermano, tras la primera sensación de pequeñez y resguardo, fue algo semejante a la visión de un falo, solo que mucho menos violenta. No podía haber nada malo en mirar a través de ese objeto. Y de pronto el arenal dejó de ser solo ese lugar de huidas efímeras para convertirse en el espesor que me separaba de la vida enigmática de los habitantes del cámping. Yo no alcanzaba a conocer las costumbres de esos viajantes sazonales más que cuando bajaban hacia la playa, vestidos solo con un bañador y a veces una camiseta de tirantes, pero algo en ellos me excitaba profundamente a una edad en la que aún desconocía que, tocándome de cierta manera en ciertos lugares del cuerpo, esas y otras visiones placenteras se concentrarían en mi imaginario, y éste las fertilizaría rápidamente con el abono de la pulsión hasta que algo en mí se volvería espasmo, y la tensión quedaría resuelta por un tiempo.

Ese día me hice voyeur, pero no fue hasta mucho más tarde que comprendí el aspecto aislante, dramático, de disfrutar mucho más con la visión del placer ajeno que con el propio. Esa continua tentación de autoexcluirme sentó en mí el fundamento irreparable del desamor y el deseo mortal de despedirme.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s