Cómo cambiar de nombre: guía práctica

¿Cómo se cambia de nombre? ¿Qué tengo que hacer para elegir mi nombre? Independientemente o no de que haya “transición de género” o renuncia a la identidad que nos asignaron, o en definitiva un abandono de esa cuestión mal planteada y que tanto nos limita, el derecho a que nos llamen por un nombre de nuestra elección es un derecho fundamental. Y si no lo es, debe serlo y hay que dar pasos legales para hacerlo posible, facilitarlo y normalizarlo.

Por eso esta página del diario va dirigida a quienes quieren cambiar de nombre, o están en el proceso de decidirlo, o incluso ya se hacen llamar por un nombre que no coincide con el de los documentos oficiales, ya sea el pasaporte o la tarjeta sanitaria o la del banco, pero todavía no han logrado esa coincidencia, es decir, el reconocimiento oficial de su nombre propio (“propio” en sentido literal).

En mi caso, estoy llevando a cabo el proceso en el estado español, con lo que los pasos que os voy a comentar se refieren a un proceso de cambio de nombre en España. Esto no impide que las personas que me estáis leyendo en otros países, y sé que sois muchas, no podáis utilizarlo como comparación, inspiración, o referente, ya sea para daros cuenta de las facilidades que tenéis en algunos países con las legislaciones actuales, o de la falta de ellas y por dónde quizás hay que seguir luchando.

Lo primero es el entorno. Yo empecé por pedirles a mis amistades que me llamaran por mi nombre, y casi siempre les tuve que explicar por qué el nombre que yo tenía ya no me servía. El argumento que menos rechazo suele causar es que hablar de nombre propio es un autoengaño: el nombre solo es propio cuando lo hemos elegido. Si no lo ha sido, es solamente el nombre que nos pusieron cuando no teníamos capacidad de hablar, y aún menos de elegir. También dije que ese nombre que me habían puesto no me representaba, que me causaba problemas conmigo mismo al identificarme con personas y hasta con ideologías que no tienen mucho que ver conmigo. Pero lo más importante, quizás, es explicar que todos tenemos derecho a elegir nuestro nombre. Es algo demasiado personal y con demasiadas implicaciones en la forma cómo nos presentamos y relacionamos como para que no tengamos algo qué decir sobre ello. Y una de las cosas que yo quería decir era esta: no, no me llames así porque yo no me llamo así, ese no es mi nombre, ya no.

En algunos casos dejé de responder cuando me llamaban, e incluso les dejé de hablar a las personas que se hacían las graciosas. Algunas lo entienden cuando empiezas a llamarlas por otro nombre y te preguntan “pero qué dices?” y les contestas “te hago lo mismo que tú me estás haciendo mí: pasarte por el forro mi libertad”. Porque la cuestión es esta, y es irrenunciable: nuestra libertad identitaria.

Es importante firmar con nuestro nombre verdadero, el que deseamos. Recordarle a la gente que si lo cambian en sus contactos ya no se equivocarán tanto. Y si te dicen que no se acordarán de quién es, quizás es hora de cambiar de amistades.

A las personas que fui conociendo, me presenté naturalmente con mi nombre propio.Y si alguna se fijó que mis documentos ponían otro nombre les contesté, naturalmente, que estaban equivocados pero que yo ya estaba en proceso de corregirlos y que, de hecho, estaría encantado de contar con su testimonio ante el registro civil para apoyar mi proceso de cambio de nombre o, mejor dicho, de apropiación de nombre.

En el registro civil, la apropiación de nombre aún se sigue llamando cambio de nombre, y la transición de género se sigue llamando rectificación registral. Pero como se dice en estas tierras, las cosas de palacio van despacio. Eso no debe detenernos.

Por otro lado, casi todos los nombres son aceptados siempre que no tengamos un hermano o hermana en vida con ese mismo nombre, y siempre que no consideren el nombre deshonroso para nosotros. Aquí se aprecia el legado biologista y moralista en todo su esplendor, pero al tiempo… un día perra de nadie y Chocho Fuentes tendrán los mismos derechos onomásticos que Jesús Conejo o María de la Circuncisión Sáez.

Pedí cita en el registro civil, donde me recibieron muy bien. Hay personas funcionarias que ya están bien informadas de este proceso, tanto si va asociado a editar nuestro género como si no. Llevé facturas a mi nombre, correspondencia, paquetes de Amazon y otras empresas, la tarjeta del gimnasio, cartas y postales de amigos, todo ello con mi nombre completo, para que vean que el que tienen en el registro ya no se corresponde con la realidad.

Me citaron para otro día más adelante, para que llevara al menos dos testigos que me llaman siempre por mi nombre. En el caso de España no hace falta que sean de nacionalidad española pero sí que me conozcan desde hace por lo menos dos años, que es la antigüedad de nombre que hay que acreditar. Además de los testigos presenciales llevé cartas de otros testigos, en total ocho, y más recibos, tarjetas, facturas, comprobantes de asistencia, certificados de cursos… todo con mi nombre completo. Los testigos dijeron, naturalmente, que mi nombre es el que es y no hay otro, y que no comprendían por qué nis documentos no estaban bien. De hecho, uno de ellos nunca me había conocido por el nombre que me dieron mis padres…

Entonces hicieron una carpeta con la partida de nacimiento, que en mi caso está en portugués pero en traducción jurada, y unas semanas más tarde me llamaron confirmando que el juez había aceptado las alegaciones escritas.

Ese día me sentí como si me casara conmigo mismo o, como dice Anohni (ex Anthony and the Johnsons) en Future Feminism, como una bruja que se bautiza a sí misma. Quedaba legitimada y oficializada mi demanda, algo que, como sabéis, es extremadamente importante para facilitar nuestro día a día y no tener que darles explicaciones a la gente, a menudo innecesarias e incluso humillantes.

Lo curioso es que, en el país donde nací, me seguiré llamando oficialmente según la partida de nacimiento original, por lo que ahora tengo un nombre oficial distinto en cada país. Esto significa que allí tendré que iniciar un proceso semejante o intentar convencer a la administración de que deben unificar su registro con el del país donde vivo desde hace quince años.

Dicho esto, en el banco me encontré la máxima rigidez: en la partida de nacimiento aparece el nombre registrado por los padres con un añadido precisando que, a partir de tal día, la persona se llama tal. No reconocen la validez de la partida de nacimiento y reclaman el documento nacional de identidad para cambiarte el nombre. Lástima que no tengan el mismo reparo a la hora de cobrarte comisiones e intereses. Para que conste, el banco al que me dirigí fue CaixaBank, pero supongo que los otros bancos no serán muy distintos.

Pedí cita en la policía nacional para cambiar el documento de identidad. En mi caso tarda un mes.

Pedí cita en la seguridad social para cambiar mi registro. Me la han dado para dentro de un mes.

El censo electoral debería actualizarse a partir de los datos del registro civil o del padrón de residentes.

Cambiaré el padrón de residente cuando tenga el documento nacional cambiado.

Todavía me queda ir a hacienda y, muy importante, cambiarlo en el trabajo, donde se lo tendré que explicar a personas poco proclives a salirse de sus corsés. Las cosas de palacio van despacio, dicen. Pero ante todo: que nada detenga el cambio.

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