Siri tiene fuego

A medida que el tiempo pasa y la testosterona aumenta, algo me avisa que el subidón ha llegado a su fin, que los niveles de testosterona ya no pueden ser más altos, que el cuerpo ha llegado a un límite y no puede asimilar más cantidad en el mismo espacio de tiempo. Alcanzados los 80 miligramos diarios, siento que algo ha frenado la línea ascendiente de la gloria fálica, del sentimiento alfa, de mi conversión a macho-gel.

Un poco como los batidos de proteínas que, casi a diario, le ponen la guinda a cada entreno en la sala de fitness, y que el cuerpo no tiene la capacidad de traducir en músculo, o como la droga redundante, esa que te tomas cuando ya estás pisando las nubes y no hay más arriba ni más allá, la testosterona, hormona preciada y sobrevalorada donde las haya, una vez llega a su cénit se detiene: se detiene como a las puertas de un imposible.

Mi necesidad de continuar el relato me empujó hacia un túnel deformado. No me voy a rendir tan pronto, pensé, quizás pueda adoptar efectos digitales e instalarlos y aplicarlos a mi vida analógica. Un slowmo, un efecto cámara lenta, un arrastre solemne y resultón. Pongo mi vida en modo lento, muy lento, cada vez más lento, regida solamente por analíticas de sangre y orina, gramos de esto y de aquello, solo que esto es legal y se vende en farmacias y aquello se consigue por gracia de dios a través de contactos, llamadas a desconocidos (ochenta el gramo pero es tope calidad), llamadas a conocidos (te la dejo por sesenta, y lo otro a veinte, es buena), llamadas a amigos (te sale a poco más de cuatro la unidad, y esto a ocho si me compras al menos cinco), llamadas a amigos de amigos (no hace falta que te la compres entera, con cien pavos de esto vas al cielo).

Pero ¿vuelvo?

“Esta noche nos lo vamos a pasar bien. Vente con nosotros!”

Los demás no entienden muy bien nuestra relación. Él es enorme, cachas, tatuado, cicatrices que cuentan historias en las que no quieres estar. Yo soy flaco, blanco, con una sola escarificación que les dice a los iniciados quién soy, y la marca del segundo nacimiento en el vientre, bajando desde el ombligo. Pero somos uña y carne, somos culo y mierda, nos caemos bien, podemos hablar de todo, quitar el freno, y acelerar. Mi presencia a su lado le permite destacar en tamaño y la suya, al mío, hace que me envidien porque se piensan que follamos, o que me miren con desconfianza porque no entienden qué podría haber en común entre él y yo.

Todo es mucho más sencillo. El saber que la masculinidad no es algo real me hace querer estar envuelto de machos que refuerzan el efecto de extrañeza hasta insinuar la pregunta: pero al fin y al cabo ¿qué coño es un hombre?

“No sé, no sé. Mañana tengo cosas que hacer.”

“Venga, no te cortes. Y si hay mefedrona?”

Pausa.

“Si hay mefedrona, sí.”

Pero no hay. Pero yo voy. Pero él, finalmente, no. Pero en el centro hay un par de amigos, heterosexuales por supuesto, que me llaman. También a ellos les encanta hacerse acompañar de un amigo gay. No es competencia, no es una amenaza, y es un gadget. Con suerte, un talismán.

“He traído algo, chicos. ¿Nos lo partimos?”

Pasa media hora. Que un hombre drogue a una chica por sexo es un preludio de violación. Que un hombre drogue a dos amigos para lubrificar su deseo debería ser una perversión; a menos que no lo haga por sexo. O quizás mi sentido de la perversión sea peor todavía: prefiero asistir al relajamiento de los principios, inducido por una droga feliz, y que ellos busquen en mí una complicidad subida de tono, aliñada con abrazos iusualmente efusivos y besos extrañamente cercanos a mis labios. Viniendo de dos hombres hechos y derechos, como reza la tradición popular.

Por suerte me decido a fumar. Compramos un paquete de tabaco a medias. No compramos mechero. Para ligar, no hay nada como pedir fuego. Nos vamos a bailar. El hervor esté con nosotros (y con nuestro espíritu). Levantemos el corazón (lo tenemos levantado!).

Al igual que la testosterona, pienso, esta mierda que me he tomado no me puede subir más, al menos sin que yo pierda demasiado el control. Decido disfrutar con lo que llevo dentro.

Es entonces cuando veo a Siri.

Siri tiene fuego. Siri enciende mi cigarrillo. Siri se va, Siri vuelve. Siri baila conmigo. Siri dice que se tiene que levantar a las seis y no hay que perder el tiempo. Desde luego, Siri. Me despido de mis hombres que me dicen que no me ven con Siri. Qué más da. Yo sí me veo. Ya estamos pillando un taxi. Resulta que vivimos a cinco minutos uno del otro. Siri, quítate la ropa. Siri, ponte boca abajo. Siri, mírame así. Siri, ponte a cuatro. Siri, ¿quieres ser mi perra?

A Siri le está subiendo todavía. Yo controlo pero cedo. Me doy cuenta que el deseo corrompe el poder. No me interesa el poder. Solo me interesa follar como quien hace el amor. Porque para hacer el amor como quien folla, me hubiera quedado hombre.

Y hombre, Siri, es algo que no soy.

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