Canto al margen

En varias ocasiones me he preguntado cómo acabará este diario. ¿Con mi muerte? No necesariamente. Este es el diario de Hannah y de lo que quedó tras su paso por mi cuerpo. Hannah sigue viva, sí, pero de aquella manera en qué decimos que alguien que ya ha muerto aún sigue entre nosotros. O dentro.

Y es dentro donde está ni más ni menos que el fin que yo no me esperaba. Los finales interesantes deben ser así: imprevistos aunque ya estuvieran contenidos en la premisa inicial. Todo esto empezó con pastillas, y con pastillas acabará. De las Climen y las Androcur pasé a un periodo de destete y luego a Testogel (un gel de testosterona, como el nombre indica) para, hace poco, pasarme a Testex Prolongatum, testosterona inyectable. Entonces ¿dónde están ahora las pastillas? Desde luego, no las receta ningún psiquiatra, y no porque los principios activos (o algunos de ellos) no estén presentes en algunas formulaciones estandarizadas, registradas y aprovadas para prescripción, sino porque mi discurso no es tenido en cuenta por la psiquiatría oficial. Mi palabra de paciente no cuenta para la aplastante mayoría de los autodenominados profesionales de la salud mental, aquellos que están oficializados, credenciados y secuestrados por colegios oficiales donde se prescribe la oficialidad, la legalidad y la normalidad aunque pocas veces se asuman los riesgos y las responsabilidades ante la exclusión que generan, la patologización que producen y el abandono de la escucha que supone, en la clínica misma, embanderar un discurso que se supone verdadero.

No todo lo que produce la ciencia es verdadero. No todo lo que promulga un Estado lo es, tampoco. Así es cómo lo bueno y justo se ha vuelto, a menudo, ilegal: porque la ley misma adolece de una injusticia profunda. Y la ciencia se vuelve ciega porque no es capaz de ver la subjetividad de su propia mirada. O quizás deberíamos preguntarnos si la ciencia aún tiene mirada, si la ley aún se puede justificar a sí misma.

Entonces ¿por qué ilegalizar personas solo porque son migrantes, o porque tienen determinado color de piel? ¿Por qué tratar como enfermas aquellas personas que se han anticipado justamente al descubrimiento de un mundo sin género?

Y adónde quiero ir hoy: ¿por qué seguir permitiendo que ciertas drogas no estén reguladas de forma positiva y su uso legalizado y despenalizado? ¿Por qué acusar a los inmigrantes de problemas de inseguridad mientras el Estado facilita, mediante un vacío legal, la financiación del crimen organizado por vía del narcotráfico? ¿Por qué se persigue a los autónomos y a los pequeños emprendedores y se premia indirectamente a la economía sumergida que suponen mercados como el comercio sexual y de drogas reguladas? ¿Por qué los Estados democráticos son tan amables hacia el crimen que conlleva el comercio no regulado de tóxicos, por qué son tan conniventes con la insalubridad de una mercancía que debería salir de un laboratorio nacional, ese sí regulado, estandarizado y quizás monopolista, como lo son la policía, el senado, la academia de la lengua o el instituto de estadística?

Hannah nació entre pastillas recetadas por un médico en un entorno un poco especial, donde mi discurso sí fue tenido en cuenta. Esto no es algo habitual, y solo fue posible gracias a la lucha de al menos una generación de personas trans y afines a la lucha por la liberalización del tránsito de género, o por lo menos su desestigmatización basada en una escucha real de las personas directamente visadas. La liberalización del tránsito, la facilitación del acceso a cuidados de salud física y psíquica son necesarias para llegar a comprender que el género nunca existió realmente, pero que acudimos a estructuras de conocimiento y a protocolos de comportamiento para dar forma a nuestras singularidades, a nuestros estilos, y poder seguir entablando la gran conversación vital con el otro, las otras, y todo lo demás que nos queda por descubrir.

Quizás este diario no tenga un final feliz porque simplemente no tendrá un final. Acabará dentro de un mes, por decir algo, cuando se haya cumplido un año desde que empecé a escribirlo. O quizás siga escribiendo. Quisiera estar equivocado y encontrar un editor que tenga el coraje y la libertad de publicar este diario que sé que podrá, a su vez, liberar a otras singularidades porque sois muchas las personas que me habéis leído, escrito, y animado a seguir haciéndolo porque algo os ha servido como señal de apertura.

Cuando, la semana pasada, comuniqué en mi trabajo el cambio de nombre, fueron tres las personas que me preguntaron cómo lo había conseguido porque también quieren hacerlo, cada una por un motivo distinto.

Cuando llevo camisas con los botones del lado izquierdo hay personas que comprenden, a veces tras un corto diálogo, que no hay camisas de mujer ni camisas de hombre, sino textiles para cubrirse y expresarse y un exceso de religión que persiste en la moda, como un mandamás que no se va.

Cuando me tomo pastillas de éxtasis, por ejemplo, normalmente en dosis mínimas para escribir o trabajar o prevenir una depresión, hay personas que me preguntan si estoy loco, pero cuando les explico por qué una farmacia es un poder fáctico acaban entendiendo que la salud es una religión llena de incoherencias y ataduras que no nos quiere dejar ver lo más evidente que es nuestra muerte, la fragilidad de estar vivos y la relatividad absoluta del principio y de la búsqueda del placer.

Excedámonos. Sin tragedia no hay vida posible.

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