Sin lucidez o con éxtasis

Hannah me preparó para ocupar posiciones dispares, para disfrutar donde otros no sienten. Ahora es demasiado tarde. El goce se ha convertido en un muelle mortal.

Sábado no podía hablar. Una encía inflamada. Depresión. Le pido auxilio a la Musa, con quién hablo largo y tendido. Finalmente me decido a acudir a un Hermano. Me abraza tiernamente. Cenamos comida basura. Nos vamos a una plaza llena de terrazas. Nos sentamos, nos tomamos un poco de nube entre tragos de un vino malo. Intento ligar por defecto. No me llevaré a nadie a mi casa esta noche, pienso.

Cómete tus palabras.

Domingo 8h50. Me despierto. 9h. Mensaje del tiburón: “¿La tienes dura?” Es el primero de varios mientras me hago el café y me como un pretzel del Lidl con mantequilla y cabello de ángel. Le digo que se venga. Aparece colocado y obviamente sin dormir, con una bolsa del super en la mano donde trae una botella de ginebra malísima y vete a saber qué más. Está más moreno y más cachas, cosa que me desagrada porque no sé manejar un cuerpo tan ancho. Sus demandas se repiten. Entro en su territorio psíquico. No pasa mucho tiempo hasta que empiezo a contar los minutos. Le aviso que tendrá que irse. “Préñame”, suplica, como quien pide un premio. Os lo creáis o no, es una de las frases que más escucho últimamente y la verdad es que casi la aborrezco. “Casi” porque dependiendo de la persona se me activa un u otro personaje, y mientras actúo dejo de ser performer. Todo no se puede tener. Mi yo auténtico o como mierda le queráis llamar a cambio de sexo salvaje.

Voy al gimnasio y me salta el contestador interno: eres más listo y vas más buscado que esas pobres bestias de carga que no producen más que un espejismo de seguridad. En cada mancuerna, la promesa de ser más fuerte, más guapo, más sano, de atraer más miradas. Todos, todos sin excepción pasados por el tamiz de la mirada externa. Y yo, cuarenta años, ningún abdominal definido y quizás ningún por definir. Y sin embargo…

16h10. “Hola, ¿qué haces?” Es Siri. Creo que se me ha pasado el dolor en la encía. Le advierto que ya he preñado a uno. Le da igual. “Quiero que me folles y me folles y me folles.” Es literal. Quedamos. Llega con restos de un colocón elegante, más sofisticado y ligero. “¿Qué te has metido?”, le pregunto. “Solo tina. Y mefe.” Es un tipo ejemplar. Nadie lo diría. Pero ya está en mi cama, la misma donde horas antes estuvo el tiburón. Las sensaciones son distintas. Satisfago la demanda, esta vez con más placer para mí. Me percato que el sexo sin lucidez es nefasto. Sin lucidez o con éxtasis.

Por la noche le mando un mensaje a Morgan. No me llegan las manos. Le deseo buena semana.

Me escribe Sufian. O mejor dicho, me contesta a un mensaje que le había enviado por la mañana. Ha estado en el polo opuesto de la diversión: éxtasis, no sexo. Música, no embarazos histéricos. Le quiero mucho a Sufian. Su sentido del humor atraviesa las palabras que nos decimos y me da el conforto de un hogar intelectual, pragmático y esquivo, pero no menos acogedor. Seré su amigo. Ya estoy haciendo por serlo. La testosterona pasa, pero la complicidad se queda. Al día siguiente me toca apoyarlo. Está de resacón. Quisiera ser su madre simbólica, meterlo en una buena cama en una habitación con ventanas al mar y aire acondicionado, y darle infusiones frías, pan de higos y chocolate negro. Pero no nos adelantemos. De momento le interesó saber que me inyectan testosterona en la nalga, que estoy explorando la frontera entre el body art y el porno, y cómo me masturbo.

En el trabajo, todas las máquinas de café están averiadas o fuera de servicio. Otro compañero se va. Hay cierta tristeza acompañada por un día impropio de verano, con nubes que no hacen volar y un sol agazapado bajo el gris celeste. Nada importa mientras yo siga aquí, sorteando la pulsión de muerte, surfeando bajones como quién camina entre cristales oscuros. He vuelto a sobrevivir y estoy escribiendo: eso es casi todo.

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