Puta de corazones

Pocas personas tienen la suerte de aprender la desconfianza positiva. La desconfianza siempre ha sido denostada y asociada a gente demasiado temerosa o reticente, conservadora y reacia, incluso poco fiable. De hecho, esa especie de prudencia extrema acarrea un cierto aislamiento, tanto social como histórico, porque la actitud de sospecha, ya sea hacia lo que vemos o hacia lo que nos cuentan, acaba segregándonos, haciéndonos especiales (por no decir raros), y nos hace preferir el presente y el pasado conocidos a promesas, futuros y realidades que no se pueden tocar.

Si no queréis saber cómo un joven católico con tendencias masoquistas acaba haciendo de cura-corazones a través del porno y las drogas, el diario de hoy no es para vosotros.

Pero si queréis saber qué pasó entre una cosa y otra, y en especial en las últimas semanas para que eso llegara a ocurrir, seguid leyendo; pero sabed que os cogeré de la mano desnudo, sin circuncidar, con la piel sudando anfetaminas, y recién masturbado.

La suciedad y la sospecha me resultan tan inseparables como lo son la higiene y la fe. Hablo de una higiene moral porque, como sabemos, las religiones y en particular el cristianismo se opusieron hasta hace poco más de un siglo al lavado de la piel y las mucosas. De hecho, se entendía la sensación del cuerpo desnudo como una oportunidad para la lujuria. En el caso del judaísmo y del islam, está claro que no es solo por una cuestión de marcaje que se circuncidan los penes, sino porque ese órgano tan sobrevalorado y excluyente concentra los olores del placer y de la excreción, además de sus propiedades reproductivas y legitimadoras. Tener pene es tener poder, tenerlo grande y funcional es tener más poder, y expandirlo simbólicamente a la propiedad y al mando amplía aún más su extensión. Entonces hablamos de falo, de sociedades patriarcales, tomamos consciencia de la importancia de la reproducción para la conservación de la especie y de su tragedia, que solo acabará con la liquidación de todo el escenario natural que es la Tierra, y el poder fálico se muestra en su sospechoso esplendor: jerárquico, autoritario, letal.

El falo jamás ha dado la vida: solo repite el gesto traumático de engendrar nuevos mortales. Por eso vivimos divididos entre la confianza a ciegas en un sentido último que se nos escapa pero que justifica nuestros esfuerzos y renuncias, nuestras ataduras y secretos, y la sospecha, esa desconfianza ilustrada que nos va enseñando que la verdad es un efecto especial, la belleza un barniz, la salud una creencia, y el éxito una mentira. La sospecha nos dice que la política ya no existe, que el bienestar… que la idea misma de “estar bien” en un mundo tan terrible es un autoengaño con múltiples apariencias entre las que nos toca (maldita herencia!) elegir aquella que menos conflicto nos suponga.

Solo así podréis comprender por qué prefiero desanclarme de una identidad masculina al uso a tener que repetir cada día la impostura de ser hombre. Solo así podréis entender cómo es que, aún hablando de mí en masculino (gramatical, por supuesto), y utilizando el mismo género para hablar de mis amantes no puedo sentirme homosexual porque en pocas ocasiones he visto que esa palabra causara algo mejor que malestar o gregarismo. Así comprenderéis también mi deseo de desarraigarme de un país donde no me sentí querido, de una religión impuesta por la extorsión y la tortura, hasta llegar al genocidio y a la denegación del derecho a tener un hogar. Y espero que entendáis por qué renuncio a un nombre que no era el mío. Mío no es lo que tengo; es lo que libre y consicentemente he podido elegir.

Por eso he querido deshacerme de cosas insostenibles: la supuesta pertenencia a la iglesia, por ejemplo, pero también el título de doctor, sobre todo cuando el conocimiento que desarrollé sigue sin apenas beneficiar a nadie. Ahora os contaré una anécdota nada anecdótica: justamente cuando preparaba el proyecto de investigación que me llevaría a Barcelona durante cuatro años (que ya van siendo quince), descubrí que el concepto de obscenum, oriundo de la tragedia clásica, me permitiría articular una hermenéutica de la sospecha, es decir, una teoría acerca de la interpretación que devolviera a la experiencia su carácter irreductible de misterio. Esto tenía que ver con los callejones sin salida de la teoría deconstructivista, que entonces se nos transmitía como el santo grial del escepticismo posmoderno y del cinismo poscolonial. No quiero aburriros mucho con esto: solo poner un poco en contexto el hallazgo de que era justamente en lo que los textos no decían, en lo que las palabras no nos cuentan, donde ubicamos lo esencial de nuestro sentido, ese que tanto anhelamos y que tanto nos gusta delegar en un dios o en una ideología o en un club de fútbol.

Y lo inefable, descubrí entonces, no era solo el dios de los místicos ni los fenómenos saturados de Marion (el sabor del vino, un perfume o un cuadro de Rothko, todos ellos sobrecargados de intuición), sino los mocos y el quitarse los mocos, la mierda y el tirarse pedos y cagar, eruptar y mearse encima, sentirse atraído por personas, objetos o acciones que la moral quisiera secuestrar a nuestra libido, pero también sentir rechazo y aversión hacia entes a los que sería supuesto querer… Lo inefable no es lo que le contaba a mi confesor cuando yo creía creer en aquél dios, ni aquello que le dije durante años a mi psicoanalista, sino lo que quedó por decir porque no había manera, porque no había palabra ni hay, de momento.

Pero un día llegó la intuición: ante un corazón (prefiero llamarles corazones a los pacientes-clientes porque el corazón nombra lo físico y lo emocional, y es una palabra tan mona y tan cursi como omnipresente)… ante un corazón al que no le salían las palabras desde hacía un par de sesiones, me salió desapegarme de mi sillón de doctor-psicoanalista, reunir una buena cantidad de saliva en mi boca y dejarla caer, ante una mirada perpleja, lentamente, un grueso hilo de baba que besó el parquet impoluto. Los efectos de esa acción sobre ese corazón y sobre mí mismo aún se hacen sentir, al igual que la excomunión por parte de cierta comunidad psicoanalítica a raíz de mi psicosado, como le llamó otro corazón a la técnica de superponer la sesión de BDSM y la de psicoterapia.

La creciente exposición de mi cuerpo en galerías, salas privadas y espacios públicos con fines artísticos, o al menos bajo el pretexto de la “performance art” para hacer otro nivel de performancia u operación mucho más sutil, casi siempre rozando lo obsceno, me permitió desacomplejarme, es decir, en definitiva, simplificar mi mirada sobre mí mismo. Es en buena parte gracias a esa exposición, a esa prostitución que nada tiene de opresor o vergonzoso, que la mirada sobre uno mismo se vuelve más abierta y permeable, aunque siempre quedará mucho por abrir. Esto mismo me quedó muy claro en las dos últimas semanas, en las que he estado grabando una videoperformance que se convirtió en un cortometraje porno. Detrás del motivo que me lleva a empalmarme y masturbarme delante de la cámara y del director, pero me impide correrme a gusto como quisiera, sé que encontraré argumentos e inspiración para seguir curando corazones, empezando por el mío.

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