El demonio de Balmain y otras excusas

No estaban invitados pero quisieron venir. Los demonios aparecen de forma intermitente pero dañina. Quizás una cosa no pueda ser sin la otra. Es por causa de su sibilino aparecer desaparecer que se cubre de angustia la existencia de aquellos que sentimos su presencia. No me valen explicaciones espiritistas, llenas de fantasía popular, o cosidas con el hilo new age de la reencarnación oportunista, de registros akáshicos y cuerpos astrales, en fin, todo ese menú come-lo-que-quieras hecho de budismo tres delicias con salsa hindú y tropezones chinos. Tampoco me vale ese materialismo duro que solo se cree lo que ve. La verdad también se escucha a frecuencias bajas, se siente a golpe de escalofrío, se huele en notas de narguilé que nadiem aparentemente, está fumando.

Hay rosas demasiado altas en floreros espejados, tapices metálicos que devuelven a nuestros ojos la luz tamizada del recibidor.

“Buenas noches, ¿aún podemos entrar a tomar algo?”

“Sí, señor. Todavía les quedan dos horas hasta que cerremos.”

Dudamos.

“Pueden entrar mientras deciden”, añade con una sonrisa experta. Sus palabras son medidas con precisión. Su función es evitar que nuestro arrepentimiento se active antes de apertura de puertas: una vez dentro, salir no será tan fácil. El sentido de la oportunidad es enemigo de la prudencia; por eso siempre sopla a favor de la seducción.

Caemos.

La trampa es amable. No se trata de salir descontentos, sino de haber estado allí. Hay cámaras por todas partes; podríamos decir que ya no necesitamos a la consciencia para nada. Desde que Google nos escucha, ni hace falta dios.

Los ángulos que dibuja, rápido, el habitáculo en su ascensión hasta la última planta muestran a los floreros en extraños planos perpendiculares, como si fueran ataúdes cristalinos. Pero la velocidad nos aleja ya vertiginosamente de aquellas rosas, que una extraña ilusión óptica ha convertido en escuálidos difuntos.

Pienso en la fugacidad de la vida. Casi en el mismo instante, la banalidad misma de esa idea me invita a abandonarla. “Hemos venido a disfrutar”, pienso de mí para mí. Pero al salir del ascensor no encuentro a nadie. No reconozco ninguno de los rostros que me rodean. No es la primera vez que me ocurre en estos últimos meses. De súbito, me encuentro solo. Siento que nadie ha esperado por mí y eso lubrica mi flirteo con la idea de muerte, que pretendo siempre discreta, indolor y hasta placentera para mí, y horrible para los demás. Es el único brindis posible a un mundo que condenó mis goces.

Me pido un americano porque el Campari me recuerda a tiempos mejores y porque sé que no me pondrán vermut nacional ni soda barata. En los tiempos que corren, la mejor forma de vivir en España, aunque sea Cataluña, es hacer como si estuviera en el downtown de cualquier metrópolis norteamericana. Cualquiera. Y aunque gobierne Trump.

La torre inconclusa de la Sagrada Familia me devuelve a la realidad intratable de Barcelona. Es cierto que hasta esa torre hace referencia a un fraude pero por lo menos Jesucristo es completamente inocuo, al menos para otro judío.

Es durante este pensamiento, ciertamente sacrílego para millones de almas espantadizas y devotas, que se me aparecen.

El primero, afrancesado, parece tener rasgos marroquíes y es el único que me mira. Lo hace de forma informativa, como quien me avisa de que mi presencia ha sido notificada. Acompaña a una mujer muy rubia y discreta, con una sonrisa que parece natural y ajena a cualquier peligro. Luce unos pendientes geométricos que recuerdan a formas de Vasarely pero no creo que sean de material noble. La otra mujer está cabizbaja. Es muy delgada y viste con una elegancia discreta, sin el lujo hortera de los largos abrigos blancos y kilos de joyas que se suelen poner las otras turistas chinas. Muy probablemente, no es turista. Acompaña al demonio mayor, un joven no tan joven, pelirrojo con rasgos de simio y una camiseta negra de Balmain. Mientras el primer demonio sacude el brazo antes de leer un mensaje en el reloj, el demonio mayor se gira hacia a la joven china que, atrapada en un designio no muy distinto del mío, espera un final mucho más inminente. En ese momento me doy cuenta que no queda nadie más en la última planta, es decir, nadie real. Son cuerpos holográficos que componen una especie de alucinación programada. Los demonios devoran ávidamente las mujeres que les acompañaban y escupen sus joyas, que guardan en los bolsillos de sus pantalones. Pero el demonio mayor coge al menor por el cuello, que gangrena casi al instante, se lo come a la vez que lo vomita casi todo, recoge las joyas que se le caen de los bolsillos y las une en una cadena de oro, sangre y piedras preciosas. Siento que voy a vomitar cuando una camarera imposible me avisa que van a cerrar. Me giro. Estoy solo. Siento un sabor amargo. Llevo la mano derecha a mi boca. Me he tomado nube y pólen y no me acuerdo siquiera dónde ni cómo.

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