Resuelve esta ecuación y darás mucho fruto

Cada día se nos pide estar afeitadas, informadas, depilados, aseados, felices, contentas, impolutas, cachas, arregladas, a la moda, a la última, al acecho, a por ellos, a por ellas, ir aquí, ir allá, contestar al menos treinta correos de los trescientos que te envían, y cuando te das cuenta has enviado un promedio de sesenta mensajes diarios, contestado diez llamadas antes de las doce, te has tomado tres cafés antes de las cuatro pero a las siete aún te faltan dos de las cinco frutas diarias, dos llamadas importantes, una de ellas larga, sacar el perro si lo tienes, recoger a los niños si los tienes, ligar si puedes, cocinar si debes, escribir si quieres.

Nunca lo has hecho todo. No hay un solo día que puedas dedicarte a tomar distancia de todas tus obligaciones, a observar un poco más de lejos qué estás haciendo con tus días, que son, todos sumados, toda tu vida. Es como si la reflexión le quitara tiempo a tus quehaceres, como si el pensamiento les robara espacio a tus acciones. Así lo dicta el pensamiento (otro, no el tuyo) que dirige tu vida, la mía, la de medio mundo. Estar vivo es consumir y nada es gratis, debes estar bien para ser útil, rentable, no debes fijarte en lo que te quitan sino en lo que tienen los demás, ver cómo son y no quién tú eres, vivir bajo comparación, competencia y depredación, querer ser como ellos, lo más parecido que puedas, que nuestra vida esté para la suya como las imitaciones están para el original.

Pero no hay original. Va cambiando como las colecciones de moda, como el Pantone del año o las portadas de Esquire y la Vogue, como el patrocinador de la Liga o el Coche del Año, como el sistema operativo o el tamaño de tu móvil, como tu serie preferida, como el gobierno de España. El ganador pierde. Te ríes de su desgracia. Deseas su descenso. Descubres tu sadismo interior. Flirteas con el poder. Renuncias a descubrirte. Leonardo Da Vinci hacía diez cosas bien. Tú no eres Leonardo. Ya no quedan Leonardos. Renuevas tus contratos. La vida se te va en ello.

No estuve bien, no me sentía bien, no quise escribir, no he querido hablar, no pude llamar a casi nadie, no había palabras de consuelo, no se lo reprocho a nadie, busco lo que no hay, me pillo un pareo, me voy a la playa de noche, me pillo un tren y me bajo en un pueblo sin nombre, el móvil en modo avión, me veo al espejo, me asusta lo feo que soy, lo viejo que estoy, me toco un pezón por debajo de la camisa, entre botón y botón, sin prisa, nunca los he tenido muy sensibles, mi zona erógena es la mente, siempre lo ha sido, vuelvo a casa no sin pasar por el Bracafé de Ronda Universitat donde siempre me sirven el café como me gusta, y no, este no es un espacio publicitario, pero llevo años yendo allí y siempre, siempre me lo sirven bien, por qué no decirlo aunque sea una franquicia, aunque esté lleno de conductores y policías, o también por eso mismo, yo también soy un viajero y un civil desprotegido, sé lo que es salir de un bar de ambiente y ser insultado al minuto siguiente, irme de la sinagoga sin haberme quitado la kipá y que me sigan unos pasos, solo unos pasos porque ahí está la policía, afortunadamente está y ellos son parte de este sinsentido que parece regular a todos nuestros deseos, el mismo sinsentido que nos explota y nos permite el lujo de un café con leche en Barcelona a las dos de la mañana bajo la luz cálida y tamizada de la barra, una lechera con leche caliente, otra lechera con leche fría, claro que sí, es como lo hago yo en mi casa, sonrisa incluída, hospitalarios como nos enseñaron a ser, solitarios y noctámbulos como en un cuadro de Hopper pero acogedores como el abrazo que a estas horas de la vida ya no encuentras en ningún bar, en ninguna aplicación, en ninguna huida.

Me doy cuenta al llegar a casa, sobre esta cama donde sobra espacio, sin nadie que me abrace como cuando Hannah, cuando fui Hannah, que solo me queda ser esta montaña bajo un extraño creciente, estas manos al aire, medio a la espera, medio provocándolo, buscando tiempo donde no sobra, entre cansancio y cansancio, para conservar el tesoro que me entregaron con el sobre de los días, algo no acumulable, algo intransferible, amargo y valioso como una joya que no os puedo mostrar.

No naciste para ser un rompecorazones sino un curacorazones. Has conocido el poder para desmontarlo a tu favor. Resuelve esta ecuación y darás mucho fruto.

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