La vida sensible

Todavía me pregunto qué es la sensibilidad. ¿Alguien sabría decírmelo? De pequeño era el eufemismo con que ciertos familiares se referían a mi indeseable desvío: “es un chico muy sensible” …por no decir maricón. En el instituto, profesoras de literatura bien intencionadas llamaban sensibilidad al alma o, peor todavía, a la inspiración del poeta: el poeta, ese ser romántico y solitario que bajo ningún concepto sería un fumador de hierba o hachís, y mucho menos un violador o pederasta, cosas todas ellas confundidas bajo el manto plácido de la moralidad.

Sensible.

Incluso podríamos jugar un juego: identificar qué quiere decir uno, realmente, cuando dice: sensible. Soy tan sensible que me dejaría violarme. Por eso, quizás, el otro día soñé que el Mossad me encargaba la arriesgada misión de someterme a una cirugía de reasignación, y hacerme pasar por una prostituta de lujo para asesinar a un terrorista momentos antes de penetrarme. La historia de Judith y Holofernes siempre me ha impactado. Las pelis de espionaje, también. Y las tetas, aunque yo sea sensible. Entre los catorce y los diecisiete fui tan sensible a los insultos que recibía y a las amenazas físicas que, pasados casi diez años de escasa felicidad y demasiado daño, me fui del país donde nací a otro donde me reparí. Cuando uno se repare (y se repara) no lo hace para ser menos sensible sino para regresar más fuerte a un mundo lleno de modelos y recetas. Hombres sensibles que cambian la poesía por la creatina, el teatro por el fitness y las tertulias entre amigos por citas a ciegas donde se distribuyen los roles en función de factores cuantificables: peso, altura, edad, cuánto te mide, activo o pasivo, ¿fiesta blanca? Escuelas de hombría donde el género se te repite como el curry, parecer lo que no existe, ser esto y no ser aquello, y las mujeres, ah! las mujeres deben participar activamente en la masculinización del mundo, que exige, justamente, el abandono de la sensibilidad. Para eso hay que hacer creer que las mujeres, que serían teoricamente más vulnerables por su sensibilidad (no por la desigualdad de poder) y por su biología (ya que estarían hechas principalmente para ser madres), deben ahora acumular las funciones de objeto de deseo y simulacro del liberalismo. Esas mujeres líderes que nos presentan como modelos de éxito representan el último triunfo de un añejo patriarcado, no de la feminización del mundo. No queremos un planeta que respire y dé fruto sino una tierra obligada a fecundar una y otra vez, es decir, violada. No queremos aplacar nuestro afán carnívoro, nuestro colonialismo de crucero y avión, no queremos ser menos ni crecer menos que los demás, no queremos oír hablar de compasión a menos que sea en un libro de autoayuda de esos que valen nueve con noventa en una gasolinera triste como el destino mismo.

(Tercera dosis de testosterona inyectable, un malentendido que me cuesta una amistad, tres semanas sin follar, cambio de nombre, estreno pasaporte. No quiero hombres que comen demasiada carne, que votan a partidos que odian cómo soy, no quiero mujeres que quieren ser hombres ni personas menos sensibles que yo, no quiero vivir para tener músculos ni tampoco para tener hijos, no quiero engañarme, no quiero perderme, no hay nada qué perder. Solo quiero el amor renovable, como la energía del viento. Y brindar por la vida sensible.)

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