Vivir de amor es morir así

Hace unos días se murió Camilo Sesto, uno de esos personajes que me dicen muy poco porque España, culturalmente, solo empezó a existir a mis veinticinco años. Los grandes éxitos de mi infancia fueron en portugués, inglés, o incluso francés, el idioma culto durante la dictadura de Salazar. La inmigración en el Portugal democrático fue sobre todo africana, no sudamericana: este hecho fue decisivo en la diferenciación de la cultura portuguesa con respecto a España y, anecdóticamente, en mi forma de bailar. Hoy todavía disfruto de un buen kuduro (de los de antes), kizomba, de la soca, y todos esos sonidos de tierras que Portugal invadió en su día, ese es mi afro culpable, sin esencialismo, libre de cualquier purismo, con influencias caribeñas, cajas de ritmos japonesas, melancolías lusocoloniales y no solo fadistas, arabescos berberescos, perfumes insondables de Malawi y Madagascar. Todo muy lejos de Camilo Sesto.

Pero el hombre cantó todavía en mis primeros años en Barcelona, nunca en directo, siempre en diferido en discotecas de dudosa reputación como la Arena y la sala pachanguera de la desaparecida Salvation, lugares de mariconeo más o menos remezclado con gente de distinta orientación.

“Vivir así es morir de amor
Por amor tengo el alma herida
Por amor no quiero más vida que su vida
Melancolía”

Él dice más cosas pero esto es lo que la gente canta cuanto va borracha, y es suficiente para darme cuenta que, si fuera en portugués, podría ser la letra de un fado o de uno de estos mojigatos de nueva generación que hacen unas canciones de amor malísimas. Al parecer, la diferencia está en el ritmo, en la música, pero el mensaje, el lenguaje verbal, el tema propiamente dicho es el mismo. El amor, la melancolía, la supervivencia, la superación, aquí y allá, siempre.

Tengo una sensación muy parecida en cuanto al género: seamos del género que seamos, los temas se repiten con casi infinitas variaciones. Y es que el género se parece más a una radio de las antiguas, valvulares, con el botón de rueda para sintonizar, con la diferencia que no hay extremos, o sí, pero como intentes forzar el botón por abajo del 87 o por encima del 108 seguro que lo jodes y adiós programita.

Camilo Sesto no suena en todas las estaciones, gracias a d-os. Sería un tormento. Todo el mundo sabe que “no quiero más vida que su vida” no es melancolía; es histeria, aunque se le llame amor o devoción. Pero el afecto está hecho de estos y otros malentendidos, y la identidad de género también. Quizás debo resignarme a que siempre quedarán residuos de ese fracaso que es decir lo que no tocaba o callar lo que no debía. Y el cambio de nombre no es más que eso mismo: gente que no me conoce se me dirige por escrito en femenino, gente que me conoce ha aprovechado mi cambio de nombre para no dirigirme más la palabra, artistas con quienes colaboré bajo el nombre de Francesc Oui ya no me identifican en esos trabajos (quizás crean que me fui con Camilo), otros me bloquearon en las redes sociales (quizás temen que sus muertos escriban).

El caso es que gracias a Francesc Oui y a Hannah Games ha quedado mucho más claro que la performance no es un juego, o que jugar a las identidades es jugar con la propia vida. También ha quedado claro que con el arte de la performance podemos hacer dos cosas: acciones efímeras que se extinguen, casi todas, y caen en el olvido, o acciones indelebles que se hacen cuerpo, que toman un espacio y un tiempo, quizás por asalto, quizás de forma ilegítima, pero que están destinadas a modificar lo real, empezando por el mundo inmediato. Por eso Sion es tan impertinente: no solo porque recuerda una realidad incómoda sino porque hace presente este hecho inevitable: que nuestro cuerpo siempre, siempre, siempre es un lugar político. Y el amor, por supuesto, también es un acto político, tan político que uno llega a dar la vida por él, y eso lo cambia todo. Vivir de amor… es morir así.

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