Qué perdí, dónde he llegado, qué no quiero

Os quiero hablar de la detención. Los ejemplos que pondré están vivos, hacen mella en el estado actual desde el que os escribo. Podéis substituirlos por los vuestros: ejemplos de aquellos que os está empujando y empujando, no sabéis hacia dónde. Aunque tengáis planes para la semana o lo que queda de ella, o del año en que estamos, algo os empuja y quizás no sea en la dirección deseada. O aunque tengáis deudas, deudas que tardarán años en pagarse, relaciones que tardarán años en saldarse porque también han tomado la forma de deuda, una deuda existencial perpetua, corrosiva, no temáis: puede que algo os esté empujando y eso sea mejor que cualquiera de vuestros planes.

Tuvimos la costumbre de creer que di-s, si existiera, sería bueno y nos consolaría y proveería; o malo, porque permitiría la hambruna, las clases sociales, la creencia en la raza, el género, las naciones, el dinero y todo tipo de fantasías dañinas que se hicieron llamar dogma, ciencia o simplemente verdad para mantenernos a flote bajo esa especie de colocón racionalista. Hemos perdido mucho creyéndonos toda esa fantochada y podríamos perder más, todavía más, gracias a la gran miseria del divertimento. Divertirse, por encima de todo, es no pensar. Es dimitir de la confrontación. No se trata de pasarse la vida pidiéndoles cuentas a los demás, ni de amargarse discutiendo. Hablo de la confrontación con la realidad que, por norma, nos lleva la contraria. Olvidémonos de esos charlatanes del neoliberalismo que nos quieren vender la docilidad y el autoengaño disfrazados de mindfulness y PNL (piensa dos veces antes de decirme que la PNL blá blá blá), de los Deepak Chopras y los Eckhart Tolles, sacerdotes que nunca hemos pedido ni realmente hemos necesitado. Fue el mismo sistema de generación de miseria intelectual, de nivelamiento por abajo de todo el sistema educativo y de la educación a secas, de la sanidad y de la calidad alimentaria, fue el mismo sistema exterminador de ecosistemas el que nos propuso esos y otros oportunistas de la gran miseria.

Veamos: la idea de que las personas más conscientes son más infelices, y que por ello más vale quedarse estúpido es muy perversa pero más fácil de desmontar que cualquier mueble de Ikea. Parte de una concepción muy moderna de felicidad que nada tiene que ver con su raíz, que apunta a un camino incierto más que a un punto de llegada o a un estado de ánimo; y es necesariamente signular, puesto que no hay ninguna receta real para ser feliz. La felicidad como algo ideal y abstracto, envuelto en nubes de azúcar y constelaciones más o menos familiares, es algo que simplemente no existe. Leer libros de autoayuda donde el único que se está ayudando es el que se forra con su venta es, desde luego, un terrible sinsentido. Para ser feliz hay que empezar olvidando lo que nos han dicho al respecto (incluyendo lo que os diga yo, por supuesto), observando lo que tenemos de estable y concreto, alejándonos de lo que nos quita tiempo y dinero en vano, acercándonos y cuidando lo que es fiable y nos hace mirar hacia atrás con reconocimiento, alrededor con realismo y hacia adelante con propiedad. Esto es: reconocer qué perdí, dónde he llegado y qué no quiero. ¿Que si soy pesimista? Os contestaré con otra pregunta: ¿así es cómo sois felices?

Sufian se quiere ir a la cama con una chica a la que gusto. Él no está seguro de que, si lo hiciera, fuera más allá de dos polvos. Son palabras suyas. Pero ante la posibilidad de que yo me acostara con ella en su lugar, cosa que no ocurrirá por voluntad de nadie, sus celos dictaron la peor de las interpretaciones: que le miento. Sufian y yo podríamos haber sido buenos amigos, o eso creo. Ahora no lo veo tan claro; no porque no le pueda perdonar unos celos, sino porque el desarrollo paranoico de su deseo me hace temer que la estructura se repita otras veces, y yo ya no quiero jugar a esto. No a mi edad.

Cada día llego a casa agotado. Las aplicaciones móviles no me parecen el mejor habitat para los afectos. No tengo fuerzas para ir a ningún lado a conocer gente. Me siento atraido por varios compañeros de trabajo, pero quiso la separación de poderes que antes mezclaremos el poder judicial con ciertos partidos que el trabajo con la vida personal, o incluso afectiva. Entonces busco réplicas de mis fantasmas en el mercado aséptico del porno como quién intercambia tiempo o dinero por sucedáneos cada vez más pobres del amor.

Me levanto tarde por el doble trabajo de la oficina y de ir en búsqueda de amor donde no hay. Así que no vengo a daros lecciones. Os he avisado: para ser feliz, primero hay que olvidar todo lo que nos han dicho al respecto. Pero una cosa sí que os voy a decir: aún cuando todo se ve feo, incluso un día de sol en una ciudad bonita, con salud y trabajo y todas esas cosas que nos hacen creer que son buenas, porque hay días, hay momentos en que todo se ve feo y finito, listo para irnos, y no sabemos dónde, un poco de fruta fresca, un café recién hecho con unas tostadas, llorar si hay ganas, pero sin pasarse de pozo, y una siesta de media hora, o diez minutos, a la hora que sea, pueden ser el primer paso para desocupar nuestro cuerpo de niebla y hacerle hueco a una inspiración limpia. Esta mañana lo he hecho mientras escuchaba Desmond Dekker con el móvil apagado.

“Get up in the morning, slaving for bread, sir
So that every mouth can be fed
Poor me Israelite”

Esto es detención: me he secuestrado a mí mismo para devolverme un sentido de libertad. El que sea. Y no, no hay receta para ser feliz. Pero algo nos empuja y creo que es hacia algo bueno.

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