No hay límites ni enfermos

Mañana hará un año que empecé un tratamiento hormonal pionero: en primer lugar, porque apoya un tránsito de género múltiple y sin finalidad desde el primer planteamiento, y lo desplaza de la clínica al arte, donde no hay límites ni enfermos. No he querido ser hombre ni mujer, no estaba diagnosticado ni patologizado de ninguna manera. No sufría ni sufro ningún tipo de disforia en ese sentido. La disforia de género no existe: el género es la disforia; concretamente, es la disforia, la frustración y la violencia de quienes creen que existe. Pero el género no existe como realidad; es una invención y como tal he querido ponerla a prueba.

Un año más tarde, me doy cuenta de que, efectivamente, es un gran invento: ha permitido organizar la sociedad, clasificar la especie humana en dos grandes grupos, idealizar un tipo de relación entre estos y someterlos a un sistema de producción que, a su vez, se alimenta de la mano de obra que producen y, retroactivamente, lo justifica. Tranquilos, tranquilas: es mucho más complicado que el día de san Valentín.

Por supuesto, el género produce monstruos: al organizar la sociedad de una manera impide soñarla y materializarla de otras que podrían haber sido mucho más interesantes; al clasificar la especie humana, ha creado discriminaciones favorables a uno de los grupos y desfavorables al otro. Por otras palabras, ha instituído una jerarquía aparentemente natural con cuerpos más fuertes que otros, cuerpos más dóciles que otros, imponiendo cuerpos modélicos que permitirían gobernar la imagen que tenemos de nosotros mismos y determinar quienes son más deseables y para qué. Se fijaron roles en función de ese sistema, para hacerlo duradero e incuestionable, y se les asignaron funciones para lograr determinados objetivos. El género es una idea tan inmaterial y poco racional como la raza, di-s, o la nacionalidad. Estas ideas hay que protegerlas porque, muy probablemente, quienes gobiernan han llegado al poder sin otra preparación que la que implica continuar un sistema ya conocido. Por eso las novedades teconológicas son una anécdota en la historia de la humanidad (que no del mundo, que a menudo están destruyendo).

No soy un teórico de la revolución ni pienso hacer ninguna. Solo creo en la revolución como creo en la cura de un corazón: los efectos terapéuticos son efectos secundarios. Es decir: si mis acciones desencadenan cambios sustanciales, es cosa de ellas. Yo solo puedo controlar, como en cada performance, ciertas condiciones de producción. Puedo intentar delimitar el cuándo, el dónde, el cómo, y por supuesto quién. No puedo determinar con quién. Puedo explicar el porqué consciente, pero ni puedo hablar de aquello que le subyace (el porqué inconsciente) ni puedo anticipar el para qué. Y el para qué o hacia dónde son los futuribles que describe la revolución en su órbita indomable.

Creo que ha sido un acierto darle un nombre humano a mi acción, pero Hannah nunca se ha dejado encerrar por un género aunque le haya dado voz casi siempre en femenino. Pero también el género gramatical es un marcador histórico. La duplicación del género en ciertos discursos oficiales es una operación de maquillaje tan naïf como la feminización obsesiva del lenguaje como quien pretendiera reparar el mal hecho, como si la abolición del género gramatical masculino fuera una liberación de hecho, como si modificando el lenguaje modificáramos la realidad, como se creyó el siglo pasado y aún se sigue creyendo. No, no, no. Abolir el género es tan urgente y tan importante como abolir la esclavitud porque el género mismo genera esclavitud, perpetúa la desigualdad, naturaliza un delirio biologista que nos hace rehenes de nuestros cuerpos, productos de un lenguaje caduco, en vez de abrirnos la gran ventana del misterio, del ¿qué será?, del ¡voy a ver!

Sin psicosis no hay salvación. Sin unos cuantos años de locura, de prueba y error, de hallazgo y terror, de deshacerse de esta normalidad de mierda, no cruzaremos el paradigma.

Dejemos que la historia sea trans; de pasarnos más tiempo midiendo y programando, sospesando y evaluando, que haciendo. Nunca he dicho que se tratara de no pensar, sino todo lo contrario: se trata de pensar con todo el cuerpo, pensar haciendo, y que el único fin sea encontrarnos por primera vez. Una vez y otra. Porque Hannah es eso: un juego. Yo lo he ganado porque me aposté en ello pero estoy deseando que tú, tengas la edad que tengas y vengas de donde vengas, puedas ganarlo también.

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