Un encargo en Turquía

A Istanbul me he venido en un vuelo barato de Lufthansa. He aprovechado la restricción del equipaje a ocho quilos para ejercitar la austeridad: un solo libro, un solo cambio de ropa exterior, ropa interior y comida para no tener que salir por la noche, el neceser, un paraguas pequeño. En el bolso de mano, el ordenador y el móvil, algo de tabaco, dinero europeo y dinero turco, pasaporte y visado, pañuelos y kipá.

Por la mañana me he puesto la única ropa exterior que contaba traer. Enseguida me he hecho una papilla de copos de miel que me gustaba cuando era niño. La traje de Portugal porque solo la venden allí. No sé cómo, se me ha medio volcado el plato y me he pringado generosamente el jersey negro con el que pretendo presumir de Jack Kerouac. También he manchado el pantalón de pana ancho que siempre va bien en días fríos y en un país donde no sabes cómo reaccionarán a estilos más extremados. Por momentos, he visto en el incidente matutino un prenuncio doméstico de mala suerte. Pero he desechado enseguida el golpe de superstición, me he limpiado el jersey y el pantalón lo mejor que he podido y así he desafiado al poder enigmático de las señales.

He venido todo el rato leyendo a Buber y quejándome para mis adentros de un dolor que me aflige. Si lo explico, será más adelante.

Desde el cielo, la visión del Bósforo me ha emocionado. La llegada a la capital turca tiene algo que me recuerda a las llegadas a Lisboa, probablemente por la común existencia de un río y por la cercanía del aeropuerto relativamente al núcleo urbano, lo cual da la sensación de sobrevolar los tejados. Llovía mucho y sigue lloviendo. En el control de aduana, una policía que solo hablaba turco. A la salida, el chico de la lanzadera privada que había contratado previamente se dirige a mí con alguna solemnidad:

– Sion? Are you Sion?

Por primera vez me pasa por la mente el título “Un judío en Istanbul”. Como “Un americano en París”. O como “Un extraño en Goa”, de Agualusa. “El desplazamiento implica valor”, me dijo una vez James Clifford, el antropólogo. Quizás sea cierto. Valor y riesgo.

Lo que más me ha llamado la atención ha sido el aspecto absolutamente moderno y plagado de pantallas del aeropuerto Atatürk, la belleza apabullante de los turcos y, entre estos, la diversidad entre las mujeres: unas al mismo estilo occidental, por ponerle un nombre tan aparentemente fácil como cargado de prejuicios, sobre todo en este país que no se reivindica occidental ni oriental, sino que ya durante el Imperio Otomano era la Sublime Puerta; mujeres con y sin velo, algunas de ellas resplandecientes, luciendo vestidos o blusas llenas de brillantes a juego con maquillajes cargados y atrevidos; o con velo y pantalón del mismo color, o de riguroso velo integral negro.

Mientras las observo discretamente, como una censura visual, se me interpone un chico con cierto descaro. Podría ser un chapero, aunque me sorprendería. Desvío la mirada como si no lo hubiera visto.

Vuelve el chico de la lanzadera acompañado de otro. Fuman con rapidez y estilo. Hablan y se ríen. Festejan. Pero no solo ellos. Los hombres se tocan mucho. Aquí el male bonding parece señal de hombría. Claramente, yo no soy el único performer y voy a tener mucho que aprender de estas masculinidades. O no.

Mezquitas y monumentos, la hagia Sophia, un sinfín de banderas turcas que recuerdan que el país está celebrando su moderno patriarca, Atatürk, por todo lo alto. Pasamos cerca de la plaza Taksim, donde el último Orgullo Gay fue reprimido por la policía con palizas indiscriminadas.

Lo tengo que confesar: no he venido a meterme en líos. Al llegar al pequeño hotel familiar, antes que un merhaba, opto por un salam alyekum al que me contesta el amo, sonriente:

– Alyekum salam, Sion!

Soy solamente un judío en Istanbul. He venido a hacer un encargo.

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