Un encargo en Turquía (2)

Me he despertado de un sueño que ya no he podido recordar. Una ducha rápida y la misma ropa de ayer. A un paso de la entrada en un bar-hotel, he preguntado si tenían café, a lo que me ha contestado una buena mujer abriéndome la puerta mientras fregaba el suelo y un chico, no sé si su hijo, bajando por unas escaleras. Un par de minutos después volvía a subirlas con un café delicioso, a una temperatura ideal, cortado pero no en demasía: al punto. Lo he saboreado como un verdadero regalo mientras un huésped y yo nos entreteníamos contándonos los orígenes y motivos de nuestra visita a la ciudad. Él, sirio, ganándose la vida en Múnic y visitando la capital turca por primera vez desde que, años hace, le sirviera de antecámara a mejor vida. Al salir he querido pagar pero…

– Free.

– Three? Three liras? (tres liras turcas son unos cincuenta céntimos de euro)

– No, free! It’s free.

Este inicio de día me ha resultado mucho más prometedor que el de ayer, con toda la ropa manchada. Cuando el agüero es de buena suerte, da gusto creérselo.

Las calles de Fatih y Sultanahmed están llenas de gatos. En barrios más urbanitas, que no cosmopolitas, como el núcleo que irradia la plaza Taksim, dejan de verse. El metro es un concentrado de sentidos, pero sin las especias del Gran Bazar ni el olor de cuero que envuelve las tiendas de curtidores, con sus pieles, bolsos y zapatos, entre Eminönu y la Universidad. Las cámaras y los vigilantes se hacen muy presentes, además de los escáneres. Pero calcorrear las aceras que se agotan de súbito en alcantarillas, peldaños y desniveles insospechados, es una emoción superada apenas por el dolor feliz que me sobrecoge desde pequeño al ver tanta belleza humana. La diversidad me emociona; y al ver tan normalizados rostros que parecen más antiguos de lo que la tecnología podría soportar, expresiones de nomadismo que por alguna razón han fijado aquí sus destinos, no puedo menos que reavivar la esperanza de que un recuerdo sutil calará todavía en una generación disuelta en cristales ultraplanos.

Aunque ni siquiera mirando el móvil he podido evitar perderme al bajar de Osmanbey. He tardado más de dos horas en hacer un recorrido que, dice Google, tarda como mucho lo que una clase de yoga en estos gimnasios donde todo va deprisa. Poco importa porque mi destino era Anil, uno de los barberos cuyo trabajo como masajista más he seguido en los últimos dos años. Aunque él mismo solo se considera un barbero que da masaje tradicional turco, su personaje público rezuma lentejuelas. Pero la belleza es una combinación mágica que se da cuando ciertas notas del recuerdo son hábilmente percutidas formando un acorde mayor, prístino, a la vez que indescriptible. Algo de eso que el concepto no puede asumir ha atravesado mi encuentro con Anil desde los primeros instantes.

He aprendido a aceptar a jóvenes como maestros comprobando la torpeza y cerrazón de mente de unos mayores supuestamente expertos y liberados. Estos abundan tanto entre feministas, anarquistas y demás progresía, sin olvidar a los psicoanalistas, como los fascinados entre la gente dócil y resolutiva, verdadero aceite del capitalismo salvaje. Pero cuando empiezas el día en una ciudad que te resulta tan extraña y bella (no sorprende que le llamaran Sublime) atreviéndote a un café magnífico al que encima te invitan unos tiernos desconocidos, nada más lejos que la toxicidad de las relaciones mezquinas. Cada día lo tengo más claro: al que, viviendo en sociedad, renuncia con determinación a las amistades digitales, a las quedadas superfluas, y a compromisos que no lo son, las circunstancias lo aúpan a encuentros verdaderamente alquímicos.

Como el que hemos tenido hoy Anil y yo, mediados por un colaborador suyo que se prestó generosamente a recibir nuestro masaje a cuatro manos alternadas, y un amigo, Ali, que ha tenido el privilegio de ser el puente entre el turco y el inglés y, más tarde, entre su islam y mi judaísmo, en una de esas conversaciones que te confirman que has acertado en tus elecciones, pero que se quedan entre quienes la hemos disfrutado.

Tampoco os daré detalles del masaje porque eso, en estos momentos, sería precipitado e inapropiado. Si acaso, os daré el masaje si llego a estar preparado. Puedo deciros que el encuentro ha superado mis expectativas más optimistas. Anil me ha permitido recibir el masaje de sus manos, ver cómo se lo hacía a su colaborador, y observar, comentándolo, como se lo repetía yo; ha insistido en hacerme un descuento generoso por la formación; me ha dejado la puerta abierta durante mis próximos días en la ciudad para que yo pueda seguir viendo cómo trabaja y, en alguna ocasión, practicar.

En cambio, Ali me ha hecho todas las preguntas que ha querido para intentar comprender mis motivaciones, de qué forma el masaje me puede ayudar y servir a mis fines profesionales, que son principalmente terapéuticos. Le he hablado de Freud, de la incomprensión del cuerpo, de la danza y la hipnosis, del deseo de escucha, de la necesidad de escucha.

Creo que Ali hubiera querido convertirme al islam, o al menos tener esa sensación. Nada más lejos de un rancio o fanático proselitismo; entiendo que ha sido su forma de demostrarme su admiración más sincera. Ha querido aún despedirme con el saludo amistoso que se dan los hombres turcos antes de que mi propio cuerpo desapareciera entre las calles de Şişli, intuyendo apenas el camino de vuelta, como si masajeara la Puerta Sublime.

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