Un encargo en Turquía (3)

Hasta tal punto se parecen el merodear por la ciudad y la misteriosa danza del masaje que va mapeando los puntos sensibles del cuerpo que hoy, de hecho, no me he perdido tanto como ayer. En algo tenían razón los descubridores de escalas, esos místicos que se dedicaron a hallar correspondencias entre macrocosmos y microcosmo o, cuando no, a inventarlas: el cuerpo y el mundo, archipiélagos y constelaciones, el cráneo y la ciudad, circuitos neuronales e itinerarios pedestres. Caminar y descubrir.

Esas escalas de conocimiento, fórmulas con regusto de ocultismo tan características de las Luces y las luchas que el iluminismo trabó contra las tinieblas de autoridades ciegas y omnipotentes, resuenan estos días en mis lecturas y comidas. En Martin Buber, por supuesto, en un artículo sobre Hitler y Mussolini y cómo el pueblo entrega su conciencia a líderes porque ya no quedan maestros; en el café turco, que parece concentrar un modo de vida intenso, antiguo y resistente a la modernidad, e incluso cierto hedonismo velado por cotidianos estrictos. Así nos regalamos masajes en una barbería de Nişantaşı a la hora del Ezan en la mezquita Hamidiye Meşrutiyet.

Me he tomado el primer café con un enorme borek de queso, hojaldre muy parecido a la masa fila, justo al lado de la universidad, luego otro en una pastelería de la calle Magdelyon donde les he comprado unas galletas de chocolate blanco y negro a Anil y a sus amigos. La verdad es que son todos muy dulces y encantadores. Hoy he grabado a Anil dándole un masaje craneal y dorsal a un cliente tan exigente como amable. Nos tomamos tres o cuatro tazas de çay, el té negro rojizo del que aquí se abusa sin complejos, y afortunadamente, ya que el alcoholismo me parece un síntoma de sociedades que malviven y que no saben relacionarse sin anestesia.

Me ha invitado a una de las sillas de su barbería siempre cálida y pulcra, y me ha tocado y observado la piel del rostro antes de proponerme una mascarilla. Ha mezclado colonia en el exfoliante y luego ha extendido esa pasta suave y perfumada que luego me dejaría la piel como nueva. Finalmente, me ha regalado otro masaje largo y purista, a sabiendas que mi estado mental era la búsqueda de ese lugar entre el disfrute inevitable y mi deseo de retener el baile de sus manos, los movimientos precisos, los cambios de tempo, los puntos sordos que de pronto se convierten en oídos hacia el interior.

La resonancia de mi tesis sobre mística, que leí hace casi diez años, no era casual. Quizás fuera desconocida para Anil, pero eso no importa. Importa, sí, que esta edad del mundo tan falta de calibración y espacios sapienciales se abra en momentos como estos a la reconciliación de saberes que no están solo en la psique ni solo en el cuerpo, sino que desafían a lo que queda de la nefasta división platónica.

Aún así, cuando he tenido en mis manos el certificado firmado por Anil que acredita esta maravillosa experiencia de transmisión de un saber tangible e intangible a la vez, debo admitir que me he sentido inmensamente más feliz y sereno que cuando el tribunal académico me concedió el aparatoso título de doctor en humanidades, especialista en filosofía de la religión o algo por el estilo. Esto me ha hecho reflexionar sobre la condición de la enseñanza institucional, que es poco menos que una lucrativa, compleja y sucia mentira.

Este extraño viaje a Istanbul, durante el que no he visitado ningún museo o monumento, ni siquiera el gran bazar, ni he hecho, en resumen, lo que se supone que debe hacer un turista, ha sido motivado por mi deseo de aprender, que ha hecho de este año uno de viraje intelectual y espiritual. He recuperado el gusto por aprender idiomas, la pasión por la lectura, la confianza en mi capacidad de trabajo repetitivo y productivo y no solo artístico y analítico, aunque esto lo debo principalmente al secuestro de la cultura, que la política y la finanza han degradado en industria de alienación: la cerveza del espíritu.

El caso es que me vine a este lugar para aprender algo que no se enseña en un país como España, suficientemente industrializado para avergonzarse del pensamiento intuitivo y demasiado acomplejado para romper paradigmas. Pero no hablemos de cosas tristes, que mañana hay más Anil: nos encontraremos en su barbería, nos daremos masajes a ritmo de té, y nos despediremos. O no, porque estos diarios de Hannah son imprevisibles, hasta para mí.

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