Un encargo en Turquía (4)

El próximo día os contaré qué ha pasado esta mañana en el Gran Bazar porque me urge hablaros de cómo la lluvia y sus diamantes enigmáticos atraen al ángel más funesto.

Con razón me llamaban un niño sensible, un clásico entre los eufemismos para no decir maricón aunque eso es justo lo que todos están pensando. Un niño sensible que no tardará en chupar pollas y ponerse de culo en pompa. Vamos, no os escandalicéis. Prometo que hoy no volverá a pasar. El caso es que, en la sabiduría del populacho, no es tan maricón el que da como el que toma, razón por la que uno de mis parientes, al confesar su preocupación por mi futuro rechazo, como si no fuera él el primero de la lista en rechazarme con su “preocupación”, me preguntó, como cerciorándose: “pero tú eres de los que da, no?” Y así te hacen heredero, por la fuerza, de los prejuicios, efectos colaterales de una moral piadosa que, de tanta “preocupación” por los que son “distintos”, acaba prefiriendo que no existieran.

Algo de eso lo lleva Hannah. Para algunas personas trans, ella es la transición fallida, invento de un artista cisgénero no suficientemente queer, no suficientemente patologizado, y quizás no suficientemente gay para ser admitido al canon del discurso trans oficial. En todos los márgenes hay centros. En todas las minorías, corrientes mayoritarias. Por eso conviene elegir enemigos comunes, causas fáciles, comunidades poco numerosas ergo vulnerables, subjetividades aisladas.

Hannah tiene las de perder: es trans no oficial, judía, hace preguntas molestas, dice cosas peor que molestas, se salta las normas del transfeminismo al igual que las del heteropatriarcado, es judía, es un ente con discurso propio, una acción que encarna un discurso. Por cierto, os he dicho que es judía? Pero no es porque muchos judíos se hayan suicidado a lo largo de la historia para no sufrir una vida miserable o una muerte aún más ignominiosa; no es porque esta mañana la lluvia cayendo en el asfalto pareciera una torrente de lágrimas y diamantes; no es porque lleve tres noches durmiendo mal porque estas paredes de hotel barato parecen de cartón y se oye todo menos mi soledad; no es porque lleve cuatro días comiendo pasta instantánea de sobre para gastármelo todo en el mejor aceite de Oudh que he encontrado en Istanbul; no es porque haya esperado dos horas a que viniera el intérprete de mi maestro masajista y sin él no pudiéramos entendernos; no es por nada de eso que esta tarde me ha acosado, mientras me alejaba de la orilla del Bósforo que abraza el pobre y monumental Eminömü, siempre detrás mío, en dirección al flamante Nişantaşı, el ángel de la muerte.

Me ha acosado porque en todas mis renuncias, en todas mis apuestas, permanece intacta la sombra de una herencia maldita. Mala suerte? Quizás. Esa lluvia que como un llanto de orfebre espeja mi dolor contenido solo vierte una imagen, un prenuncio que me avisa que todo es vano, que en todo salgo perdiendo, repitiendo así la mala suerte, por llamarla de alguna manera, que dicen que tenía mi tío cuando jugaba. Y jugaba por dinero. Y se mató un día.

Por eso, cuando Ali, casi a punto de despedirnos, se emocionó quizás, y con él su amigo, y me preguntaron qué sentía al escuchar un canto quránico, les he contestado con lo que mi madre llama una mentira piadosa: “paz y compasión”. No, no me ha transmitido paz ni compasión; me ha recordado la paz que solo el ángel de la muerte parece prometer, y la compasión que me falta cuando el deseo habla más fuerte e, insatisfecho, me arroja una y otra vez al abismo de odio hacia aquél niño sensible que fui. Pero cómo podría quererme si no me lo enseñaron?

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