Ungir a los vivos

A alguien se le habrá ocurrido que la célebre magdalena que Marcel Proust o, en su defecto, el narrador de En búsqueda del tiempo perdido, moja en el té, se pudo haber desecho antes de que él se la pudiera llevar a la boca? O acaso no debe el agua llegar casi al punto de ebullición y servirse aún casi en hervor para que la hierba la infunda de inmediato? No puedo dejar de pensar que, si Marcel juega a ser narrador omnisciente, como si de d-os se tratara, la magdalena no es menos que nuestra alma que d-os moja en el mundo para luego, inexplicablemente, rescatarla hacia su boca. Algunos sobrevivimos al hervor, otros nos disolvemos por exceso de exposición, como la magdalena que se disuelve dejando en la taza un poso de migajas. O como una fotografía quemada.

Estos días, a medida que me dejo mojar excesiva y lánguidamente, me vuelven imágenes de la ducha tan cómoda del hotel tan modesto donde dormí, de las comidas frugales, de los paseos largos, del azán llamando cinco veces al día los creyentes a la mezquita. Pero a mí, qué d-os me coge de la mano para mojarme en el té del mundo? Tantas y tantas veces me sumerjo en una caída libre de la que asciendo solo por desliz inverso; y tantas y tantas veces me paseo al borde de la taza aspirando a una vida mística que es objeto dilecto de mofa de mis amigos que confunden la laicidad, que comparto, con un sentimiento antirreligioso, que me dice tan poco como los fanatismos.

Por eso me adhiero a la espiritualidad mediada por objetos volátiles.

Vengo sospechando que los aceites tienen un significado mucho más profundo que el que tuvo la visita al Gran Bazar, el regateo y por supuesto todas las lecturas que estoy haciendo sobre la base científica, u observable, de sus efectos sobre el estado anímico de humanos. Me atrae no solamente que la unción con aceite defina, por antonomasia, la elección de un cuerpo por su alma. En el caso del ungido de aquellos que vinieron a llamarse cristianos, es notable la confusión de la unción con una ideología, a tal punto que Saulo de Tarso identificó la elección representada por esa unción con una identidad excluyente, la del mesías que, además de solo poder ser uno, se convirtió no en un modelo de santidad replicable sino en un amo supuestamente amoroso pero susceptible de ser impuesto por la fuerza, ejecutándose innombrables matanzas en su nombre, entre ellas la Inquisición, el Colonialismo y el Holocausto. Así se utilizó a un rabino galileo para forjar el cumplimiento precipitado de una profecía que, en realidad, no puede ser secuestrada por ninguna religión; ni siquiera por el judaísmo, que antes que una religión es una relación particular con la ley y el deseo, con el tiempo y el mundo. A dos semanas de Janucá, no me sorprende que ese secuestro de la espera y del amor haya llegado aún más lejos degradándose en una estación consumista donde no hay dinero para calentar a los sin abrigo pero sí para ofuscar a los paseantes con el brillo de promesas huidizas.

El aceite es otra cosa. No casa no el té del mundo. Su precio es muchísimo más elevado. Ni el té blanco más preciado es tan escaso como las resinas más caras, o los almizcles más selectos. Y aquí el valor de la mercancía es tan solo una señal simbólica, un vago simulacro de su función sensorial. Como una droga, pero sin el factor destructivo del fármaco, la unción con un aceite determinado, fruto de un linaje técnico e intuitivo de elecciones muy concretas, parece un vehículo de trascendencia, éxtasis, ascensión del estado del hombre a d-os, y aún más del hombre (lo humano) libre de género a creador de una nueva relación con el mundo desde su propio cuerpo.

Siento que ya no valen ni el modelo de ciencia dominante, ni la mazmorra académica donde las generaciones son formadas en el yugo de la disciplina y la uniformidad de una norma ajena, productora de malestar y prestigio. Me huele, justamente, a que es cuestión de atender a la reivindicación del cuerpo, que irrumpe en tantos discursos, del feminismo a la teología, del psicoanálisis al capitalismo, de la antipsiquiatría a la robótica y a la ingeniería social. Simbólicamente, es imposible ungir a un robot, aunque la acción de untarlo con aceite se pueda llevar a cabo, pero a nivel ontológico no es un cuerpo, y como tal no puede ser ungido ni deseado, ni creado ni amado.

Sin pensarlo dos veces, me levanto hacia la estantería, cojo el frasco de sándalo con esfera y, con mi diestra, firmo mi nombre desde la parte anterior de la oreja derecha hasta la nuca y me percato de cuán aleatorio es el origen de los rituales. Todo para recordarme a mí mismo que ungirnos, como humanidad, es una tarea urgente y probablemente no tenga fin.

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